18.2.06

FE EN EL DERECHO, por Sancinetti

Fé en el Derecho *

Por Prof. Dr. Marcelo A. Sancinetti

I. El señor Decano me ha honrado con la consigna de dar un discurso de despedida por esta colación.

Vuestra respetabilidad, señalo, me ha tomado por sorpresa. Me recordó un episodio habido entre dos filósofos argentinos, ya idos de nosotros: Genaro Carrió y Carlos Nino. Cuando Carlos Nino era muy joven, escribió un breve ensayo sobre El concurso [de delitos] en el Derecho Penal y le pidió a Genaro Carrió si podía escribir un prólogo. Carrió accedió, pero presentó la obra, por decir poco, tomando distancia, casi de modo crítico, si no cáustico. Enton­ces Nino se vio obligado a agregar un epílogo en réplica —yo creo que esto no hará falta hoy, señor Deca­no, pero desde luego tiene el derecho a la última palabra—, una réplica, decía, que ter­mi­naba diciendo, cito lo que recuerda mi memoria, aproximadamente lo siguiente: “Cuando le pedí a Genaro Carrió que prologara este libro, debí saber a lo que me exponía”[1].

Quiero decir con esto, estimados abogados, que el señor Decano escogió para hoy a un pro­fesor más joven, de quien él fue maestro, hace como 32 años, y, por cierto, en un curso que por su carácter multitudinario —eran los tiempos de Kestelboim— se daba en este mismo recinto, con el magisterio dominante del maestro Llambías, cuya figura esbelta y elegante impresionaba por su sola presencia, sabiendo —vuelvo ahora al Decano—, que le encomendaba esta misión a un discípulo, si es que se me permite esta expresión, que si no es sospechado de herejía, al menos está muy cerca. Valgo, por cierto, como un profesor disidente. Disidente de las autorida­des, disidente de mis colegas del Departamento de Derecho Penal especialmente, y aun más disidente si mido la empatía que puedo tener con la vida institucional de mi país, en sus dife­ren­tes épocas. Mis palabras, por ello, no pueden ser atribuidas a las autoridades de la casa. Son las de un profesor que tuvo a su cargo algunas de las clases universitarias de quienes hoy egresan con el esplendor de la juventud, y que siempre gozó —debo reconocerlo— de libertad acadé­mica.

Pertenezco a una generación intermedia entre la que egresa y la del Decano. Y siempre me he sentido básicamente estudiante, que lo fui durante mucho más tiempo que ustedes, seguramente (como catorce años). Comencé mis estudios durante la dictadura vigente aún en el ’69 y seguía estudiando Derecho todavía durante la última dictadura militar, hasta poco después de la guerra de las Malvinas. Con frecuencia me asalta la impresión de que hubiera estudiado Derecho siempre y que aún no me hubiese recibido.

Pero se trata de ver qué mensaje puede dejar un profesor de derecho a flamantes graduados. En muchos aspectos ustedes tendrán conocimientos mucho más frescos y completos que los nuestros, incluso que los del Decano.

En todas las generaciones se trata siempre de la misma cuestión. En qué medida debemos tener fe en el Derecho y en qué medida podemos tenerla. En los discursos de colación de grados registrados en los anales de esta Facultad aparece este lema una y otra vez, así como también sirvió de título a una recordada obra de Sebastián Soler: Fe en el Derecho y otros ensayos[2].

Todo el que ha estudiado Derecho ha tenido fe en el Derecho, al menos alguna vez. Sería una enorme frustración que egresaran de esta casa, habiéndola perdido prematuramente. El interro­gante de si podemos conservar esta fe, en su caso, durante cuánto tiempo, y, eventual­mente, incrementarla, no es tan fácil de contestar. Aquí debo presentarme como disidente, porque presumo que vuestra respetabilidad —tal es el trato que dan los colegas alemanes al Decano— no se expresaría como yo, si tomara la palabra.

Todos los egresados y familiares de egresados, como los cientos que hoy hay aquí, se preguntarán qué será de sus vidas, después de esta etapa, que han concluido, cada uno con méri­tos dispares, pero todos con enorme esfuerzo. Y ¿qué será de la fe en el Derecho que hubie­ran sabido incubar en sus estudios universitarios?

No soy el mejor exponente para hablar de esto. ¡Pero vaya si teníamos fe en el Derecho, cuando egresamos!

II. Yo creía que al final de la dictadura militar vendría un futuro venturoso, maravilloso, e imputaba todas nuestras desgracias institucionales, la arbitrariedad del Estado, las escasas garan­tías del individuo, al hecho de que no hubiera democracia. Venía impregnado de la lectura del libro de von Jhering. Jhering es un autor muy caro a los civilistas, especialmente por su polémica con otro jurista alemán, von Savigny, sobre la posesión (los alemanes pronuncian Sávigny, pero debe preferirse la pronunciación francesa, porque él era de una familia proveniente del Loire). De todos modos, antes que las discusiones sobre el concepto de “posesión”, a mí me había encandilado más la proclama de Jhering de su libro La lucha por el Derecho, que leí de estudiante: “Resistir a la injusticia —decía Jhering, cito textualmente— es un deber del individuo para consigo mismo, porque es un precepto de la existencia moral; es un deber para con la sociedad, porque esta resistencia no puede ser coronada con el triunfo, más que cuando es general”[3]. Y sentenciaba: “El Derecho es el trabajo sin descanso, y no solamente el trabajo de los poderes públicos, sino también el de todo el pueblo. […]. Todo hombre que lleva en sí la obligación de mantener su derecho, toma parte en este trabajo nacional, y contribuye en lo que puede a la realización del derecho sobre la tierra./ Este deber —concluía Jhering— no se impone sin duda a todos en las mismas proporciones” [final de la cita][4]. ¡Claro que no!, agrego yo: ante todo ese deber pesa sobre el hombre de derecho. Esta es la carga ciudadana que llevarán ustedes consigo, incrementada para siempre.

Egresamos de aquí con el portafolios cargado de ilusiones, hasta con ínfulas, diría. A mi gene­ración le correspondió, sin embargo, ser testigo de una cadena bien larga de eslabones frustratorios.

Cuando llegó la democracia, presenciamos que los escogidos para tallar el cáliz democrático eran todos, o predominantemente, funcionarios que lo habían sido de la dictadura. Aquellos que habían jurado por los estatutos del gobierno militar eran encargados de levantar las banderas de la libertad, de los derechos fundamentales. Bien pronto pasó, igualmente, la primavera liber­taria, y esos mismos que muy poco antes habían dicho que los delitos cometidos durante la dicta­dura, ya por su propio contenido, eran inamnistiables, convalidaron luego, cuando el poder requirió lo contrario, las llamadas leyes de Punto Final y Obediencia Debida. Los hombres de Derecho no reaccionaron casi en absoluto; yo solicité entre los profesores de Derecho Penal que hiciéramos una declaración, pero no tuve éxito. Era el año ’87. Muchos cargos personales de entonces dependían de que uno no dijera nada en contra. En los años ’90, incluso, nuestro claustro eligió como Decano, en anterior administración, a uno de esos funcionarios que lo habían sido durante la dictadura, que luego les tocó juzgar y condenar a los ex - comandantes, y más tarde, en cambio, convalidar aquellas leyes; es decir, todo siempre coincidiendo, en cada caso, con las pretensiones del poder político. Podrá ser coincidencia, pero no afortunada.

Por entonces yo regresaba de una estancia de investigación en el extranjero, con una laboriosa segunda tesis doctoral. Pero si mis títulos universitarios se incrementaban, mi fe en el Derecho decrecía. ¿Cuál era el mensaje, entonces, que quedaba para los estudiantes, los futuros hombres de Derecho? De hecho, no de Derecho, siguió valiendo que para ascender en estruc­turas de poder era más conveniente la complacencia que la lucha por el Derecho. Me refiero a la percepción externa de los fenómenos, sin juzgar sobre las motivaciones morales de nadie, en cuyos dominios no debo entrar.

Pero quien profese ideas similares a las de von Jhering no puede orientarse por principios utilitarios, de conveniencia personal.

¿Se ha modificado esencialmente la situación en el momento actual? Las empresas de noticias dan un mensaje muy optimista. Si uno atiende a los medios de comunicación —que se muestran tan uniformes, casi, como lo eran en la dictadura—, parecemos Suiza.

III. Yo, sin embargo, acaso por mi tendencia incorregible a la disidencia, no veo ninguna mejora institucional: todo lo contrario.

A. Verdad es que las leyes de Punto Final y Obediencia Debida, por ejemplo, fueron anu­la­das. Pero esto se había intentado a comienzos del año ’98 —de hecho yo participé en un pro­yecto de esa índole— y había sido rechazado por el Congreso, incluso por legisladores que hace dos años sí declararon nulas esas leyes. La Corte actual, “la Corte sustituta” —por así decirlo—, ratificó esa anulación. Incluso lo hizo así un juez que había declarado válidas las leyes 18 años antes. Las leyes eran nulas, por cierto, sin necesidad de que lo declarase así el Congreso. Pero entretanto habían pasado más de 20 años, contados desde el inicio de las causas penales contra diferentes imputados, y éstas habían sido cerradas, aunque, por cierto, indebidamente. Mas es también un principio propio de los derechos fundamentales del hombre el de que toda causa penal debe concluir dentro de un plazo razonable. La reapertura de las causas tanto tiempo des­pués no se lleva para nada bien con ese principio, aunque, admito, es un problema de solución difícil, discutible. Pero, más allá de eso, se trata de procesados que ya no tienen la menor posi­bilidad de perturbar la acción de la justicia, ni la de sustraerse al cometido de los juicios. ¿Qué razón hay, entonces, para que se hallen en prisión preventiva, en violación a los límites cons­titucionales del encarcelamiento preventivo que aquí enseñamos, en procedi­mientos que, según se sabe, por lo demás, en muchos casos no concluirán nunca?

Todo habla en favor de signos de instrumentalización del hombre, de muchos hombres, con fines políticos. Mas la defensa de los derechos humanos, así lo decimos en esta casa, se carac­teriza ante todo por el respeto a las garantías del imputado frente a la pretensión estatal, no por fortalecer estrategias de imputación contrarias a las garantías del individuo.

Las organizaciones intermedias que se jactan de proteger los derechos de la persona humana no reparan en nada de eso. Y a quien le toque estar tan sólo sindicado en una causa de esa índole —en algunos supuestos, acaso, sólo por dichos de testigos— muy posiblemente perderá todo su crédito, su honra, su fortuna, y con seguridad se le restringirán también sus derechos de defen­sa. Si llegara a ser inocente, será muy tarde para repararlo; y aun si fuera culpable —por más que se trate, por cierto, de hechos sumamente graves—, no hay ninguna razón para violar sus garantías procesales en el tiempo intermedio.

B. En otro andarivel corre el maratón del gobierno por manipular decisiones judiciales. Se comenzó con un golpe de Estado a la Corte Suprema, iniciado en 2003, como dato, según dijo uno de los jueces enjuiciados, Moliné O’Connor, de una pulseada por la “pesificación”, y con­cluyó este año con la destitución del juez Boggiano, de quien fui alumno de esta casa en mi últi­ma asignatura, hace 23 años, y a quien me tocó, quizá por eso mismo, defender en el juicio. El destrono de la Corte ocurrió con la complicidad de innumerables sectores políticos que vieron una ocasión fácil para granjearse indebido halo de honestidad, cuando lo que estaba en juego, de hecho, descripto externamente y sin ningún juicio sobre las personas, era el volver a la situación objetiva de una Corte por cada gobierno. Esto se agravó cuando uno de los jueces de la Corte de conjueces que entendió en el recurso de mi otrora maestro Boggiano, dándole momentánea razón, fue suspendido en sus funciones por el Consejo de la Magistratura. Así se quebraba la Cor­te que debía juzgar sobre los actos del Senado, o se intentaba quebrarla. Todo juez tenía que saber a partir de aquí, pues, a qué atenerse en su función judicial. ¿Quién se animaría, entonces, a contradecir even­tua­les actos ilícitos de gobierno, supuesto que los hubiera, mediante una sentencia judicial? Sólo un juez que estuviera dispuesto a arriesgar su estabilidad personal en pro de la lucha por el Dere­cho. Esta fe en el Derecho, sin embargo, salvo ánimas de excepción, se debilita con el tiempo.

C. Las reacciones de la universidad, por su parte, han sido ambivalentes.

Celebro que el señor Decano haya liderado una oposición de la Universidad de Buenos Aires contra las llamadas “leyes Blumberg”, hace poco más de un año. Pues ese adoctrinamiento de los medios de comunicación según el cual lograríamos El Edén con un derecho penal drástico y anti-humanitario es todo lo contrario a lo que enseñamos aquí. El jurista ilustrado no puede seguir ese camino. Que los legisladores no nos hayan oído no significa que no nos hayamos expre­sado en la senda del Derecho.

En otros puntos, sin embargo, como en el de la Corte Suprema, hubo silencio o acaso, in­cluso, beneplácito, aunque entiendo que no por parte de instancias oficiales. Una querida profesora de esta casa justificaba hace dos años la destitución del juez Moliné O’Connor con el bálsamo de que “es la primera vez que los de izquierda podemos hacerle algo a los de derecha”. Pero: ¿qué explicación es ésta?

Algo similar ocurre cuando ciertos legisladores electos de hoy se erigen en patrones de una moral indescifrable para excluir del Congreso a otros igualmente electos, sobre la base de supuestas inidoneidades morales de “los otros”. En la sociedad democrática, sin embargo, la moral positivizada en leyes ajustadas a la Constitución es la que puede ser exigida al ciudadano; no más. Y si hubiera derecho a juzgar la moral de los candidatos, ¿cuántos cargos habría que dejar vacantes? ¿Quiénes serían jueces aptos para tales juicios morales, no basados en normas jurídicas? Pronunciamientos de esa índole son vanagloria moral; pero, por encima de ello, sus­tracción de los derechos “del otro”. Exclusiones semejantes, como las del estilo: “Fulano no pertenece más al Estado”, “está en el Acta”, se hacían en la dictadura. Nos parecían muy criti­cables y dirigíamos todo nuestro arsenal teórico contra ellas.

IV. Nada de eso se corresponde a los ideales de Jhering, creo yo.

Hay una sociedad allí donde hay normas y el miembro de la sociedad se atiene a ellas. Donde no hay normas o, si las hay, no son cumplidas por nadie, sólo se trata de un conglomerado informe de seres extraviados. No de sociedad y ni de Estado, mucho menos de sociedad y Estado democráticos.

Pues el respeto a la norma tiene sentido si estamos dispuestos a reconocer el derecho que le corresponde precisamente a nuestro adversario —cualquiera que sea el género adversarial al que él pertenezca—.

El Departamento de Derecho Penal de esta casa —para seguir con ejemplos de mi herejía o disidencia— organiza declaraciones en pro de la independencia del poder judicial contra cita­ciones del Consejo de la Magistratura. Esto está muy bien. Pero, hasta hoy, sólo lo hace cuando está afectado un miembro del Departamento o, más bien, un miembro del grupo afecto a los que promueven la declaración. Si no es del grupo, no hay proclama. Lo que está en juego, empero, en el Estado de Derecho, no es la protección de tal o cual bando, sino la refirmación de las nor­mas legítimas como parámetro del contacto social, válido para todos. Lo que importa no es tan sólo la persona del juez afectado; por cierto que también esto, pero igualmente lo es la defensa del derecho de todos los ciudadanos, de cualquier otro oficio o vocación, a contar con jueces independientes, especialmente en sus contiendas contra el Estado; que no tengan por qué confrontar sus decisiones con el parecer de los gobiernos, ni con el de un periodista que los controla y avala o hace suspender. Eso no es un Estado de Derecho, sino una nueva restricción a los derechos de todos.

En suma, queridos colegas de hoy, yo he presenciado todos los vaivenes, o al menos unos cuantos de la última etapa de nuestra historia, que todavía sigue. Aquellos que sostenían una mo­ral elevada en el exilio, con sus críticas certeras, justas, y que en parte formaron nuestra sen­sibilidad jurídica y social desde el extranjero, desde sus padecimientos, se hacen hoy pasibles de críticas semejantes, desde sus puestos de funcionarios. Todo se explica con el resguardo: “mirá, viejo, acá, en la política, la cosa es así”. Lo que hayan sufrido como persona humana en el pasa­do no les es suficiente para reconocer la humanidad del prójimo en el presente, sino más bien todo lo contrario.

Esto es lo que yo quisiera estigmatizar hoy como incorrecto y el mensaje que deseo transmitir en mis últimas palabras a esta promoción. Pero, claro, podría estar completamente equivocado en mis juicios, como siempre puede ocurrir.

Lo esencial —según yo lo veo— es la fe en el Derecho que ustedes puedan conservar e incre­mentar, aun a costa del desarrollo económico o social en sus vidas como “abogados”. Es pre­ferible un decurso profesional exento de honores públicos, si es que ése ha de ser el precio de profesar que el “dogma de la justicia”[5] no se puede quebrantar nunca; es el imperativo cate­górico por excelencia: y requiere igualdad, ecuanimidad, límites al poder, respeto al derecho de todos, dar a cada uno lo suyo —sin sustraérselo a nadie—. Hay momentos en la vida de todos que no se olvidan. El de la graduación en la universidad, para quienes pudimos tener estudios uni­ver­sitarios, es uno de ellos. Espero que vuestra generación esté muy por encima de las nuestras. El tramo de la historia que se avecina, en cuanto atañe a los usos y aplicación del Derecho, está en vuestras manos, no ya en las nuestras. Ojalá puedan configurar un mundo esencialmente mejor que el que reciben, para las generaciones venideras, en las que también entran nuestros hijos.

Nada más, y muchas gracias por su atención.



* Con ligeras modificaciones de estilo, el texto se corresponde al Discurso de colación de grado pronunciado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires, el 7 de diciembre de 2005. Las notas de pie de página han sido introducidas para la publicación.

[1] El disertante se expresó confiado a su memoria. Corroborada la obra referida, hay algún matiz a tener en cuenta; el texto completo al que se refiere la cita reza realmente así: “Cuando se me sugirió que alguien prologara esta monografía, pensé naturalmente en Genaro R. Carrió, puesto que es, quizá, el jurista que más ha influido en la formación de mis puntos de vista teóricos./ Sin embargo, debí saber en qué me metía” (Carlos S. Nino, El concurso en el Derecho Penal, Astrea, Bs. As., 1972, p. 131).

[2] Sebastián Soler, Fe en el Derecho y otros ensayos, Tipográfica Editora Argentina, Bs. As., 1956.

[3] Rudolf von Jhering, Der Kampf ums Recht [La lucha por el Derecho], Wissenschaftliche Buchgesell-schaft, Darmstadt, 1963 (reimpresión fotomecánica inalterada de la 4.ª edición, Viena 1874), p. 20. En el texto, cito según la “clásica” versión castellana, muy ajustada al original, que conocí en su momento de Adolfo Posada —con un estudio introductorio de Leopoldo Alas, “Clarín”, de 1881—, gracias a la edición argentina de “La Torre de Babel”, editorial Perrot. La misma traducción puede consultarse ahora en la edición de Fabián J. Di Plácido, Buenos Aires, 1998 (párr. cit., en pp. 69 s., últ. párr. del cap. II). Acótase aquí que el nombre de von Jhering es conocido entre nosotros, por las traducciones al español, con la grafía “Ihering”, con “I” inicial, en lugar de “J” (acaso para facilitar la pronunciación correcta, que se corresponde con la fonética de nuestra “i latina”). Así aparece, p. ej., en la cit. edición de La lucha por el Derecho, pero también en El fin en el Derecho, Atalaya, Bs. As., 1946; y muy especialmente en la traducción de la obra, muy influyente entre nuestros civilistas, La teoría de la posesión - El fundamento de la protección posesoria (versión española con el retrato del autor, aumentada con notas críticas), con estudio preliminar sobre la vida y obra de “Ihering”, por Adolfo Posada, Hijos de Reus Editores, 1912 (en el retrato que se puede hallar en esta publicación, consta al pie la firma del autor, precisamente como R. von Jhering).

[4] Ídem, en la versión alemana original (ed. cit.) pp. 2 s., en la ed. arg. cit. en nota anterior, p. 52 (prácticamente al comenzar, tras el estudio preliminar, el cap. I: “Introducción”).

[5] La expresión entrecomillada alude a una toma de posición de la senadora Fernández de Kirchner habida en el jui­cio público por “mal desempeño” tramitado contra el juez Antonio Boggiano durante 2005, en el que el autor de este discurso fue co-defensor junto con la colega María Angélica Gelli. En la sesión del 22 de junio en que fue­ron ampliados oralmente los fundamentos de la defensa escrita, sesión en la que el juez Boggiano sería “sus­pen­dido” en sus funciones —facultad que se ha arrogado el Senado en un reglamento propio, pero que no fue atribuida por la Constitución—, la senadora Fernández de Kirchner respondió a la argumentación jurídica de la defensa de esta forma: “Esto sucede porque algunos creen que la justicia es una religión, y se creen sacerdotes y vestales de dicha religión. Entonces, lo que deben ser principios jurídicos y de justicia devienen en dogma, que es lo que caracteriza a la fe religiosa, lo que está muy bien en el ámbito de la religión”. Véase el registro de la versión taquigráfica en Gelli / Sancinetti, Juicio político, Garantías del acusado y garantías del Poder Judicial frente al poder político, Bs. As., 2005, p. 504 (bastardillas agregadas). A tales afirmaciones les correspondió la siguiente respuesta, en el alegato del 22 de setiembre de 2005. Respecto de lo dicho por la senadora Fernández de Kirch­ner: “Se dijo también en aquella sesión del 22 de junio, que «algunos creen que la justicia es una reli­gión...», y, «enton­ces, lo que deben ser principios jurídicos y de justicia devienen en dogma». Quien se expresa así presupone que en algunos casos es legítimo obrar en contra de la justicia. Sin embargo, no hay ningún caso en que sea justo actuar injustamente. Por definición, obrar de modo injusto siempre está mal./ Lo útil, con todo, para la ilustración del pueblo de la República, de la idea de que no se trata aquí ni de derecho ni de justicia, consiste en mostrar que las cartas de triunfo, entonces, en tanto Derecho y Justicia, están del lado del acusado. Si no fuera así, no haría falta decir que lo jurídico y lo justo no interesan. Porque esas tesis presuponen el reco­no­cimiento de que este juicio es injusto, contrario a derecho, pero que, así y todo, sirve a ciertos intereses preva­le­cientes” (véase la versión taquigráfica en www.senado.gov.ar, sesión citada).


PUBLICADO EN www.eldial.com.ar Suplemento de Derecho Penal dirigido por Fernando Díaz Cantón.

17.2.06

Aristóbulo Del Valle

ARISTOBULO DEL VALLE
A 110 años de su fallecimiento 1896 - 2006

El 15 de marzo de 1845 nacía Aristóbulo del Valle en el pueblo bonaerense de Dolores. Era hijo del coronel y estanciero Narciso del Valle y de doña Isabel Valdivieso. Su padre pertenecía a la generación que conquistaron el desierto, extendiendo la colonización ganadera, creando estancias, abriendo caminos, levantando fortines y pueblos.
Tras la muerte de su padre, la familia del Valle se traslada a Buenos Aires, donde Aristóbulo cursa sus estudios secundarios. Luego ingresa a la Universidad para estudiar derecho. Mientras realiza su carrera estalla la guerra con el Paraguay, y el joven universitario se enrola en el ejército. De regreso a Buenos Aires termina su doctorado con una tesis sobre La Intervención del Gobierno Federal en los Territorios de los Estados. Desde entonces se revelará como un constitucionalista de profundo sentido republicano, nacional y democrático. Pero por sobre todo, la figura de del Valle, agudo polemista, publicista de nota, se destacará, antes que como jurista, por ser un hombre político, apasionado por los problemas nacionales y por la defensa del patrimonio económico nacional, en una época crítica de nuestra historia.

Las dos líneas

Del Valle se incorporó a los 21 años -aún era estudiante- a las filas del autonomismo bonaerense, cuando ya se perfilaban en su seno dos tendencias antagónicas. Su voz fue representativa del grupo de productores nacionales en tiempos de crisis, cuando éstos, acosados por la desestabilización económica y productiva del país, aspiraba a una mayor independencia frente al capital extranjero. Este núcleo primitivamente rodeó al llamado Club 25 de Mayo, del cual del Valle fue su vicepresidente y firmó su manifiesto liminal. Sus miembros representaban a sectores de la burguesía terrateniente no ligada a la actividad importadora, y a la pequeña burguesía. El otro sector autonomista -expresión de los grandes terratenientes y de la burguesía mercantil, fundaron Club Libertad, iniciándose una pugna que en el 90 los enfrentaría con dureza. A ambos grupos les unía la oposición a la federalización de Buenos Aires, pero por su distinta composición social e ideología, frente a las elecciones a diputados provinciales a realizarse el 18 de abril de 1870, levantaron sus propios programas y listas de candidatos. El Club 25 de Mayo puso el acento en la verdad del sufragio y en la autonomía de los municipios; se pronunció por la abolición del servicio de frontera y contra el acaparamiento de las tierras públicas, y, según la crónica de la época, sus oradores llegaron a pedir que éstas se pusieran al alcance de la gente humilde. Integraban la lista, junto a del Valle, Leandro N. Alem, Dardo Rocha, Carlos Pellegrini y Roque Sáenz Peña. En esas elecciones, aunque del Valle obtuvo el mismo número de votos que Dardo Rocha, no fue electo. Pero al año siguiente -el 24 de abril de 1871-, se realizaron elecciones para elegir a los integrantes de la Convención Revisora de la Constitución Provincial, y esa vez del Valle resultó elegido. Su accionar político e intelectual no le hace perder de vista los problemas acuciantes del momento, prestando ayuda a los afectados por la fiebre amarilla. Mientras algunos políticos tomaban distancia del drama que diezmaba las familias porteñas, del Valle dedicó esos infaustos días a luchar contra el flagelo. Contrajo finalmente la enfermedad, pero logró salvarse.

Defensor de los servicios públicos nacionales

El 31 de marzo de 1872 se efectuaron elecciones en Buenos Aires para renovar la Cámara de Diputados. Muchos de los que en 1870 habían integrado el Club 25 de mayo, formaron el Club Electoral, que agrupó en general a la juventud del autonomismo. El 10 de abril se hizo el escrutinio y entre los electos figuraron del Valle, Alem, Pellegrini y Rocha. En una de las sesiones del mes de junio, del Valle apoyó a Alem, quien propuso la votación en contra de la venta del Ferrocarril del Oeste, levantando ya la bandera de la resistencia a todo intento de entrega de los servicios públicos a consorcios internacionales privados. Esta línea política del Valle la continuaría a lo largo de su vida pública. Años después, cuando se discutió en el Senado de la Nación el tema de la enajenación de las obras sanitarias de la ciudad de Buenos Aires, del Valle consideró que luego de haberse iniciado las obras -quince años atrás- no existía razones para transferirlas al capital privado extranjero por el término de 45 años. Con sólo invertir 100 millones, opinaba del Valle, podrían obtenerse ganancias que llegarían a los 226.430.000 pesos oro. El ministro Eduardo Wilde opinó entonces que todo era preferible a la administración estatal. Al contestarle a del Valle dijo: 'es necesario defenderse contra la tendencia socialista que va penetrando en el Estado, aún en el imperio de los gobiernos más liberales'.

La respuesta de del Valle fue contundente, señalando la contradicción de Wilde, cuando él mismo había sostenido siendo ministro de Instrucción Pública, la intervención estatal en materia de educación. Pero los argumentos se estrellaron contra el silencio y la unanimidad mayoritaria del oficialismo, imponiéndose el criterio de Wilde.

El noventa

Los círculos más lucidos de los intelectuales nacionales, a través de Sarmiento, D'Amico y del Valle esbozaron algunos planteos nacionalistas sobre la crisis y empobrecimiento de los productores argentinos, en beneficio de los prestamistas extranjeros y sus comisionista nativos. En los días del juarismo, la situación se haría insostenible, sobreviniendo de Revolución del 90. La revolución del Parque fue contradictoria, como que en las filas insurrecciónales estaban representados sectores antagónicos. Entre los 'orilleros' (Alem, Del Valle, Francisco Barroetaveña), se definió una línea que, retomando el hilo de las denuncias que Sarmiento formulara desde El Censor, comenzó a defender a los productores nacionales. Entre esos 'orilleros', nacería la Unión Cívica Radical. Del Valle, vocero de esta posición, expresaba en La Epoca, el 28 de enero de 1891: 'Se tira el tesoro por la ventana para satisfacer la codicia de los empresarios sórdidos que viene a abusar de su influencia para enriquecerse en un día. Un país nuevo que llama así a los capitales extranjeros y prodiga la tierra pública sin discernimiento está amenazado de un serio y gravísimo peligro. ¿ Nuestro comercio? Ahí lo tenemos. Depende completamente del mercado de Londres. Pero al fin, son necesidades del movimiento económico del mundo. Pero hay una cosa que no se puede entregar jamás: la llave de la política, porque la política es la soberanía. Y sin embargo, en este momento, sentimos esa exigencia bochornosa: el Congreso de la Nación Argentina no podrá legislar sobre su moneda en tal o cual forma durante tal o cual período si se quiere que garanta un préstamo. Es decir, la amenaza de entregar la llave de nuestra política'.

Una conducta al servicio de la Nación

En 1893 las dificultades asolaban al presidente Luis Sáenz Peña, quien llama a del Valle a salvar al gobierno. Este acepta y se hace cargo del Ministerio de Guerra y Marina. Una de sus primeras medidas es ofrecer todos los ministerios de la UCR. Pero tanto Alem como Hipólito Yrigoyen no aceptan. Arbitro del gobierno, intenta hacer desde arriba la revolución democrática que había fracasado tres años antes. Para ello cuenta con la adhesión del gabinete y el apoyo del pueblo. Pero el parlamento se le opone. Los radicales incitaron a del Valle a dar un golpe de Estado para democratizar el país: pero éste se opuso: 'No doy el golpe de Estado porque soy un hombre de Estado'. Y a continuación afirma: 'No debo sentar el precedente de un ministro de Guerra alzándose con las fuerzas armadas de la Nación. Me voy...' y renuncia. Aristóbulo del Valle daba así una nueva lección cívica. Luchó y vivió de acuerdo a sus ideas, y su figura, con el paso de los años se agiganta, por su conducta insobornable en pro de los intereses económicos nacionales. Sus últimos años los vivió dedicado al fortalecimiento de la Unión Cívica Radical como instrumento democrático de oposición al régimen conservador y procurando consensos con otros sectores democráticos y populares. En esos momentos su nombre se mencionaba para la renovación presidencial de 1898 como bandera de unión de radicales y mitristas para enfrentar la muy probable reelección de Roca. La muerte prematura lo sorprendió antes. Murió el 29 de enero de 1896.

Diego Barovero
Secretario General
Instituo Nacional Yrigoyeneano

15.2.06

Urquiza, nuestro libertador

Nuestra Indo-ibero-américa suele reservar el título de "libertador" para los próceres que llevaron a cabo la independencia de nuestros países y pusieron fin a la dominación ibérica -y está bien-.

Pero ¿de qué sirve la ruptura con la metrópoli de la que fuimos colonias o provincias si después de la independencia no adviene una organización sociopolítica que constitucionalice un régimen de libertad?

Desde el 25 de mayo de 1810 fue largo, sinuoso y difícil el proceso que, superando idealismo, fracasos y avatares, desemboca -lucha armada mediante- en el Congreso Constituyente de Santa Fe tras la tiranía de Rosas. La generación del 37 había dejado su aporte fecundo.

¿Quién fue de ahí en adelante el arquitecto de nuestra libertad? ¿Quién nos hizo posible pisar el umbral de la organización constitucional para iniciar, a partir de 1853, un trayecto de progresiva cultura democrática? ¿Quién impulsó la remoción de todos los factores y condicionamientos negativos para dar paso a los que habían de dar funcionalidad a nuestra liberación?

El ingeniero de la libertad, el Libertador de nuestra organización independiente, el autor de la República Argentina como unidad de provincias preexistentes es Justo José de Urquiza.

En el bicentenario de su natalicio nuestro constitucionalismo debe saludarlo y honrarlo como al Libertador de la República. Así comprometemos, en homenaje a su memoria, nuestro deber de vigilancia y de acción para que nunca más nuestra libertad se aparte de los valores de la constitución: la histórica de 1853/1860, con sus reformas de 1957 y 1994.

Además, este recordatorio es un anticipo de las celebraciones con que, en poco tiempo más, también conmemoraremos el sesquicentenario de la batalla de Caseros y de la constitución de 1853. Son todos tramos de un mismo camino: el de nuestra identidad constitucional o, si se prefiere, de nuestra constitución cultural.

Dr. Germán Bidart Campos

Publicado en: LA LEY 2001-B, 1389

En el bicentenario de su nacimiento - 1801/18 de octubre/2001

14.2.06

Con la espada, la pluma y la palabra

La Constitución, esa gran olvidada
Con la espada, la pluma y la palabra

Por Jorge Horacio Gentile

La versión del Himno Nacional Argentino del Teatro Sanitario de Operaciones de Buenos Aires, con la voz de Laura Pront, que abrió el Festival Nacional de Folklore de Cosquín 2006, fue un nuevo intento de alejarlo de los acentos marciales a los que las bandas militares nos acostumbraron. La idea de desacartonar nuestras canciones patrias había sido intentada ya en los años 70 por Billy Bond, con una extraña versión de la marcha de San Lorenzo. Arco Iris, el grupo de Gustavo Santaolalla, se animó a Aurora, y Charly García, al Himno Nacional. En 1998, Lito Vitale editó un CD difundido en todo el país, titulado El grito sagrado, que contiene “canciones de la escuela”: el Himno, en la voz autorizada de Jairo, Alejandro Lerner y María Elena Walsh, con la marcha de San Lorenzo; el himno a Sarmiento interpretado por Sandra Mihanovich, con su apreciada sensibilidad; Fabiana Cantilo y el Saludo a la Bandera; Víctor Heredia, con Aurora, Pedro Aznar, con el himno a San Martín, y Juan Carlos Baglietto, con A mi bandera. Se intentó, con respeto y seriedad, rejuvenecer, a través de arreglos acordes con la época, nuestras canciones patrióticas.

Es cierto que nuestra historia ha sido escrita y enseñada dando prioridad al heroísmo de nuestros militares y dejando en segundo plano, u olvidando, a quienes construyeron nuestra nación con la pluma y la palabra. Muchos de nuestros grandes próceres son más recordados por sus actuaciones militares, que por su obra política, educativa, legislativa o intelectual: por caso, Manuel Belgrano, Bartolomé Mitre y Domingo Faustino Sarmiento.

La música no es sólo un vehículo de comunicación estética, sino también una forma de educar y, cuando se trata de canciones patrias, lo que se intenta transmitir es nada menos que la identidad de una nación; sus hitos históricos y los valores sobre los que se sustenta. El escenario en que esa transmisión ocurre no puede limitarse sólo a los desfiles militares y a los actos escolares, sino que también debe darse a través de los medios de comunicación masiva, en las fiestas populares, familiares y hasta en las deportivas.

Me pareció magnífico el trabajo de Lito Vitale y los intérpretes que lo acompañan en su CD, aunque me quedó la impresión de que algo faltaba. Me refiero a la Constitución, al Congreso Constituyente de Santa Fe, que la dictó en 1853, a los constituyentes que la redactaron y aprobaron, a los políticos que la hicieron posible y a los pensadores que la concibieron, como Juan Bautista Alberdi.

Esta misma sensación la sentí hace quince años, cuando se imprimieron los billetes que hoy día circulan, con el rostro de nuestros próceres. Entre ellos, se omitió a Alberdi, autor de los libros Las bases (1852) y El sistema económico y rentístico de la Confederación Argentina (1854), primer tratado de finanzas públicas de nuestro país. Siendo diputado, esto me llevó a presentar un proyecto de resolución, que nunca trató la Cámara, en el que pedía que se salvara tamaña omisión.

No hay un himno ni una canción que recuerde a nuestra Constitución, las más antigua en vigor en América, después de la de Estados Unidos. Tampoco se conserva (pues fue demolido) el cabildo de Santa Fe, donde fue sancionada. Si nos guiamos por el nombre de nuestras ciudades, pueblos, avenidas, bulevares, calles, plazas y parques, raramente encontramos alguna mención a nuestros olvidados constituyentes. En Buenos Aires, frente al Congreso de la Nación, está Monumento a los Dos Congresos, que alude al frustrado Congreso Constituyente de 1813 y al de Tucumán de 1816, que declaró nuestra independencia. Inexplicablemente, no se recuerda al congreso que dictó la Ley Fundamental en 1853. En la Capital Federal, fuera de la estación de trenes de Constitución, no encontramos lugares públicos importantes que la recuerden. Mejores recuerdos tiene Juan Manuel de Rosas, que se opuso siempre al dictado de la Constitución.

Mucho se habla de reconstruir nuestra memoria; poco y nada de educación política, el déficit más notable desde que recuperamos la democracia. Se han hecho encuestas en las que se demuestra que nuestra Constitución es desconocida por los ciudadanos y resistida en su aplicación por los propios gobernantes, que no dejan de dictar normas y producir actos que la contradicen. Carlos Nino calificó al nuestro como de país al margen de la ley, en el título de uno de sus libros. Todo esto nos hace pensar que si queremos volver a tener una democracia robusta, seguridad jurídica, instituciones sólidas, respeto a la ley, acendrados valores, y que se nos crea y respete en el mundo, tendremos que replantear nuestra educación política. Para ello tendremos que apelar a nuestros educadores, a los responsables de los medios de comunicación y, muy especialmente, a nuestros artistas. Los políticos y los ciudadanos tendremos que habituarnos, nuevamente, a rezar el preámbulo de la Constitución, como hacía Raúl Alfonsín en la campaña electoral que nos permitió volver a la democracia.

¿No habrá llegado el momento de pedirles a nuestros mejores artistas que creen un himno a la Constitución o una canción patria que recuerde la Convención de 1853? Esto quizá sirva para hacer más viva aquella frase del himno a Sarmiento que titula esta nota, y que muy bien podría, buscando una mejor lógica, invertir el orden de sus conceptos y expresar: “Con la palabra, la pluma y la espada”.

El autor es profesor de Derecho Constitucional y fue diputado de la Nación.
Publicado en LA NACION, Buenos Aires, 14 de Febrero de 2006.

Nota: el cd 'El grito sagrado' al cual el autor hace mención, fue editado y producido por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires en la Gestión del Dr. Fernando de la Rúa.

6.2.06

"Hay una regresión global de los derechos humanos"

Conversación con el juez Zaffaroni

“Hay una regresión global de los derechos humanos”

El juez Eugenio Raúl Zaffaroni, integrante de la Corte Suprema, sostuvo ante lavaca.org que la miopía de muchos que han sido defensores de los derechos humanos con respecto a las actuales violaciones de tales derechos, se debe a una cuestión de clase. Cuestionó los esquemas “progresistas” que ya no sirven para entender la realidad. ¿Cómo será la lucha por el poder entre incluidos y excluidos? La criminalización de los pobres y el rol del poder judicial en un mundo de una polarización social inédita, según un juez que considera que su función es preservar el espacio para la protesta social.

A Eugenio Raúl Zaffaroni sus amigos le dicen Raúl. Eugenio era el nombre de su padre: “Lo sigo usando por eso mismo, porque era el de mi padre, y por la documentación. Van a pensar que soy dos personas y voy a tener que enviar información sumaria aclarando que soy el mismo”.
La cuestión es inquietante, en un país plagado de políticos y funcionarios reversibles, seres mutantes que han sido una cosa y son otra, o varias: son lo que haya que ser y obedecen lo que haya que obedecer. Zaffaroni, ¿es realmente el mismo? Llegó hace dos años a la Corte Suprema de la Nación, convirtiéndose en uno de los magistrados más importantes del país. Recibió a lavaca en su amplio despacho del 4º piso del palacio de Tribunales, un edificio oscuro presidido por la señora de ojos vendados y una balanza calibrada casi siempre de un modo enigmático.
-Doctor ¿Cómo se ven las cosas desde aquí?
-Yo siempre me resisto a que el cargo me trague. A que deje de ser yo en función del cargo. Cuando eso me va pasando en alguna función, me voy, por preservación de mi salud mental. Pero en muchos sentidos veo las cosas igual que como las veía antes. Lo que sí hay es una circunstancia imaginable en una función como esta, y es que uno tiene que pensar siempre en el bien común, en el sentido de gobernabilidad del país. No se puede hacer del derecho una mera lógica del deber ser cuando el ser pone limitaciones.
-¿Cómo sería esa contradicción?
-En realidad no es una contradicción. Hay un deber ser y un ser. Un deber ser es derecho en la medida en que pueda llegar a ser. Si se trata de un disparate que no puede llegar a ser no sirve. Yo no puedo caminar en la luna, con lo cual eso no es derecho por más que haya un deber ser que me diga ”debe caminar en la luna”. Es un delirio. Eso es lo que se vivencia en un plano teórico. Aquí se vivencia mucho más el plano de la realidad.
Es decir: me gustaría que todos los jubilados tengan el 82% móvil, que todos tengan una vivienda, que todos tengan trabajo. Me gustarían muchas cosas pero de lo que uno se da cuenta aquí es que tiene que empujar hacia eso.
-Empujar hacia la justicia.
-Sí, pero no puede pretender lo imposible. Es estar empujando el carro, los bueyes están adelante pero hay que empujarlo a veces porque por ahí se quedan. Pero bueno, hay límites.
-Que increíble que haya que pensar que son imposibles esas cosas teóricamente tan admitidas. La jubilación, el trabajo, la vivienda.
-Admitidas como un deber ser. Pero hay que hacerlo ser. Ese es el asunto.
-Es la muerte de los derechos en la medida en que quedan como una letra embalsamada, que no se cumple.
-Hay que ir empujando a la normalización.
-¿Siente que avanza?
-Sí, vamos cumpliendo algunas etapas, pero por supuesto que es una tarea que no se acaba nunca.
-Ese “vamos” ¿se refiere a su gestión personal?
-No solamente, sino también la Corte, el poder judicial, una cantidad de sentencias que van en ese sentido. Por supuesto esto no tiene un límite. No hay país en el mundo en el que los derechos humanos estén realizados plenamente. Por eso creo que es función del poder jurídico ir empujando a las restantes fuentes de poder en el sentido de que eso pueda realizarse. Pero fíjese: ni siquiera aquellos derechos humanos de primera generación son respetados en el mundo.
-¿Cuáles son?
-Esos derechos individuales, elementales, que le imponen al Estado abstenerse. Abstenerse del maltrato, de la tortura, de la detención arbitraria. Ni siquiera esos derechos son respetados absolutamente en el mundo. Uno tiene que estar permanentemente empujando. Hay autores que dicen: bueno, son derechos de realización absoluta los de primera generación, y de realización progresiva los otros. No: todos son de realización progresiva. Por lo tanto hay que estar empujando siempre para la realización del derecho.
-Hay muchas cosas que parecen absolutas, conquistadas, y no se las encuentra por ningún lado: libertad, igualdad, fraternidad, por ejemplo...
-Y en realidad en Paris los hijos de los inmigrantes arman todo lo que están armando. Y tienen razón, parece.
-Lo van a criticar por decir esas cosas.
-Pero fíjese lo que va de 1968 al 2005. la diferencia ente una protesta estudiantil que hablaba de la imaginación al poder y qué sé yo, a la protesta de los hijos de inmigrantes marginados. Ha cambiado el mundo, ¿no?
-Cambió. Los que creían en un progreso lineal deben estar aturdidos.
-Me da la impresión de que Frantz Fanon estará sonriéndose.
(Frantz Fanon fue el autor de Los condenados de la tierra y Piel negra, máscaras blancas, dos cuestionamientos al colonialismo que hicieron furor en los 60 y 70. Postulaba, entre tantas cosas, la relación indivisible entre capitalismo, colonialismo y racismo. El furor era por lo que decía, y por el compromiso. No solo escribió sobre descolonización sino que la practicó, en la lucha argelina por la independencia. Era descendiente de esclavos. En Argelia, como psiquiatra, tuvo la posibilidad de ver los efectos de la tortura tanto en torturados como en torturadores).
-O estaría sorprendido. Los condenados de la tierra convertidos en los condenados de los suburbios, incendiando autos en Paris.
-Piel negra, máscaras blancas, él hablaba de eso, pero no se planteó esto que estamos viendo ahora.
-Eso obliga a tener una actitud muy actualizada para no quedarse atado a pensamientos que fueron progresistas hace 40 o 50 años pero que tal vez ya no sirvan para entender el presente.
-Sí, pero no es nada fácil. Nada fácil porque aquellos pensamientos progresistas de otrora de alguna manera respondían a unos esquemas de comprensión de la realidad que hoy no funcionan. Es decir, cada momento de poder planetario tiene sistemas de interpretación, ideologías en el buen sentido de la palabra, sistemas de ideas para acercarse a la realidad. Y estamos viviendo un cambio en el poder. Así como el mundo vivió el colonialismo o el neocolonialismo, ahora vive la globalización. No como programa, sino como momento de poder planetario.
Y no tenemos un sistema de ideas que nos aproxime a la globalización.
Intentan aproximarse con ideas del siglo XIX y algunas del siglo XVIII.
-¿Ejemplos?
-Los ideólogos de la globalización, los integrados, al decir de Umberto Eco (semiólogo italiano, autor de Apocalípticos e Integrados) , lo hacen con una ideología propia del siglo XVIII. Y los apocalípticos lo hacen con un marxismo que es una ideología propia del siglo XIX. No digo que no haya elementos en todas las ideologías que se puedan elaborar, no descubrimos la nieve tampoco. Pero sí puede observarse que no hay un sistema de ideas con el cual aproximarse a esta realidad. Eso es un poco complicado.
-Porque hay que buscar nuevas combinatoria de elementos y saberes, que nos sirvan hoy.
-Pero están todos desconcertados frente a una realidad que se puede describir y, sin embargo, no puede explicar. Es lo que decía Galeano (Eduardo Galeano, escritor uruguayo) , uno tiene la sensación de que si Alicia volviera no tendría por qué atravesar el espejo. Le bastaría con asomarse a la ventana para ver que todo está patas para arriba, todo está al revés. Pero al revés, según nuestro sistema de comprensión de la realidad, lo cual genera una angustia tremenda.
Algunos para salir de la angustia dicen: “No, no es la ventana, no es la realidad. Es el espejo donde todo está dado vuelta”. Y están mirando por la ventana sin poder explicarse lo que pasa. Eso genera una angustia muy grande.
-¿Eso pasa con los funcionarios?
-Pasa con cualquiera. Un funcionario económico, pongamos. Uno ve una economía de especulación, una economía en la que predominan los servicios y no la producción, yo creo que si lo traemos a Lord Keynes a estos días, el pobre se volvería loco. O inventaría otra teoría, que es lo que haría un tipo genial, claro. Pero lo que no funciona es el sistema de ideas que tenemos para entender una realidad distinta de la que nos hacía sentir muy seguros. Por uno u otro lado, uno s sentía seguro. Hoy no sabemos dónde estamos parados: no sabemos qué sistema de ideas usar para comprender. Entonces uno ve cosas como las que pasan en Francia y piensa: sí, claro, tienen razón. No en vano uno ve Paris lleno de negros que no se mezclan. No es Holanda donde los grupos raciales están mezclados. Paris no. No vi a un blanco limpiando las calles.
-Y de pronto estalla. Pero estaba delante de nuestras narices.
-No era el espejo, había que mirar por la ventana.
-Usted hablaba de regresión de los derechos humanos. Para colmo, se percibe que mucha gente que supuestamente los defiende, se queda reivindicando los derechos humanos de otra época sin mirar lo que pasa ahora.
-Sí, hace rato que vengo percibiendo este tipo de actitud.

El clasismo y los derechos humanos

-¿Por qué ocurre? ¿Cómo puede ser que alguien que supo ver temas como la represión ilegal, los tormentos, resulte indiferente frente a las formas actuales de violaciones a los derechos humanos?
-Mire, no nos olvidemos de algo. Esto que voy a decir no va en detrimento de nadie, ni sirva esto para justificar ninguna aberración ni ningún genocidio. Pero hay una realidad: somos un país no discriminador dicen, pero no tenemos negros. Si no, seríamos Sudáfrica, yo creo. Entonces cuando aparece un negro le tocan el pelo porque trae suerte. Claro: es un negro de vez en cuando.
-La excepción simpática, admitida.
-Y empieza todo el estereotipo, si se busca al gimnasta sexual se habla del negro, o de la mulata. Por eso dicen que no somos racistas. Dicen que los mexicanos descienden de los aztecas, los peruanos de los incas, y nosotros de los barcos. En gran parte, no todos. Es decir: la clase media que ocupa la pampa húmeda y las ciudades. Tuvimos nuestro racismo de los cabecitas negras hace 50 años. Y bueno, en un determinado momento la dictadura genocida ¿qué hizo? Empezó a hacer desaparecer y a matar a hijos de la clase media. Y la voz que se pudo escuchar en el mundo fue la de madres y abuelas de clase media. Sabían hablar, y sabían hacerse oír. Y todo esto puso a Europa frente a una realidad: son blancos como nosotros, ¿y les hacen esto? Más allá de que yo creo que me parece magnífico que le hayan dado el Premio Nóbel de la Paz a Adolfo Pérez Esquivel (1980), creo que se lo merecía... no me entienda mal lo que estoy diciendo: lo que quiero decir es que si Adolfo hubiese sido negro y de Zimbawe, no le hubieran dado el Nobel, aunque todo hubiese sido igual o peor. Eso es lo que quiero significar, no porque no se lo merezca, ojo. Estoy diciendo: no creamos que el colonialismo ha desaparecido del mundo, ni la mentalidad colonialista ha desaparecido. En la etapa de globalización, siguen existiendo.
Y el clasismo también existe. Quizás haya gente que no logra actualizarse y percibir dónde están las violaciones a los derechos humanos hoy.
- No sorprende en gente que nunca adhirió a una defensa de estas cosas.
-No, el que está del otro lado, está del otro lado.
-Pero sí me asombra en gente que tuvo la capacidad para percibir la realidad.
-Bueno, pero la capacidad se la dio le dolor, la capacidad se la dio el desastre, la capacidad se la dio el muerto al lado. Claro que eso da la capacidad. ¿Pero da capacidad para percibir todo? Abre la realidad, claro. Pero bueno, no creamos que eso es un Pentecostés, ni una ciencia,
Es cierto que mucha de esta gente uno la sienta, le explica un rato, y al final se da cuenta. El que está del otro lado, ni estaría dispuesto a conversar. Este acepta y por ahí se da cuenta.
-Pero hay un pedido de cierto progresismo frente a los que reclaman por sus derechos hoy: córtenla.
-Sí, se ve muchas veces. Dicen: “Miren que esto es demasiado”.
-Con un argumento perverso: “Siempre fui defensor de los derechos humanos, qué me vas a venir a hablar a mí del tema”. Termina siendo una cuestión de poder.
-(Zaffaroni muestra las palmas de la mano como diciendo: obvio) Bueno, es una regla de la dialéctica. La dialéctica del poder es así. Se llega a una posición, pero esa posición no significa algo cristalizado: inmediatamente va a aparecer una antítesis. Es una regla del progreso en definitiva. Del progreso de la conciencia.
-Cuál sería la actual agenda de derechos, hacia los cuales hay que empujar, según su imagen.
-No creo en una división tajante entre derechos individuales y derechos sociales. Siempre digo que la alternativa “pan o libertad” es falsa. Puede ser cierta en una coyuntura, pero en un período prolongado o a largo plazo no resulta verdadera. Si a alguien se le da libertad y se le niega el pan, va a usar la libertad para buscar el pan. Y si a alguien le dan pan sin libertad no va a poder criticar al que dueño del reparto, que al final se va a quedar con todo el pan. Creo que se congloban los derechos individuales y los sociales.
Pero creo además que el riesgo que tenemos en el mundo es una regresión global en el ámbito de los derechos humanos.

Teoría de los seres descartables

-Usted quiere empujar, pero la noticia es que todo va para atrás.
-Es que no cabe duda que esta etapa de globalización, con una polarización de riqueza, y el surgimiento, o tal vez la extensión inusitada, de una nueva categoría: los excluidos.
No son los viejos marginados, son otra cosa. No es el lumpen proletariat que veía Marx. Es el que queda fuera del sistema. Tampoco es el explotado. El explotado era un tipo necesario para que existiera el explotador.
-Los chicos de Paris no son explotados. Los desocupados argentinos no son explotados.
-No, es otra cosa. El excluido es alguien que está demás. Alguien que sobra. Descartable. Nadie lo necesita. Ya no es la dialéctica explotador-explotado. Acá no la hay.
(Zaffaroni toma un bolígrafo y empieza a dibujar círculos en un sobre papel madera, para describir un futuro que parece de ciencia ficción, pero que es de pura lógica) Si proyectásemos esta tensión actual sin interrupción hacia el futuro, sin que nada la detenga –cosa que no va a ocurrir- nos llevaría a una sociedad con un 20 o 30 por ciento de incluidos a lo sumo (señala un círculo pequeño) , y 70 por ciento de excluidos (el círculo más amplio) . Este 20 por ciento viviría en zonas residenciales comunicadas con el centro económico por Internet y autopista. No tendrían esquinas donde lo roben a uno el reloj.
Y el resto estaría debajo de las autopistas. Como mutantes ¿no? a los que les tiraríamos de vez en cuando un hueso.
-Esa es la teoría del derrame.
-Por supuesto esto es una distopía (una utopía al revés, el grado ideal de una sociedad indeseable) Una distopía descabellada, Pero en definitiva ese sería el esquema urbanístico del futuro. En alguna medida en San Pablo uno ya lo ve.
-Y no solo en San Pablo. Hay que asomarse por la ventana. Qué tema con las ventanas.
- (Se ríe) Es un problema de cortinas. Si, pero en definitiva si uno proyecta, terminaría de esa manera.
-Pero ¿va a terminar de esa manera?
-Por supuesto que no. No hay masas ni millones de personas que se resignen a morirse fumando un porro, esperando en la puerta de la villa a que venga la policía y se los lleve para fusilarlos. Eso no pasa, pasan otras cosas. Se irá generando una nueva dinámica. Ahora todo esto ¿qué es lo que va generando? Va generando un control social represivo destruido, que no es el control social a través de la violencia estatal, por lo menos no exclusivamente. No son los cosacos del zar rodeando la villa. No hay más zar ni cosacos. Es otra cosa. Probablemente en Francia se vea menos, porque los policías son blancos. Acá se ve un poco más.
-No entiendo.
-¿Cómo se controla a este 70 por ciento? ¿Cómo se lo mantiene fuera de cualquier dinámica? (Golpea con la birome sobre el papel donde ubicó a ese 70 por ciento de excluidos) Generándoles contradicciones. Haciendo que se maten entre ellos. Y mientras ellos se matan debajo de la autopista, los integrados circulan por arriba. ¿Y cómo se logra esto? De una manera casi natural. Si uno ve lo que está pasando... salvo algunas victimizaciones de clase media que en ese caso salen en los diarios, la victimización que sale chiquita en el diario, se produce entre los mismos pobres. Si matan a cinco tipos en una procesión en la villa, sale chiquito en los diarios. Si la procesión es en Barrio Norte, se arma un despelote bárbaro. Entonces los criminalizados son de estos sectores. Los victimizados son de estos sectores. ¿Quiénes piden pena de muerte? El 70 por ciento de los que están abajo.
-Piden un instrumento que irá contra ellos, antes que nadie.
-¿Pero por qué lo hacen? Porque sufren la victimización en carne propia.
-Y no creen que tengan cómo defenderse.
-No, entonces les metemos a la policía en el medio. Pero ¿de dónde sacamos a la policía? (Redondea el círculo del 70 por ciento) Del mismo sector.
Y en la medida que todos estos se maten, no dialoguen, no se puedan coaligar, no puedan concientizarse, esa es la forma nueva de control que está surgiendo.
Y eso, que se ve claramente, es una regresión global de los derechos humanos.
Tanto de los derechos humanos sociales como de los individuales. Si pensamos que en la provincia de Buenos Aires tenemos un 75 por ciento de presos sin condena, bueno, tenemos un 75 por ciento de tipos que están presos por las dudas.
-Y en crecimiento geométrico.
-Pero además, esto me da el siguiente resultado: de este 75, un tercio será absuelto, según las estadísticas. A un cuarto de los casos se le dirá “usted tiene que quedarse algún tiempo, como pena formal”. En la mitad de los casos, al momento de la sentencia se le dirá “váyase que ya tiene la pena cumplida”. Y al otro cuarto le voy a decir: “usted estuvo preso gratuitamente. Vaya tranquilo”.

La pelea por la cuota de poder

-En otras épocas uno hablaba del control según esquemas clásicos: la represión como una cuestión militar, policial. Pero ahora hay una cosa más gaseosa, el poder judicial criminalizando la protesta y la pobreza, reprimiendo bajo el argumento de “hacer justicia”.
-Pero de alguna manera yo creo que el poder judicial está poniendo también un límite. Quizás no todo lo deseable. Pero empuja en el sentido de buscar un límite. No se me escapa otra cosa de esta regresión global de los DDHH, aunque sea cambiar un poco de tema. La lucha antiterrorista a nivel planetario, con la convención antiterrorista y todas esas cosas que nos quieren imponer a todos los países del mundo, no es nada más ni nada menos que toda una vuelta a la ideología de la seguridad nacional, pero ahora a nivel mundial. Es decir, cuando digo que para combatir el terrorismo tengo que disminuir las garantías de los terroristas, no es que va a haber menos garantías a los terroristas e iguales garantías al resto de la población. Salvo que los terroristas sean reconocibles físicamente. Que sean verdes. En la medida que eso no suceda, la disyuntiva es: se disminuyen las garantías de toda la población, con lo cual se corre el riesgo de confundir a cualquiera con un terrorista, o mantengo las garantías.
-Volviendo a lo anterior ¿Cuál sería la opción? ¿Qué ocurre con este 70 por ciento que quedó afuera?
-Yo no estoy en una posición pesimista. Creo que son momentos pendulares en la historia. Nos toca este momento, vendrá otro. Este 70 por ciento no se va a quedar en la entrada de la villa. Se armará lo de Paris, no sé qué pasará. Pero van a pasar cosas.
En definitiva y en última instancia ¿Qué es lo que va a pasar? No en una forma lineal, porque los procesos se dan desplegando curvas, y por cierto que en cada curva quedan bastantes cadáveres. Pero a la larga este 70 por ciento va a querer su cuota de poder. ¿Qué es el poder o qué da el poder en este momento de globalización? No es el dinero, es la información.
Y eso es tener el “know how” (el conocimiento, el saber cómo hacer las cosas) . Y la globalización, como todo momento de poder, tiene enormes contradicciones. Una de las más graves, y también más positivas, es que abarata enormemente el costo de la información. Dicho de otra manera: hace 30 años o 40 tenía que ir a Harvard para encontrar la bibliografía que necesitaba para escribir una tesis. Hoy lo hago en casa. Y cada vez lo voy a poder hacer más, a un costo relativamente reducido. Y en función de la competencia de la actividad de comunicación, cada vez va a ser más barato. Por supuesto me dicen que esto en realidad transmite basura, etcétera, pero yo digo: si transmite todo. La imprenta también. No creo que lo que más se imprimió haya sido Platón o Aristóteles. Bosques enteros se han consumido para fabricar papel para imprimir basura. Bueno. Está esa basura en el medio, pero están también las cosas que uno puede usar.

“Preservar el espacio de la protesta social”

-¿Y eso cómo empalma con la cuestión del poder?
-Hay algo que tiene este 70 por ciento que le falta al 30 por ciento de incluidos. Y es lo que uno ve en la villa, en las favelas, en los pueblos jóvenes. ¿Qué es eso que les sobra? Tiempo. Y el 30 por ciento de incluidos no tiene tiempo. Entonces, la organización del tiempo para el apoderamiento de la información, teniendo en cuenta que saber es poder, va a generar un efecto competitivo ente el excluido y el incluido que va a reanudar la dialéctica. Y el excluido va a tener un “know how” mejor que el incluido, porque tiene más tiempo.
-Bueno, por lo pronto vienen de diversos lugares a investigar a los movimientos sociales, de desocupados, sus formas de organización, de planificación. O a las fábricas recuperadas.
-Váyase a Devoto, y vea lo que pasa con los presos que están en el Centro Universitario. Sacan mejores notas que los estudiantes sueltos. ¿Qué tienen? Tiempo.
Por supuesto, esto va a traer un despelote bárbaro, porque el sistema no está hecho para incluir al 70 por ciento de los excluidos. A partir de ahí se inicia una dialéctica que no sé decir a donde va. Pero por ahí va la cosa, ahí va a ir.
-Mientras tanto, se ha venido criminalizando a los excluidos. ¿Cómo ve de ahora en más esa situación desde su cargo?
-La función es contener ese movimiento para preservar el espacio de protesta social. Que es el espacio de dinámica política.
-Pero la tendencia es penalizar esa dinámica política.
-Yo creo que el poder jurídico es un poder de contención del poder punitivo.
-¿Sí? He visto tantos jueces que no se enteraron...
-La esencia es esa. Contener al poder punitivo. Si no existiéramos nosotros, que se vayan todos los jueces, los tribunales, el ministerio público. ¿Qué pasaría? La policía sin límites, el Estado totalitario. ¿Qué era la Gestapo? ¿La KGB? Policías sin límites. Ese es el estado totalitario. La esencia de la función judicial siempre es la contención del poder punitivo.
-Doctor, uno puede admitir que en la Corte hay gente que piensa de un modo diferente, nuevo. Pero de ahí para abajo, hay cada uno: da miedo.
-Entre miles de personas que forman un poder habrá también eso. Pero de cualquier manera estas son visiones de orden teórico. El sistema penal es complejo, hay un conjunto de agencias: policial, judicial, penitenciaria, política, y en definitiva todo iluminado por las agencias de comunicación social, sin las cuales todo este aparato no tendría ninguna eficacia. Entre estas agencias está la agencia de reproducción ideológica, que es la académica. La que condiciona el discurso. Hay una renovación en esto, solo que esa renovación no es automática. Pero hoy se discuten en la universidad, en el ámbito del derecho penal y la criminología, temas que hace 30 años eran insospechables.
-¿Por ejemplo?
-Esto que hablamos: la contención del poder punitivo, la discusión del derecho penal del enemigo. La Comisión Internacional de Juristas acaba de convocarme a Ginebra, ha hecho un panel de ocho juristas de distintas regiones del mundo para estudiar el contraterrorismo y los derechos humanos en el mundo, una investigación de un año. Eso está significando que el poder jurídico en el mundo se mueve.

La revolución en el molde

-La otra visión es la que dice que el poder jurídico es otra forma de control.
-Sí, la versión marxista no institucional, la del 68, la versión Marcuse (Herbert Marcuse, filósofo alemán, autor de El hombre unidimensional y uno de los inspiradores de la revuelta estudiantil francesa de mayo de 1968) Pero esa visión ¿a qué conduce? A que tengo que esperar la revolución para tirar todo por la ventana, y también la ventana. Mientras no pase eso, me quedo en el molde, esperando que venga la revolución.
-Y ahí se soluciona todo, si es que llega.
-Claro, va bajar Cristo de nuevo y vamos a ser todos buenos. Era la dictadura de la idea, decía Marcuse. No. Ese tipo de conceptos se pasó de revoluciones en tal medida, que mientras no llegue la revolución no hago nada. Y mientras tanto matan gente, torturan, queman a los presos en las cárceles, les pegan y violan a las mujeres. Y yo no hago nada, total ya va a venir la revolución. Claro que cuando venga la revolución, primero me harán mierda a mí. Suele ser lo primero.
-Pero entonces para usted es válida esta apuesta a lo que podría hacer el poder judicial.
-Sí, es una dialéctica permanente. Es un “unfinished”, eso sí: algo no va a terminar nunca. Alguien leerá esto dentro de 50 años y dirá: miren el reaccionario este lo que dice, porque uno no sabe cuáles son los arrastres reaccionarios que uno tenga.
-Pero si lo progresista de hace unos años ahora ha retrocedido, uno nunca sabe cómo seguirá la cosa. Tendremos que reunirnos dentro de 50 años.
-Hay péndulos, dinámica social. En definitiva no hay que perder la capacidad de comprender. Uno nunca sabe cuándo se le endurecen las arterias y empieza a dejar de darse cuenta de las cosas.
Entrevista de www.lavaca.org
2005, Buenos Aires.

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Buenos Aires, 29 de enero de 2006.-

Es una prohibición de resonancias litúrgicas, una cacería de ribetes espirituales que aniquila el ánimo crítico y oblitera la intención analítica.
Treinta años después de la instalación formal de las Fuerzas Armadas en el poder, en la Argentina de hoy aquella era siniestra exhibe titulares y excluidos, puros y manchados, justos y culpables.
Véase, si no, los argumentos de la señora de Bonafini para justificar que la semana que termina haya concluido la saga de las llamadas “marchas de la resistencia”. Consultada por un periodista, la presidente vitalicia de la Asociación Madres de Plaza de Mayo, comunicó que el presidente Néstor Kirchner es “un amigo” de la casa. “La casa” es el local que tiene la entidad sobre la Plaza del Congreso, parte importante de la cual (calesita y puestos de venta incluidos) ya es operada por ellas como predio propio.
Hay que detenerse en el procedimiento mediante el cual Bonafini explica, justifica y condena. “Ya no hay un enemigo en la Casa Rosada” subraya. Todos los presidentes anteriores, agrega, eran unos “tipos” que estaban “contra” las Madres.
Es curioso cómo funciona la palabra “madres” en Bonafini. Ella la usa en un deliberado y devastador tono generalizador. Las “madres” son las Madres de Plaza de Mayo que dirige Bonafini. Punto. Aparte. Discusión concluida. Vale la pena preguntarles a las militantes de la Línea Fundadora qué opinan de ese uso tan devastadoramente segregador del término, porque, en fin, ellas también son “madres”, ¿no?
Pero casi nadie se mete con este tabú, con esta prohibición casi ontológica: es así porque es así y son así, porque son así.
Kirchner ha tenido una inteligencia luminosa en el manejo astuto del tema. No se registran encuentros, reuniones, charlas y homenajes a Bonafini por parte del gobernador de Santa Cruz durante su largo mandato de más de diez años. Hasta que todo empezó el 25 de mayo de 2003, cuando el Presidente ordenó que Bonafini y sus compañeras se convirtieran en huéspedes sin necesidad de pedido de audiencia en la rutina de la Casa Rosada.
Por eso, Bonafini dice: Alfonsín, Menem, De la Rúa y Duhalde eran nuestros “enemigos”. No así Kirchner, quien -según ella- tiene “buenas intenciones”. ¿Solo buenas intenciones? Bonafini no se andará con chiquitas: “este gobierno me parece una maravilla” define. Y ofrece sus razones: “Kirchner nos abrió las puertas de la Casa Rosada”.
Bonafini suele beneficiarse de otro dispositivo de indulgencia: hay una marcada inclinación en el progresismo a no tomarla al pie de la letra, a prescindir, calculo que conmiserativamente, de que ella se haga cargo de sus demasías y de sus arrebatos.
¿Cuántos se acuerdan hoy de su explícito regocijo por los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 contra los Estados Unidos y su justificación de que en las Torres Gemelas había centenares de millonarios, muchos de ellos judíos, y que Al Qaeda era una organización revolucionaria en combate contra los imperialistas?
Como ya dijo María Luisa Bemberg, “de eso no se habla”, como tampoco se recuerda el permanente reivindicación de Bonafini de todos y cada uno de los innumerables asesinatos perpetrados por ETA en España.
El quid del asunto, por ende, no es Bonafini y la supuesta imposibilidad de pedirle moderación puesto que ella sufrió mucho por la muerte de sus hijos en la militancia revolucionaria de los Setenta.
El meollo de estos avatares está lejos de Bonafini. Desde ella y cruzándola, emergen marcadores mediante los cuales se ilumina y pone en contexto el rasgo vociferante y temible de un justicierismo que palpita en la arbitrariedad y las desmesuras más recalcitrantes.
Calcinada a partir de 1956 por la revelación de los crímenes de la Unión Soviética, gran parte de la izquierda occidental repensó sus paradigmas de conducta y los supuestos de su razón de ser en el mundo. Muchos partidos comunistas, nacionales, populares e influyentes, directamente abandonaron el uso de la palabra comunista ya antes de la caída del Muro.
Los armarios fueron abiertos, los cadáveres quedaron expuestos y la realidad fue conocida.
Hay entre nosotros una rica bibliografía argentina que viene recomponiendo una historia completa de lo que en este país sucedió en la parte más arrebatada de los años de plomo, la que va de 1966 a 1978, o sea entre los dos golpes que abrieron y cerraron un ominoso período, que ciertamente arrancó antes y terminó después.
Sin embargo, en la cotidiana efectividad de los juegos de poder, hoy se impone el ostracismo de los que fastidian con preguntas que no se quiere responder. Ni siquiera se atreven a puntualizar el evidente y grueso bestialismo de una retórica ideológica revolucionaria que da vergüenza.
Bonafini, por ejemplo, sostiene que, como creó la Comisión Nacional por la Desaparición de Personas (Conadep), el ex presidente Raúl Alfonsín es “un traidor”, mientras que Kirchner no es (ahora, porque ella admitió pensar antes que sí lo era) un “enemigo”.
Alfonsín, claro, ordenó el juicio y la condena a Videla, que estuvo preso hasta que el peronismo llegó al poder en julio de 1989 y al año siguiente lo indultó. Pero, en cambio, Kirchner, nos recuerda Bonafini, “sacó las fotos de Videla” del Colegio Militar. Una maravilla, ¿verdad?
Éste es el problema: desde la voluntad retórica de progreso, quienes se asumen como cruzados de lo que suponen correcto, están disponibles para justificar y olvidar todas las máculas.
Por eso, cuando se alude a las administraciones de Ricardo Lagos y Tabaré Vázquez, como al próximo gobierno de Michelle Bachelet, lo que de ellas proviene es un perfume de embriagante razonabilidad y sólida prudencia, la inconfundible sensación que proyectan los demócratas verdaderos, que no necesitan reconvertirse en paladines de lo que nunca fueron.
Tengo la dominante convicción de que mientras la Argentina siga amamantando y nutriendo una cultura política tan arbitraria e inescrupulosa, la madrugada seguirá siendo remota posibilidad.

PEPE ELIASCHEV

Diario 'Perfil', Domingo 29 de enero de 2006.
http://www.pepeeliaschev.com.ar/

2.2.06

Palabras de Leandro Alem sobre J.M. de Rosas

1852 - 3 de Febrero - 2006
BATALLA DE CASEROS


"Estaba Rosas acechando desde algún tiempo y astuto y ambicioso, recoge la bandera caída de las manos inertes de aquel malogrado patriota (Dorrego) y a su sombra y a su título, conduciendo las legiones populares, derrota sin gran esfuerzo al General Lavalle, y aprovechando la situación especial del país se hace árbitro de la situación general.
Rosas, con sus instintos después conocidos y sus propósitos de una dominación absoluta y sin control, abatió enseguida todas las formas y todos los sistemas, porque no tuvo otra ley ni otra norma de conducta que su voluntad caprichosa. El despotismo no es un sistema de gobierno, porque es una degeneración de todos los sistemas. Hagamos pues un paréntesis en estos recuerdos históricos, como aquel fue un paréntesis en nuestra vida republicana. Rosas tenía que caer, y fue el General Urquiza, caudillo igualmente voluntarioso a quien cupo la suerte de derrocarlo".

DR. LEANDRO ALEM

(Ver Diario de Sesiones Cámara de Diputados, año 1880, 12 de noviembre, debate de la federalización de Buenos Aires)

el formalismo rosista (fragmento de la obra de Eduardo Saguier)

"El federalismo dictatorial, de la contraola rosista se caracterizó por una centralización del poder con cabecera en Buenos Aires y por un alto grado de mitificación de las estructuras formales republicanas. El jurista e historiador Dalmacio Vélez Sársfield, llegó a manifestar que
"...durante la sangrienta tiranía de Rosas, existían en la República las formas de los tres poderes: Ejecutivo, Legislativo y Judicial, ¿y quién se atreverá, señor Presidente, a decir que aquello era una República?".
El Diputado Nacional por Tucumán Delfín Gallo, recordaba que
"...cuando la tiranía de Rosas bañaba en sangre a los pueblos argentinos, la República Argentina se llamaba también República; las formas republicanas se llenaban; el Poder Ejecutivo se transmitía en períodos determinados, a pesar de que siempre era la persona de Rosas la nombrada, los cabildos hacían sonar sus campanas a fin de convocar al pueblo para que nombrara sus legisladores; existían también jueces".
Y el Senador sanjuanino Rafael Igarzábal, refiriéndose a las provincias que constituyeron la Confederación Argentina, sostenía que luego de la batalla de Caseros (1852), al dictarse la Constitución, "...salíamos de las verdaderas catorce monarquías electivas que tuvimos en la época de la tiranía" ."

EDUARDO SAGUIER.
www.er-saguier.org

19.1.06

Dora Martina

Acaso resulte sobreabundante para quienes la conocieron y quisieron. Pero es difìcil sustraerse a la necesidad de escribir unas lìneas en recuerdo de esa querida amiga y militante, dirigente ejemplar del radicalismo porteño y que acabamos de perder tràgicamente. Me refiero, como es obvio a Dorita Martina.
Siempre admiramos en ella esa actitud visceral, ese compromiso femenino (no feminista), esa digna altivez, esa convicciòn profunda de los que recibieron buenas enseñanzas y por ende las prodigan dìa a dìa. No tenìa miedo de llamarse radical cuando muchos hicieron apostasìa explìcita del partido y la doctrina que los honrò o exaltò a diversas posiciones que les reportaron beneficios. Tampoco rehuyò nunca que le dijeran "antiperonista" o "gorila". Lo asumìa porque su certeza democràtica y republicana era tan fuerte que no podìa permitir que se tergiversara asì nomàs la historia y que los victimarios fuesen de pronto vìctimas. Y ella habìa vivido y sufrido al peronismo en su màs puro estado, ese que ahora vuelve asomar redivivo bajo nuevos ropajes que procuran encandilar entre tanta ignorancia. Fue concejal y legisladora por este centenario partido, al que honrò y siempre estuvo consustanciada con la causa de los desposeìdos, como soñara el fundador Leandro, y por eso su compromiso con los jubilados y la tercera edad. Y por eso sus homenajes a Hipòlito Yrigoyen en el recinto y la reposiciòn de la placa en el olvidado paraje del bajo autopista de Brasil al mil, adonde habìa habitado austeramente el Peludo. Cuando tanto pretendido radical desconoce u omite siquiera una referencia al legendario caudillo. Se nos fue inesperadamente Dorita cuando aùn tenìa mucho para darle a la Repùblica y al partido al que dedicò sus años jòvenes y maduros. Por el cariño que le guardamos quienes nos consideramos sus amigos no podemos olvidarla y debemos honrar su memoria concretando la reconstrucciòn de la U.C.R. que ella soñó para la restauraciòn de la autèntica repùblica democràtica.

Dr. Diego A. Barovero

16.1.06

42 años de la Ley Oñativia

Hace hoy 42 años ingresaba al parlamento un proyecto de Ley de Medicamentos - luego Ley Nº 16462 -, inspirada por el ministerio de Salud Pública encabezado por doctor Arturo Oñativia durante la Presidencia de Don Arturo Illia.
La ley por él impulsada promovia la toma de conciencia del medicamento no como una mera mercancia ; el precio -regulado por el Estado y aun congelado- debería garantizar su acceso a la población, aún contra las presiones de las multinacionales.
Los intereses heridos de aquellas empresas multinacionales fueron de rol protagónico en el proceso de derrocamiento del gobierno democratico de Illia.
La ley Oñativia es un claro ejemplo de la consecuencia y coherencia de los gobiernos radicales en el respeto al derecho de acceso a la salud por parte de todos los habitantes.

Dr. Gustavo Aramburu

40° Aniversario de la "Ley Oñativia". Facultad de Medicina. UBA

Comenta: Inés Méndez. Estudiante de Medicina, UBA.

Hace escasas dos semanas tuvo lugar en la Facultad de Medicina, UBA una reunión conmemorativa al 40ª aniversario de la ley Oñativia (1): poca gente, quizás poca gente enterada del contenido de la ley Oñativia, quizás poca gente enterada de la existencia de la ley Oñativia. De aquellos conocedores de la ley, asistieron los que la defienden; los que insisten en que debe ser cumplida simplemente por su carácter de ley, sino por la coherencia de sus artículos. Supo haber, por qué negarlo, detractores. Pero sólo asistieron; no permanecieron (2). Conoce Ud. esta ley? No? Y la ley de medicamentos, la que otrora hiciera caer al gobierno de Illia "por incompetencia en sus funciones"?. Sí, señor lector, es la misma.
A modo de sencillo prólogo podría recordar Ud que el Dr. Oñativia fue Ministro de Salud durante el gobierno del Dr. Illia, y la ley por él impulsada promueve la toma de conciencia del medicamento como bien no intercambiable; el precio -regulado por el Estado- debería garantizar su acceso a la población, aún contra las presiones de las multinacionales; se prohíbe por tanto su publicidad; establece pautas muy claras para su distribución y comercialización así como las penas correspondientes a su incumplimiento. Los intereses heridos de aquellas empresas multinacionales fueron de rol protagónico en el proceso de derrocamiento del gobierno de Illia, y con ello la burla liberal de la ley Oñativia.
Teniendo en cuenta el contenido de la esta ley y homenajeándola, los expositores -profesionales médicos y farmacéuticos, docentes universitarios y funcionarios políticos algunos de ellos-(7) se extendieron en sus aspectos fundamentales: Aquellos sobre los que, esto que llamamos Estado hace la vista gorda; patentes farmacéuticas, publicidad de medicamentos y desarrollo del precio de éstos. Al concebir al medicamento como bien de mercado, es imposible no pensar en el derecho a la propiedad intelectual-patente farmacéutica, aquella que protege al descubridor-inventor-creador de algo; pero ese algo en este caso es en realidad aquel bien social que defendía el Dr. Oñativia, y al definirlo como social, esta propiedad intelectual indefectiblemente se opone al derecho a la salud: si la emergencia supera a la demanda de medicamentos, esa patente farmacéutica ya no tiene razón de ser. Existen acuerdos internacionales que avalan esta postura, pero si la mano del gobierno no los gatilla por sumisión o cooperación con las naciones opresoras... Si extrapolamos el párrafo anterior a la realidad de la publicidad aberrantemente explícita de los medicamentos, encontramos una vez más que pisoteando los postulados de la ley en cuestión, los intereses inescrupulosos de gigantescos laboratorios ubican su producto como bien de mercado, como la promoción de un CD por una discográfica. No se acostumbró Ud. ya a ver interrumpida una escena televisiva por el acoso de un antiácido o un antiinflamatorio que milagrosamente cura todos los dolores y no tiene un solo efecto indeseado? Esto es lo peligroso: Ud. ya se acostumbró. Contrarrestar este efecto ha sido el objetivo de algunos de estos profesionales; mostrar el efecto más indeseado de cualquier medicamento, su publicidad con las previsibles consecuencias de automedicación (cobertura legal: "Ante cualquier duda consulte a su médico"). El precio también ha sido tema de debate: Para quien acepta de buen grado el precio de un medicamento, descubrir que éste es absolutamente arbitrario es apenas indignante, y para aquel que no lo acepta porque no puede pagarlo, tomar conciencia de esto siembra una actitud rebelde, quizás hasta violenta. Se lo puede juzgar? (Actualmente la gran mayoría de la población argentina; actualmente los chicos argentinos -cuanto más alejados de la Capital vivan- siguen infectándose/infestándose y muriendo, por no tener acceso a condiciones sanitarias dignas. Por inanición. No pueden comer; podrán pagar un antibiótico? Y si en la caja del Remediar se olvidaron de incluirlo?) "El que elige no paga, y el que paga no elige" (3)Concluyendo: En esta reunión se defendió con vehemencia la posición del medicamento como bien social, por tanto la regulación de su precio por un Estado lúcido (hasta que no tengamos este Estado, y no el modelo neoliberal de empresas privadas que nos gobiernan...), y desprendiéndose en forma lógica, implementar la prohibición de su publicidad por inescrupulosos laboratorios que para imponer su producto en el mercado pueden llegar a falsear los resultados de sus investigaciones (4). Se podría tomar como alegato virtual a esta condena a la libertad de circulación y fijación de precios de medicamentos, la información que la FDA (5) divulgó y se aceptó gracias a la globalización: "Interacciones de medicamentos y las medicinas sin receta médica: Lo que Ud.debe saber"(6). De todas formas, sobrevolar esta imposición de acatamiento a condiciones tan opresoras como cumplir con los plazos de una patente farmacéutica, aún ante la emergencia sanitaria, toma quien escribe -como impresión personal- ha sido el ideal que convocó a esta reunión.

Buenos Aires, octubre de 2004.

8.1.06

Nueva Página sobre el Radicalismo

Sobre Felipe Pigna

Falsos mitos y viejos héroes.
Acerca del programa de Felipe Pigna y Mario Pergolini (Canal 13, 2005)


Por Mirta Zaida Lobato e Hilda Sabato.

“Vivimos rodeados de mentiras”: Tal la frase pronunciada por Mario Pergolini a poco de iniciarse el primero de los cuatro capítulos del programa especial que, bajo el título general de “Algo habrán hecho por la historia argentina”, fue emitido recientemente por Canal 13. Junto a él, Felipe Pigna asumió el papel de quien habría de revelar las verdades que, según se desprende del diálogo, nos han sido hasta ahora ocultadas o escatimadas a los argentinos. A lo largo de cuatro emisiones semanales de una hora cada una Pergolini y Pigna dialogaron sobre el pasado, iniciando su recorrido con las invasiones inglesas de 1806 y 1807 para terminar (aunque prometen una nueva serie) a mediados del siglo XIX, con la caída de Rosas en Caseros y la casi simultánea muerte de San Martín en Francia.
El programa constituye una novedad para la televisión abierta local, pues aunque la práctica de contar la historia utilizando medios audiovisuales no es nueva, hasta ahora no habíamos tenido una producción de esta envergadura que es, en cambio, bastante frecuente en otros países. Por ello y por la repercusión mediática que ha tenido (tanto en términos de publicidad como de rating) ofrece una oportunidad para discutir no solo sobre nuestro pasado sino sobre cómo se narra aquí la historia.
¿Qué historia nos cuenta este programa y cómo la cuenta? De la mano del maestro –Pigna- y el alumno –Pergolini- “Algo habrán hecho…” hace un recorrido cronológico del período y construye un relato estructurado en torno de algunos ejes organizadores:
- La historia tal como se ha contado hasta ahora es una tergiversación de la verdad, que este programa se propone develar.
- Nada ha cambiado en nuestra historia por lo que nuestro presente puede leerse directamente a partir del pasado y viceversa. “La Argentina es siempre la Argentina” dice, hacia el final, el alumno después de aprender lo que le ha enseñado su maestro. Por lo tanto, todo lo ocurrido se interpreta en clave del presente.
- Esa historia es la de la lucha entre los buenos y los malos. Los protagonistas son los grandes nombres: los buenos son los héroes o patriotas, que son virtuosos sin matices ni atenuantes a lo largo de todas sus vidas (con San Martín a la cabeza) y los malos son “los de siempre” y se distinguen por ser enteramente corruptos y traidores. El pasado se reduce a una sucesión de hechos (no muy diferentes de las efemérides escolares) que se identifican con las acciones de esos hombres importantes, quienes van definiendo el destino argentino. Hoy como ayer, el mal siempre termina triunfando sobre el bien, pero los buenos insisten y la historia vuelve a empezar.
- También hay un “pueblo”, que aparece mencionado aquí y allá, siempre de manera genérica (el pueblo es uno y homogéneo) y del lado de los buenos.
- La Argentina existe desde siempre: Se habla de la nación, del estado nacional y de los argentinos como entidades eternas.

Con estos ejes no muy novedosos, el programa propone un formato innovador. Maestro y alumno van hacia el pasado, y mientras dialogan entre sí, hablan también con los personajes y se identifican con sus temores y ansiedades. Las escenas combinan cuadros del presente (FP y MP en Londres, Paris, Rosario, la campaña de Buenos Aires, etc.) con otras que representan ficcionalmente algunos de los hechos narrados (batallas, asambleas, fusilamientos, asonadas, etc.), siempre con los grandes personajes en primer plano y con la ocasional intrusión de FP y MP como observadores participantes. Se hace un importante despliegue de mapas, croquis y dibujos; en cambio, es muy escaso el uso de material documental a pesar de su existencia y disponibilidad.
Esta propuesta tiene otras limitaciones importantes. En primer lugar, el guión prescinde de algunos de los elementos claves de un relato cinematográfico, tales como la consistencia y el crescendo narrativo. Aquí, las cartas están echadas desde el primer cuadro, de manera que todo el resto es una mera confirmación de lo que ya sabemos de antemano. Los interrogantes son solo retóricos, pues la respuesta ya se conoce. Por caso: Frente a las sucesivas campañas militares encabezadas por Manuel Belgrano, MP es categórico: “A esta altura ya no tenemos dudas: En Buenos Aires a Belgrano lo odiaban” -sin preguntarse quién, porqué, ni cómo un hombre como él encaraba y aceptaba sin más esos destinos- a lo que FP responde: “No te quepa duda”. Dudas, es precisamente, lo que no hay en este relato; esa ausencia achata el diálogo y simplifica la historia.
El acartonamiento de la conversación en que el maestro recita largos párrafos explicativos a un alumno que repite, acota, y “aprende” las lecciones de la historia se acompaña con su opuesto: los guiños constantes, cómplices y prejuiciosos entre los dos amigos, que a su vez extienden a los televidentes. Baste ilustrar esta actitud- que es permanente- con un ejemplo: cuando aparece la caricaturesca figura de un militar brasileño amenazando con la guerra (allá por 1826), MP espeta “¿Qué dice el brasuca?”.
Las puestas en escena de eventos específicos abundan en detalles inverosímiles, como los cuadros de batalla con soldados impecablemente vestidos (y apenas unas manchas en los pantalones), el parlamento de Castelli ante el fusilamiento de Liniers, el capitán del barco envenenando a Moreno (aquí presentado como verdad indiscutible, cuyas pruebas –claro- no existen), o la grotesca dramatización del cabildo abierto del 22 de mayo.
Finalmente, el material de archivo, el despliegue gráfico y las escenas ficcionalizadas no cumplen otro papel que ilustrar las palabras. Son como estampitas destinadas a meter por los ojos lo que ya se está diciendo en el diálogo, pero carecen de toda autonomía.
Si estos son los problemas de un formato que prometía otra cosa, los que presenta a la interpretación histórica son aún más serios:

1. El programa reitera y refuerza las visiones más patrioteras de la historia argentina. Retoma las figuras de los héroes más rancios del panteón nacional y las versiones más esencialistas de la nacionalidad argentina. Como en las tradicionales historietas de Billiken, se comienza con las invasiones inglesas, que aquí sirven para denostar a los ingleses (que de allí en más serán villanos de la película), para mostrar desde la primera escena al primero de los corruptos (Sobremonte, en una escena desopilante por lo inverosímil) y para hablar ya de los buenos por venir, sobre todo Belgrano. Esta figura aparece en el primer plano de la historia de la revolución, cuyo tratamiento es, de nuevo, una réplica de los relatos escolares, con los “patriotas” a la cabeza. Todas las incertidumbres y las turbulencias de la época revolucionaria quedan subsumidas en un cuentito ejemplar.
En un segundo momento, cuando “la Argentina parecía un sueño a punto de morir… un hombre avanzaba en silencio…” para enfrentar “al imperio, a la traición y a su propio destino de héroe”: San Martín. El tratamiento de su figura recorre varios programas, pero desde la primera escena resulta indiscutible: estamos frente al virtuoso total. No hay, sin embargo, explicación o interrogante alguno acerca del porqué de su virtud y sus benéficas acciones (los héroes no se explican: SON). Solo sabemos que él luchaba y luchaba, mientras sus enemigos acérrimos buscaban su destrucción. En este punto, un nuevo villano ocupa la escena: “Buenos Aires”, antes cuna de la revolución pero de pronto nido de todos los males y los malos.
La contrafigura más importante de San Martín es Bernardino Rivadavia. Sus iniciativas de cambio son ridiculizadas como “cabalgata modernizadora que no se detiene ante nada” y mientras en pantalla se enumeran sin comentarios sus obras (como la creación de la UBA, el Museo Histórico Nacional, la Caja de Ahorro, entre muchas otras) por otro lado se lo sindica como corrupto y coimero, pero –de nuevo- no hay intentos por explicar ni al personaje ni a su época.
Lo que sigue es más de lo mismo: Lavalle es malo/tonto, Dorrego es buenísimo, Rosas es astuto y cruel, pero está con la soberanía nacional, y hasta se vuelve sobre la ya remanida (y demolida) imagen de “la anarquía” de los años 20. En suma, una historia maniquea, sin matices, sin interrogantes y que poco innova sobre esa historia “oficial” que pretende cuestionar.

2. El programa remite a una forma muy tradicional de escribir la historia. “Algo habrán hecho…” se acerca al pasado ignorando toda la historiografía de los últimos cincuenta años (por lo menos). En primer lugar, no hay ningún intento por analizar procesos ni estructuras. Los hechos se suceden por obra y gracia de los héroes y antihéroes.
En segundo lugar, no se atiende a ninguna de las dimensiones del pasado que hoy constituyen la materia principal de los historiadores en todo el mundo: lo social, la economía, la vida política, el mundo de las representaciones y la cultura. Si de vez en cuando se introduce alguna mención que supone una referencia a un actor social o político (“la oligarquía”, “el pueblo”, “los caudillos”, “los estancieros” etc.), no se hace ningún esfuerzo por ubicarlos en el tiempo, describir sus características o analizar sus transformaciones. Y no es que la historiografía argentina carezca de estudios sobre esos temas: los hay y con diferentes orientaciones, que podían haber servido para introducir una visión menos limitada y estereotipada de nuestro pasado.
En tercer lugar, en esta visión la historia es cosa de hombres. No solo las mujeres no aparecen como protagonistas, sino que las referencias a ellas son a la vez prejuiciosas (“¡Qué bagarto!” dice MP frente a la imagen de una mujer que no conoce; “No, pará - lo instruye FP- que esa es Encarnación Ezcurra, la mujer de Rosas”) y equivocadas. Así, por ejemplo, de las tertulias se dice que servían “básicamente para que las familias engancharan a sus hijas con algún doctor o militar soltero”, mientras que los varones participaban -como verdaderos hombres- de otras tertulias, las revolucionarias. De este modo, se ignora todo lo que se ha escrito sobre esas formas de sociabilidad donde la mujer cumplía diversos e importantes roles.

3. Para acomodar la realidad a su versión del pasado, el programa incluye omisiones, errores, anacronismos y tergiversaciones sobre hechos que son conocidos y están largamente analizados por la bibliografía existente. Apenas algunos ejemplos: el rol revolucionario de Saavedra y de las milicias que él comandaba queda totalmente desdibujado, pues entraría en contradicción con su imagen de antihéroe (frente a Moreno); se tergiversa el lugar de Gran Bretaña en las guerras de independencia, pues solo se habla de presiones que habría ejercido ese país contra la “voluntad independentista” y no de todas las conocidas actuaciones en sentido inverso; se reducen los conflictos entre unitarios y federales a la disputa por las rentas de aduana; se distorsiona la historia del sufragio, pues al presentar ese tema para la coyuntura de 1820/21 y el ministerio de Rivadavia –“el malo”- se omite toda referencia concreta a la innovadora ley de 1821 que estableció el voto activo para todos los varones adultos libres, pero en cambio se pasan dos imágenes: la primera refiere a un discurso sobre el tema pronunciado por Dorrego –“el bueno”- cinco años más tarde y la segunda, teatraliza una escena de comicios inverosímil considerando los estudios actuales sobre elecciones.

4. El programa aplana el pasado, lo simplifica y lo equipara al presente, sin preguntarse por las diferencias y por los cambios que atravesó la sociedad argentina a lo largo de dos siglos. Para subrayar las continuidades y mostrar que todo es lo mismo, utiliza un recurso de manera reiterada: en el relato del siglo XIX inserta imágenes del pasado reciente para forzar así la identificación entre aquella historia y los traumáticos sucesos que vivimos en los últimos treinta años: Cuando el cadáver de Moreno es arrojado al agua (como se hizo durante siglos con todos los muertos en alta mar), MP y FP reflexionan en la costanera del Río de la Plata y una voz en off acota: “era el comienzo de una oscura tradición argentina” (a nadie escapa que están refiriéndose a la práctica criminal de la última dictadura militar, de arrojar a ese río los cuerpos de detenidos-desaparecidos). Cuando se menciona el 24 de marzo como fecha de inicio del Congreso de Tucumán, ocurre el siguiente intercambio: MP:”Un 24 de marzo!” FP: “pero por aquel entonces esa fecha no tenía la connotación tan nefasta que tiene hoy en día”. Esta modalidad se exacerba en la referencia a la ley de amnistía de Rivadavia (“ley del olvido”) pues, con ignorancia absoluta de cómo funcionaba entonces la vida política y las instituciones, se la equipara a las leyes de Punto Final y Obediencia Debida de 1987 y al indulto a los militares de la última dictadura y se incluye, de manera totalmente anacrónica, una larga escena con imágenes de las protestas frente a esas medidas encabezadas por los organismos de derechos humanos. Algo equivalente ocurre con el levantamiento de Lavalle (un levantamiento entre muchos otros) al que se sindica como “el primer golpe de estado de la historia argentina” para colocarlo en serie con los golpes militares del siglo XX.
Estas operaciones no son inocuas. No solamente obstaculizan cualquier intento de pensar el pasado en sus propios términos sino que mitigan los problemas del presente. En efecto, si todo siempre fue igual, si la Argentina desde sus orígenes más remotos tuvo golpes de estado, desaparecidos, militares asesinos e indultos, entonces los crímenes recientes solo son un eslabón más de una larga cadena y sus responsables pueden lavar sus culpas en el altar de una historia siempre igual a sí misma.

En suma, más que derribar mitos y develar verdades, como pretende el programa en sintonía con la apuesta más general de divulgación histórica liderada por Felipe Pigna, “Algo habrán hecho…” funciona sobre todo retomando y consolidando viejos y conocidos mitos de la historia argentina. Y si aquel “vivimos rodeados de mentiras” se presenta como una promesa inicial de crítica profunda, al uniformar el punto de partida y de observación, termina por ofrecer un producto reaccionario, que impide la interrogación, deslegitima el debate y desalienta la reflexión, tanto sobre el pasado como sobre nuestro más cercano pero igualmente complejo presente.

8.12.05

"Para los radicales el pueblo no es algo que se mire, se valore y se proteja como exterioridad; el pueblo somos nosotros mismos, esa totalidad que sufre y sueña, que protagoniza su quehacer y su destino en cuya entraña sentimos, pensamos y vivimos, sin retacear problemas colectivos. Nunca aprendimos a trepar para contemplarlo desde arriba y dejarle caer frases tutelares, sentimientos de amparo y protección. El pueblo es para nosotros, sujeto de la contingencia creadora en cuyo nudo dramático estamos todos apretados, y no objeto de una terapéutica concebida desde observatorios, formulada desde gabinetes, engendrada, en suma, fuera de su matriz histórica. Lo que no haga el pueblo no se hará por él; lo que el pueblo no diga no se dirá por su cuenta..." (Ricardo Balbín, declaración en Radio El Mundo, 15 de febrero de 1957)

http://historia.radicales.org.ar

Anales del Instituto Nacional Yrigoyeneano


Con motivo de la presentación del primer ejemplar de los
ANALES DEL INSTITUTO NACIONAL YRIGOYENEANO,
los compiladores Dr. Diego Barovero y Dr. Fernando Blanco Muiño
y el Consejo Directivo del Instituto Nacional Yrigoyeneano
invitan a usted al acto que se realizará en Junín 262 PB 2, Ciudad de Buenos Aires,
el jueves 15 de diciembre a las 19 horas.
Para finalizar habrá un brindis por las próximas fiestas de fin de año.

24.11.05

Stolbizer: vamos a devolver el sentido humano a la política


AZUL, Pcia. de Buenos Aires, 12 de Noviembre de 2005
"Vamos a volver a nutrir a nuestra fuerza política de ideología. No hay que asustarse de las definiciones ideológicas. Porque de esos retrocesos no se vuelve y otros avanzan sobre ellos.
Si planteamos con timidez nuestras convicciones ideológicas, si no denunciamos al sistema dominante, si dejamos de luchar contra la explotación de los más débiles, si abandonamos la lucha por la transparencia y la seguridad estigmatizando irracionalmente estos conceptos, estaremos perdiendo la peor batalla: la de las ideas.
Vamos a volver a identificar la lucha contra la pobreza y la desigualdad como el principal desafío de nuestra acción política. No hay gobernabilidad democrática si no se resuelve el problema de la pobreza, si los pobres siguen siendo rehenes de los mismos que los han empobrecido.
Pero también sabemos que para ser eficaces en esa lucha debe haber partidos políticos fuertes, dinámicos, con líderes comprometidos, honestos, confiables.
Por eso es imprescindible pensar en la modernización y renovación del partido y de los mecanismos del sistema político institucional. Pero con el cuidado de no caer en el discurso remanido de la renovación sin ideas ni valores, el mismo que sostienen los pragmáticos cuando buscan las mejores oportunidades de salvación personal. El pragmatismo es la conveniencia personal por sobre las ideas del conjunto y también es la renuncia a la voluntad transformadora de la política.
Dice nuestro amigo Héctor Olivera en uno de sus últimos editoriales: “La política debe ir un paso adelante o igual que la sociedad si quiere figurar en un marcador honorable”. Ahí es donde debemos estar, porque la política no puede estar desvinculada de los problemas de la vida cotidiana de aquellos a quienes queremos representar.
Debemos preguntarnos por qué las organizaciones sociales están enfrentadas con los partidos políticos, por qué la sociedad descree de los mismos a los que elige, por qué la derecha capta más jóvenes y nosotros cada vez tenemos menos en nuestras filas. En nuestro caso, en el Radicalismo, porque los hemos usado para hacer seguidismo de proyectos personales. A los jóvenes no se los convoca para seguir a los dirigentes. Se los forma para que nos sustituyan.
Hemos fomentado la prebenda y el aburguesamiento de la militancia. La militancia no es un trabajo, ni el partido una bolsa de empleo.
Vamos a recuperar y a renovar el Partido, vamos a devolver el sentido humano a la política, su vínculo con la vida cotidiana y la mística emotiva de la militancia activa."
Margarita Stolbizer

21.11.05

Anselmo Marini


INSTITUTO NACIONAL YRIGOYENEANO
Ley N° 26.040
Fundado el 1° de junio de 1948


ANSELMO ANTONIO MARINI

1907 - 18 DE NOVIEMBRE - 2005

98° ANIVERSARIO DE SU NATALICIO


Con motivo de un nuevo aniversario del natalicio del Dr. Anselmo Antonio Marini, hombre de leyes, político de raza y estadista notable que fuera Miembro de Honor de este Instituto, compartimos con ustedes el discurso que en su homenaje pronunciara en la H. Cámara de Diputados de la Nación el Sr. Diputado Nacional por la U.C.R. Dr. Alfredo Allende.


Quizás haya tres grandes estilos de políticas superiores en cuanto a la proyección que tienen frente al público en general, dejando de lado aquella de los timbales, la de los clarines de la poesía inolvidable de Rubén, la épica cantada con devoción por las generaciones a través del tiempo. Hay una especie de trayectoria superior en lo político cuando se da el contacto directo entre el líder carismático y la masa, contacto permanente y que dura más allá de los límites de la vida. Son casos excepcionales. En el siglo que se ha ido hubo en la Argentina dos casos clamorosos. La vida actual tiene la característica de estar vehiculizada fundamentalmente por lo mediático como instrumento de coronación. Es una espada de doble filo, como si un lado estuviera dirigido hacia el mal y otro hacia el bien. La gloria consistirá en la convergencia de la realidad con la instancia publicitaria. El monumento lo ganará quien hace de su presencia en las pantallas y en la prensa en general un jalón favorable a los intereses nacionales y concreta en realizaciones su imagen, no la subvierte. Pero también hay otro tipo de política: la que carece de tambores y cánticos de oportunidad, la más recoleta -que suele ser la más profunda-, la menos conocida, la que subyace detrás de los oropeles pero tiene la consistencia rocosa de la virtud permanente. Anselmo Marini se mantuvo alineado en esta especie de gloria a la que no quiso siquiera asomarse pero que la historia verdadera, la de las tendencias profundas, la que busca las vetas que enriquecen la moral de los pueblos ya lo tiene agendado para el recuerdo posterior perdurable. Es la gloria que pertenece al ámbito de la docencia y de la decencia; es la gloria de aquellos viejos luchadores que nos enseñaron a los radicales y a todos en general a no someterse a la meliflua cotidianeidad de los halagos sensuales, al facilismo de la propaganda puesta al servicio -disculpen si lo digo con una antigualla- de patéticas miserabilidades. La canalla que hoy en día arremete contra la política, los vendedores de ilusiones de fondo y hasta de forma, esos reaccionarios que instigan a suplantar la actividad creadora de la ideología y la militancia por el pragmatismo gerencial que hace a sus intereses y a sus negocios no han reparado -no quieren hacerlo- en los "Marini", en la silenciosa marcha hacia la justicia social y el republicanismo auténtico que él dignificó, como muchos otros, pero tal vez nunca mejor porque hubiera sido poco menos que imposible. No voy a entrar en la parte histórica de su vida política. Sólo recordaré que fue presidente del bloque de la Unión Cívica Radical del Pueblo, y aquellos radicales que pertenecíamos a la tradición desarrollista, lo mirábamos un poco de soslayo. Por entonces sostuvo memorables debates con Gómez Machado -el formidable, y astuto Gómez Machado, tan convencido de sus verdades profundas-, a pesar de lo cual siempre hubo entre ellos un entendimiento cultural de alto vuelo que permitió la convivencia, esa convivencia a la que hemos hecho referencia y de la que fue maestro nuestro Chacho Jaroslavsky. Anselmo Marini debe ser un ejemplo permanente para todos. Poco tiempo atrás dijo que ya había vivido demasiado quizá porque por su edad ya no podía volcar toda la fuerza física e intelectual en provecho de sus conciudadanos. Sin embargo nosotros creemos que vivió la vida gloriosa de los apóstoles, de los seguidores sacrificados de Yrigoyen, aquel que exaltó al pueblo a los primeros planos por medio de la revolución democrática que inspiró y llevó a cabo, como otros grandes posteriores a él lo reconocieron públicamente, y sin ningún tipo de circunloquios me estoy refiriendo a Juan Domingo Perón. El monumento pétreo que espera a Marini y el espiritual que ya tiene, que nos sirvan de guía. Miguel Angel decía que la tarea del escultor era relativamente fácil: consistía en quitar de la piedra aquello que sobraba, quedando así la imagen verdadera, la que él idealizaba. ¿Cómo haríamos entonces con este criterio la imagen de Anselmo Marini? Eliminaríamos la parte que corresponde a la corrupción, el desprecio al pueblo, la vanidad personal y la soberbia, pero también a estos mercachifles de la posmodernidad y la antipolítica, y surgirían las líneas luminosas de ese hombre que fue grande sin querer llegar a serlo.


http://members.fortunecity.es/matiasbailone/marini.htm

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15.8.05

Moisés Lebensohn

MOISÉS LEBENSOHN
Un espíritu inquieto
Por Osvaldo Alvarez Guerrero


Moisés Lebensohn (1907-1953) es un caso paradigmático de lo que llamaría la cuota de "ignorancias parciales y recuerdos restringidos" en la historia política argentina. Los pertenecientes a esa esfera de confusas exclusiones en las diversas corrientes de la historiografía nacional se invisten con el rótulo de figuras secundarias. Esa clasificación de personajes del pasado en jerarquías de importancia y trascendencia pública no ofrece objetividad. La Historia no es una ciencia exacta. Por lo tanto, es frecuentemente arbitraria. Los historiadores suelen responder, y es casi inevitable que así sea, a preconceptos ideológicos, políticos, religiosos y hasta provenientes de simpatías personales.
Desde el punto de vista exitista de la vida política como carrera por la ocupación de cargos estatales, (escala valorativa hoy de moda ) se comprende el olvido o la ignorancia de la trayectoria de Lebensohn. El único cargo público nacional que tuvo fue el de convencional constituyente en 1949. Designado presidente del bloque radical, desde allí se opuso a la reelección presidencial. Denunció las cláusulas de corte totalitario, como el estado de guerra interno, que le permitía al presidente decretar la intervención de las fuerzas armadas en reemplazo de los poderes Judicial y Legislativo. En un discurso de sólido contenido jurídico y político, señaló cada uno de los componentes autoritarios del gobierno del general Perón y de la drástica eliminación de las libertades de prensa y expresión de las ideas, que caracterizó a su régimen. Al retirarse con su bloque de la Convención Constituyente reunida en tan irregulares condiciones, y en respuesta a los gritos de la mayoría "¡Que se vayan!" exclamó: "Volveremos, para dictar la Constitución de los argentinos". Poco más tarde, Lebensohn sufrió la cárcel por razones políticas durante más de un año y allí se quebrantó su salud física definitivamente.
Pero lo importante de Lebensohn no está en los cargos que ocupó, sino en su intensa vida política desde el llano y en la coherencia y lucidez de su pensamiento democrático. Por lo pronto, Lebensohn fue mucho más que un lúcido crítico del conservadurismo fraudulento de los treinta y del autoritarismo populista de los cuarenta. Periodista (fundador y director del diario "Democracia" de Junín, un ejemplo de periodismo moderno, inteligente y profundo); estudioso de la filosofía política y la economía, fue seguramente el teórico más interesante e inteligente de la Unión Cívica Radical. Queda de su pensamiento un puñado de discursos y de artículos periodísticos de lógica impecable y de vigorosa elocuencia. Hace décadas que no se reeditan, ni siquiera se difunden por el partido al que perteneció. La claridad expositiva de esas pocas piezas lebensohnianas no excluye un ideario denso y complejo que se filtra tras una escritura lineal con sentido pedagógico y esclarecedor. Pero además de intelectual comprometido, Lebensohn fue hombre de partido, un dirigente activo de la renovación de las estructuras partidarias del radicalismo, un formador de cuadros militantes juveniles, incansable misionero, tribuno de palabra racional y emocionada retórica, una síntesis difícil y pocas veces alcanzada por el discurso político.
Muchas de las ideas de Lebensohn eran el producto de las concepciones políticas y económicas de su tiempo y de su generación: el Estado de bienestar y la democracia social, en buena parte plasmados en el tantas veces invocado y poco conocido Programa de Avellaneda del Movimiento de Intransigencia y Renovación de 1945. El yrigoyenismo de Lebensohn era dinámico: no estaba anclado en el elogio acrítico de los gobiernos del gran caudillo. Por el contrario, lo consideraba la semilla de un proyecto inconcluso y muchas veces deformado por sus seguidores, por sus adversarios y por las propias limitaciones del fundador del radicalismo. La de Yrigoyen había sido una revolución democrática frustrada, aun latente en sus principios fundamentales.
Para Lebensohn ese proyecto seguía inconcluso, no solamente interrumpido. La idea lebensohniana tiene una dialéctica abierta que no culmina en el círculo acabado de la geometría utópica. Lebensohn era un espíritu inquieto y, a medio siglo de su desaparición, aún se despliega, potente, en las dos grandes líneas de su ideario: la democracia social y la condición intangible de la persona humana.
El materialismo marxista, al que conocía en profundidad, nunca hizo carne en él. Su concepto de las igualdades sociales y económicas lo condujeron a una concepción flexible de incomplitud en los procesos sociales. No creía en la lucha de clases como motor de la historia, sino en la posibilidad movilizadora de las necesidades insatisfechas materiales y espirituales, que alientan la inquietud de la condición humana en todas las capas de la sociedad. Era socialista en cuanto al valor de la igualdad y la justicia, pero su idea del desarrollo humano absorbe la chatura opaca de una sociedad definitiva. Afirmaba que "no pueden invertirse los fines del Estado, cuyo intervencionismo sólo puede referirse a la administración de las cosas y a los derechos patrimoniales, y no a los derechos del espíritu, morada de la libertad humana". Por eso la libertad, como realización indelegable del individuo, como desenvolvimiento de todas las potencias de la persona, signaba todo su pensamiento.
Hay una introspección poética de la vida del hombre que constituye en Lebensohn el punto central de su sensibilidad y de su ética política y lo alejaban de cualquier materialismo. De ahí que concibiera a la Argentina como una república que no constituye un simple trozo de territorio, un mercado o una factoría rica, ni una nación metafísica basada en etnias, religiones o lenguas, sino como sitio expansivo de la "causa del género humano". Su valor fundamental era la libertad. Pero "la libertad no está oprimida sólo por las dictaduras, sino también por el privilegio económico. La Argentina nació como una república con el valor supremo de la libertad. Y quien abjure de la libertad -señala- está abjurando de su condición de argentino".
Lebensohn murió a los 44 años, el 13 de junio de 1953. "No debo morir", decía en su lecho final. No parece que el Partido Radical de hoy esté recordando sinceramente los deberes que se imponía el alma agitada de Lebensohn, ni mucho menos recogiendo su mensaje. Más bien su dirigencia lo está suicidando. Poco interesa, porque Lebensohn supera de lejos la decadente conducción de un partido que perdió su rumbo y envejeció en su propia laxitud quedantista. Nunca fue una figura cómoda para los dirigentes enquistados.
Sin embargo, y eso es lo que importa, para las jóvenes generaciones su prédica y su modelo de vida, de severo compromiso público, registran una actualidad sorprendente. Conviene releerlo.