24.4.08

Gelman que fue será





Documental "Juan Gelman y otras cuestiones" (Ver vídeo de Cervantestv.es)




Texto íntegro del discurso de Juan Gelman en la entrega del Premio Cervantes.

Alcalá de Henares, 23 de abril de 2008.

Majestades, Señor Presidente del Gobierno, Señor Ministro de Cultura, Señor Rector de la Universidad de Alcalá de Henares, autoridades estatales, autonómicas, locales y académicas, amigas, amigos, señoras y señores:

Deseo, ante todo, expresar mi agradecimiento al jurado del Premio de Literatura en Lengua Castellana Miguel de Cervantes, a la alta investidura que lo patrocina y a las instituciones que hacen posible esta honrosísima distinción, la más preciada de la lengua, que hoy se me otorga. Mi gratitud es profunda y desborda lo meramente personal. En el año 2006 se galardonó con este Premio al gran poeta español Antonio Gamoneda y en el 2007 lo recibe también un poeta, esta vez de Iberoamérica. Se premia a la poesía entonces, “que es como una doncella tierna y de poca edad y en todo extremo hermosa” para don Quijote, doncella que, dice Cervantes en “Viaje del Parnaso”,

“puede pintar en la mitad del día
la noche, y en la noche más escura
el alba bella que las perlas cría...
Es de ingenio tan vivo y admirable
que a veces toca en puntos que suspenden,
por tener no se qué de inescrutable”.

A la poesía hoy se premia, como fuera premiada ayer y aun antes en este histórico Paraninfo donde voces muy altas resuenan todavía. Y es algo verdaderamente admirable en estos “Dürftiger Zeite”, estos tiempos mezquinos, estos tiempos de penuria, como los calificaba Hölderlin preguntándose “Wozu Dichter”, para qué poetas. ¿Qué hubiera dicho hoy, en un mundo en el que cada tres segundos y medio un niño menor de cinco años muere de enfermedades curables, de hambre, de pobreza? Me pregunto cuántos habrán fallecido desde que comencé a decir estas palabras. Pero ahí está la poesía: de pie contra la muerte.

Safo habló del bello huerto en el que “un agua fresca rumorea entre las ramas de los manzanos, todo el lugar sombreado por las rosas y del ramaje tembloroso el sueño descendía”, Mallarmé conoció la desnudez de los sueños dispersos, Santa Teresa recogía las imágenes y los fantasmas de los objetos que mueven apetitos, San Juan bebió el vino de amor que sólo una copa sirve, Cavalcanti vio a la mujer que hacía temblar de claridad el aire, Hildegarda de Bingen lloró las suaves lágrimas de la compunción, y tanta belleza cargada de más vida causa el temblor de todo el ser. ¿No será la palabra poética el sueño de otro sueño?

Santa Teresa y San Juan de la Cruz tuvieron para mí un significado muy particular en el exilio al que me condenó la dictadura militar argentina. Su lectura desde otro lugar me reunió con lo que yo mismo sentía, es decir, la presencia ausente de lo amado, Dios para ellos, el país del que fui expulsado para mí. Y cuánta compañía de imposible me brindaron. Ese es un destino “que no es sino morir muchas veces”, comprobaba Teresa de Avila. Y yo moría muchas veces y más con cada noticia de un amigo o compañero asesinado o desaparecido que agrandaba la pérdida de lo amado. La dictadura militar argentina desapareció a 30.000 personas y cabe señalar que la palabra “desaparecido” es una sola, pero encierra cuatro conceptos: el secuestro de ciudadanas y ciudadanos inermes, su tortura, su asesinato y la desaparición de sus restos en el fuego, en el mar o en suelo ignoto. El Quijote me abría entonces manantiales de consuelo.

Lo leí por primera vez en mi adolescencia y con placer extremo después de cruzar, no sin esfuerzo, la barrera de las imposiciones escolares. Me acuciaba una pregunta: ¿cómo habrá sido el hombre, don Miguel? Conocía su vida de pobreza y sufrimiento, sus cárceles, su cautiverio en Argel, su Lepanto, los intentos fallidos de mejorar su suerte. Pero él, ¿quién era? Releía el autorretrato que trazó en el prólogo de las Novelas Ejemplares: “Este que veis aquí, de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada”, que nada me decía, salvo la mención de sus “alegres ojos”. Comprendí entonces que él era en su escritura. Me interno en ella y aún hoy creo a veces escuchar sus carcajadas cuando acostaba al Caballero de la Triste Figura en el papel. Sólo quien, desde el dolor, ha escrito con verdadero goce puede dar a sus lectores un gozo semejante. Cómico es el rostro de la tragedia cuando se mira a sí misma.

Declaro que, en verdad. quise recorrer ante ustedes, con ustedes, los trabajos de Persiles y Sigismunda, o la locura quebradiza del licenciado Vidriera, o compartir la nueva admiración y la nueva maravilla del coloquio de los perros, o el combate verdaderamente ejemplar entre los poetas malos y los buenos que tiene lugar en “Viaje del Parnaso” y en el que cualquier buen poeta podía caer herido por un pésimo soneto bien arrojado. Pero tal como la lámpara alimentada a querosén que los campesinos de mi país encienden a la noche y alrededor de la cual se sientan a cenar, cuando hay, y luego a leer, cuando hay y cuando hay ganas, y a la que mosquitos y otros seres alados acuden ciegos de luz y la calor los mata, así yo, encandilado por don Alonso Quijano, no puedo sustraerme a su fulgor.

Muchas plumas hondas y brillantes han explorado los rincones del gran libro. Por eso, parafraseando al autor, declaro sin ironía alguna que, con seguridad, este discurso carece de invención, es menguado de estilo, pobre de conceptos, falto de toda erudición y doctrina. Sólo hablo como lector devoto de Cervantes, pero quién puede describir los territorios del asombro. Con mucha suerte y perspicacia, es posible apenas sentarse a la sombra de lo que siempre calla.

Cervantes se instala en un supuesto pasado de nobleza e hidalguía para criticar las injusticias de su época, que son las mismas de hoy: la pobreza, la opresión, la corrupción arriba y la impotencia abajo, la imposibilidad de mejorar los tiempos de penuria que Hölderlin nombró. Se burla de ese intento de cambio y se burla de esa burla porque sabe que jamás será posible terminar con la utopía, recortar la capacidad de sueño y de deseo de los seres humanos. Cervantes inventó la primera novela moderna, que contiene y es madre de todas las novedades posteriores, de Kafka a Joyce. Y cuando en pleno siglo XX Michel Foucault encuentra en Raymond Roussel las características de la novela moderna, éstas: “el espacio, el vacío, la muerte, la transgresión, la distancia, el delirio, el doble, la locura, el simulacro, la fractura del sujeto”, uno se pregunta ¿qué? ¿No existe todo eso, y más, en la escritura de Cervantes?

Su modernidad no se limita a un singular universo literario. La más humana es un espejo en el que podemos aún mirarnos sin deformaciones en este siglo XXI. Dice Don Quijote: “Bien hayan aquellos benditos siglos que carecieron de la espantable furia de aquestos endemoniados instrumentos de la artillería a cuyo inventor tengo para mí que en el infierno se le está dando el premio de su diabólica invención, con la cual dio causa que un infame y cobarde brazo quite la vida a un valeroso caballero, y que sin saber cómo o por dónde, en la mitad del coraje y brío que enciende y anima a los valientes pechos, llega una desmandada bala (disparada de quien quizá huyó y se espantó del resplandor que hizo el fuego al disparar la maldita máquina) y corta y acaba en un instante los pensamientos y la vida de quien la merecía gozar luengos siglos”.

Desde el lugar de presunto caballero andante quejoso de que las armas de fuego hayan sustituido a las espadas, y que una bala lejana torne inútil el combate cuerpo a cuerpo, Don Quijote destaca un hecho que ha modificado por completo la concepción de la muerte en Occidente: es la aparición de la muerte a distancia, cada vez más segura para el que mata, cada vez más terrible para el que muere. Pasaron al olvido las ceremonias públicas y organizadas que presidía el mismo agonizante en su lecho: la despedida de los familiares, los amigos, los vecinos, el dictado del testamento ante los deudos. La muerte hospitalizada llega hoy con un cortejo de silencios y mentiras. Y qué decir de los 200.000 civiles de Hiroshima que el coronel Paul Tobbets aniquiló desde la altura apretando un simple botón. Piloteaba un aparato que bautizó con el nombre de su madre, arrojó la bomba atómica y después durmió tranquilo todas las noches, dijo. Pocos conocen el nombre de las víctimas cuya vida el coronel había segado. La muerte se ha vuelto anónima y hay algo peor: hoy mismo centenares de miles de seres humanos son privados de la muerte propia. Así se da en Irak.

Creo, sin embargo, como el historiador y filósofo Juan Carlos Rodríguez, que el Quijote es una gran novela de amor. Del amor imposible. En el amor se da lo que no se tiene y se recibe lo que no se da y ahí está la presencia del ser amado nunca visto, el amor a un mundo más humano nunca visto y torpemente entrevisto, el amor a una mujer que no es y a una justicia para todos que no es. Son amores diferentes pero se juntan en un haz de fuego. ¿Y acaso no quisimos hacer quijotadas en alguna ocasión, ayudar a los flacos y menesterosos? ¿Luchando contra molinos de aspas de acero, que ya no de madera? ¿Despanzurrando odres de vino en vez de enfrentar a los dueños del dolor ajeno? ¿“En este valle de lágrimas, en este mal mundo que tenemos –dice Sancho–, donde apenas se halla cosa que esté sin mezcla de maldad, embuste y bellaquería”?

He celebrado hace dos años, con ocasión de la entrega del Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, mi llegada a una España que no acepta las aventuras bélicas y que rompe clausuras sociales que hieren la intimidad de las personas. Hoy celebro nuevamente a una España empeñada en rescatar su memoria histórica, único camino para construir una conciencia cívica sólida que abra las puertas al futuro. Ya no vivimos en la Grecia del siglo V antes de Cristo en que los ciudadanos eran obligados a olvidar por decreto. Esa clase de olvido es imposible. Bien lo sabemos en nuestro Cono Sur.

Para San Agustín, la memoria es un santuario vasto, sin límite, en el que se llama a los recuerdos que a uno se le antojan. Pero hay recuerdos que no necesitan ser llamados y siempre están ahí y muestran su rostro sin descanso. Es el rostro de los seres amados que las dictaduras militares desaparecieron. Pesan en el interior de cada familiar, de cada amigo, de cada compañero de trabajo, alimentan preguntas incesantes: ¿cómo murieron? ¿Quiénes lo mataron? ¿Por qué? ¿Dónde están sus restos para recuperarlos y darles un lugar de homenaje y de memoria? ¿Dónde está la verdad, su verdad? La nuestra es la verdad del sufrimiento. La de los asesinos, la cobardía del silencio. Así prolongan la impunidad de sus crímenes y la convierten en impunidad dos veces.

Enterrar a sus muertos es una ley no escrita, dice Antígona, una ley fija siempre, inmutable, que no es una ley de hoy sino una ley eterna que nadie sabe cuándo comenzó a regir. “¡Iba yo a pisotear esas leyes venerables, impuestas por los dioses, ante la antojadiza voluntad de un hombre, fuera el que fuera!”, exclama. Así habla de y con los familiares de desaparecidos bajo las dictaduras militares que devastaron nuestros países. Y los hombres no han logrado aún lo que Medea pedía: curar el infortunio con el canto.

Hay quienes vilipendian este esfuerzo de memoria. Dicen que no hay que remover el pasado, que no hay que tener ojos en la nuca, que hay que mirar hacia adelante y no encarnizarse en reabrir viejas heridas. Están perfectamente equivocados. Las heridas aún no están cerradas. Laten en el subsuelo de la sociedad como un cáncer sin sosiego. Su único tratamiento es la verdad. Y luego, la justicia. Sólo así es posible el olvido verdadero. La memoria es memoria si es presente y así como Don Quijote limpiaba sus armas, hay que limpiar el pasado para que entre en su pasado. Y sospecho que no pocos de quienes preconizan la destitución del pasado en general, en realidad quieren la destitución de su pasado en particular.

Pero volviendo a algunos párrafos atrás: hay tanto que decir de Cervantes, de este hombre tan fuera del uso de los otros. De sus neologismos, por ejemplo. Salvo él, nadie vio a una persona caminar asnalmente. O llevar en la cabeza un baciyelmo. O bachillear. Don Quijote aprueba la creación de palabras nuevas, porque “esto es enriquecer la lengua, sobre quien tienen poder el vulgo y el uso”. Hace unos años ciertos poetas lanzaron una advertencia en tono casi legislativo: no hay que lastimar al lenguaje, como si éste fuera río coagulado, como si los pueblos no vinieran “lastimándolo” desde que empezaron a nombrar. Cuando Lope dice “siempre mañana y nunca mañanamos” agranda el lenguaje y muestra que el castellano vive, porque sólo no cambian las lenguas que están muertas. La lengua expande el lenguaje para hablar mejor consigo misma.

Esas invenciones laten en las entrañas de la lengua y traen balbuceos y brisas de la infancia como memoria de la palabra que de afuera vino, tocó al infante en su cuna y le abrió una herida que nunca ha de cerrar. Esas palabras nuevas, ¿no son acaso una victoria contra los límites del lenguaje? ¿Acaso el aire no nos sigue hablando? ¿Y el mar, la lluvia, no tienen muchas voces? ¿Cuántas palabras aún desconocidas guardan en sus silencios? Hay millones de espacios sin nombrar y la poesía trabaja y nombra lo que no tiene nombre todavía.

Esto exige que el poeta despeje en sí caminos que no recorrió antes, que desbroce las malezas de su subjetividad, que no escuche el estrépito de la palabra impuesta, que explore los mil rostros que la vivencia abre en la imaginación, que encuentre la expresión que les dé rostro en la escritura. El internarse en sí mismo del poeta es un atrevimiento que lo expone a la intemperie. Aunque bien decía Rilke: “[...] lo que finalmente nos resguarda/es nuestra desprotección”. Ese atrevimiento conduce al poeta a un más adentro de sí que lo trasciende como ser. Es un trascender hacia sí mismo que se dirige a la verdad del corazón y a la verdad del mundo. Marina Tsvetaeva, la gran poeta rusa aniquilada por el estalinismo, recordó alguna vez que el poeta no vive para escribir. Escribe para vivir.

Juan Gelman

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- De Villa Crespo a Alcalá, por Horacio Verbitsky


- Cervantinas para Gelman, por Joaquín Sabina



Dictamen sobre los estudios universitarios del Dr. Hipólio Yrigoyen



A petición del señor Vicedecano de la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires, profesor doctor Tulio Ortiz, se emite opinión fundada acerca de la cuestión relativa a la condición del Dr. Hipólito Yrigoyen de egresado de la mencionada alta casa de estudios superiores.

Corresponde señalar en primer término que Hipólito Yrigoyen ingresó a la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires en 1874. Sus biógrafos han coincidido en afirmar que inició sus estudios de abogado cuando se desempeñaba como comisario de Balvanera. No coinciden sin embargo con referencia al resultado final de sus estudios universitarios.

Carlos J. Rodriguez, quien lo frecuentó y fue su ministro, dijo que completó el curso teórico de abogacía, señalando que ello constaba en la página 1° del Libro de Actas de exámenes de la Facultad de Derecho, año 1878; pero estimó que no obtuvo el doctorado, faltándole los procedimientos y la tesis.

El historiador Luis V. Sommi, de nula filiación radical, sostuvo que "era por supuesto abogado" pero no se doctoró, agregando que "es muy posible que las personas que pretendieron perjudicarlo hayan hecho desaparecer los asientos de sus últimos exámenes".

Algo similar aseveró quizá quien fue su más importante biógrafo, Manuel Galvez quien se pregunta en "El Hombre del Misterio": "¿Alguna mano enemiga arrancó tal página para perjudicar al político que, según sus adversarios, se dejó llamar doctor sin serlo? Todo ha de ser misterio en la vida de Hipólito Yrigoyen".

Y Félix Luna, su otro gran biógrafo, asegura que rindió todas las materias teóricas faltándole los procedimientos, anotando que ellos se consideraban satisfechos dando examen ante la Academia de Jurisprudencia o practicando como "meritorio" en los tribunales.

En la revista "Todo es Historia" en su número 2, el autor Felipe Cárdenas (h), que es un seudónimo de su director, el ya citado Félix Luna, sostuvo "parece que Yrigoyen terminó sus estudios de abogacía, aunque no presentó la tesis indispensable para ser stricti juris, un doctor".

Por su parte, Alberto González Arzac afirma en "Hipólito Yrigoyen doctor", revista Todo es Historia N° 35, que "Yrigoyen tenía título habilitante...porque está confirmado en una nota donde Alem le pidió a Dardo Rocha que nombrara a Yrigoyen en algún puesto vacante, diciendo que "auditor de Marina podría ser también", cargo para el que como es obvio resultaba indispensable ser abogado.

Vale señalar que sus muchos amigos y correligionarios muchos de ellos graduados universitarios y aún adversarios políticos de renombre como Carlos Pellegrini, le discernían el tratamiento de "doctor", siendo improbable que se le adjudicase con habitualidad un grado del que carecía.

Como dato adicional se agrega que en la sesión especial de la Cámara de Diputados de la Nación del 3 de julio de 1958 (Diario de Sesiones, Año 1958, Tomo II, Imprenta del Congreso de la Nación), el diputado Carlos Ernesto Camet sostuvo "tengo sobre mi banca, por gentileza del señor Decano de la Facultad de Derecho, el Libro de Exámenes de Derecho Civil que se comenzó a usar en 1876. El Plan Alberdi que regía en ese entonces y comprendía cuatro cursos y por la modalidad de los exámenes, Derecho Civil IV, se daba después de Economía y de Derecho Constitucional que eran las restantes materias del mismo. El acta es del 28/03/1878; en ella consta que el examen comenzó a las 8 de la noche y terminó a las 11 p.m. La mesa examinadora estaba integrada por Leopoldo Basavilbaso como presidente y José María Moreno y Pedro Goyena como vocales. Se tomaron exámenes en el mismo acto del III Curso y de los finales de Derecho Civil correspondientes al IV Curso a los alumnos Daniel Escalada, Eduardo French, Hipólito Irigoyen, todos aprobados con 13 puntos". El informe en cuestión obra en el libro "Los reelegidos. Roca, Yrigoyen, Perón", del Dr. Eduardo Bautista Pondé, que fuera por varios lustros presidente del Instituto Yrigoyeneano antes de su nacionalización mediante Ley N° 26.040.

De resultas de ello, se infiere que para rendir Civil IV se necesitaba haber aprobado previamente las otras dos materias, de modo que la aprobación de Civil IV implicaba la graduación como abogado.

Puede considerarse que la negación de su condición de abogado fue más bien un artilugio o un recurso tendiente a denostarlo, de los tantos a los que recurrió la oposición política de Yrigoyen en su lucha contra él.

La obra política de Yrigoyen reviste un hondo contenido jurídico. Conociendo y encontrándose comprobada su inveterada costumbre de tomar directa participación en los proyectos de leyes, mensajes al Congreso y aun sus memoriales a la Corte Suprema, escritos de puño y letra anciano y enfermo en su confinamiento en Martín García (sólo auxiliado por un ejemplar del Diccionario de la Real Academia Española) denotan la profunda versación jurídica del hombre a quien reiteradas veces con ánimo denigratorio se ha negado la condición de hombre de derecho, algo que pareciera cuando menos injusto, si no ridículo.

Por las razones expuestas, este Consejo se expide en el sentido de recomendar el reconocimiento de la condición de egresado de la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires a Hipólito Yrigoyen.

Firmado:

El Consejo Directivo del Instituto Nacional Yrigoyeneano

Víctor Martínez, Diego Barovero, Fernando Blanco Muiño, Miguel Angel Mieres, Pablo Díaz, Alberto Gónzález Arzac, Renzo Breglia, Miguel Angel Espeche Gil, Fiz Antonio Fernández, Jorge Reinaldo Vanossi, Osvaldo Alvarez Guerrero, Guillermo Gasió.

19.4.08

"Aquel año Mayo duró 12 meses..."





La efervescencia revolucionaria de 1968 terminó con diferentes derrotas, pero dejó la prevalencia de la cultura de la sospecha y la autonomía del individuo. Cuarenta años después de aquella revuelta civil protagonizada por los jóvenes, el reto de la sociedad global es recuperar las actitudes que permitan enfrentarse a las nuevas formas de autoritarismo.

1 La efervescencia revolucionaria

El 68 fue en diversos lugares del mundo un año de ?efervescencia revolucionaria?. La expresión es de Claude Lefort y me parece que define mucho mejor la realidad de los hechos que la palabra revolución. Ni en Berkeley, ni en Tokio, ni en Roma, ni en Berlín, ni en París, ni en Varsovia, ni en México, por citar los principales escenarios de aquella movida, estuvo en juego el poder político ni su ocupación entraba realmente en las expectativas de quienes llenaban las calles con sus protestas. La única excepción fue Praga, pero no se trataba de un proyecto revolucionario sino de un proceso de cambio desde el poder. Y fue la contrarrevolución ?la ocupación del país por los tanques del Pacto de Varsovia, dirigida desde el Kremlin? la que echó a los que pretendían que el socialismo evolucionara hacia formas democráticas, en sintonía con los ciudadanos.

A lo sumo podría hablarse de revolución cultural, como hizo Fernand Braudel, en la medida en que los tres ámbitos principales de la cultura ?la familia, los media y la enseñanza? sufrieron una sacudida que les cambiaría profundamente. La gran movida fue breve y en la mayoría de los lugares se impuso el retorno al orden, la reacción restauradora. De forma brutal en Polonia y en Checoslovaquia, de forma democrática en Occidente: basta recordar que en junio el general De Gaulle arrasó en las urnas y en noviembre, Nixon gana las elecciones en Estados Unidos. La revuelta por tanto se saldó con un fracaso. Pero se había puesto en marcha un proceso, lento pero imparable, de cambio de costumbres y modos de vida, cuyos efectos políticos y legales se fueron concretando lentamente. Hoy todavía se está dando cuerpo jurídico (en España en la pasada legislatura, por ejemplo) a derechos y libertades que tienen su origen en aquel impulso. El año 1968 fue el inicio de la transición liberal que culminaría en el año 1989 con la caída de los regímenes de tipo soviético. Después vino la revolución conservadora que ha hecho de la supuesta herencia de mayo el enemigo a batir. Con la cristalización de una nueva hegemonía autoritaria se cierra, a los cuarenta años de su inicio, el paradigma que entonces se abrió.

2 La dimensión universal

Aquella efervescencia revolucionaria mundial tenía obviamente peculiaridades específicas en cada lugar. En plena guerra fría, con el mundo dividido en dos bloques, la gran contestación se enfrentaba a dos formas de poder, el imperialismo americano y el imperialismo soviético. De modo que distintas eran las formas de opresión contra las que se movilizaban unos y otros y distintas eran las condiciones en que la agitación se producía. El periodista polaco Adam Michnick, en una entrevista en Le Monde, lo explicaba así: ?Los eslóganes que se gritaban en La Sorbona o en Berlín oeste estaban dirigidos contra el capitalismo, la sociedad de consumo, la democracia burguesa y también contra Estados Unidos y la guerra de Vietnam. Para nosotros era una lucha por la libertad en la cultura, en las ciencias, en la memoria histórica, por la democracia parlamentaria y, en fin, especialmente visible en Checoslovaquia, contra el imperialismo soviético, no el americano?.

Muchas de aquellas movidas tuvieron su origen en el mundo universitario. Así fue en Berlín, donde desde el año anterior se habían producido múltiples acciones estudiantiles por la reforma de la Universidad, contra la gran coalición que gobernaba Alemania y contra la guerra de Vietnam. Un grave incidente, la muerte de Benno Ohnesorg a tiros de un policía, durante una manifestación, el 2 de junio de 1967, radicalizó el proceso. Los estudiantes lanzaron una dura campaña contra los medios de comunicación del grupo Springer a los que acusaron de manipular los hechos: la prensa entraba en el campo de visión de los contestatarios. Un año más tarde, en abril de 1968, el principal líder del movimiento, Rudi Dutschke, sufrió un atentado perpetrado por un joven ultraderechista, Josef Bachman.

En México, también fueron los estudiantes con voluntad de liberalizar el mundo universitario los que protagonizaron las movilizaciones que acabarían trágicamente el 2 de octubre del 68 con la matanza de la plaza de Tlatelolco, en vigilias de los Juegos Olímpicos. Nunca se ha sabido el número de personas que murieron allí, cuando un Batallón Olimpia progubernamental empezó a disparar contra la multitud. También en Estados Unidos, los estudiantes del campus de Berkeley tuvieron un protagonismo destacado en una movida de carácter contracultural. Pero la guerra de Vietnam y la cuestión de los derechos civiles desbordaron en mucho el ámbito universitario. En 1964, bajo la presidencia de Lyndon Jonson, se aprobó la Civil Rights Act, que reconocía a los negros los derechos de los que estaban desposeídos. Fueron años en que las organizaciones proderechos civiles adquirieron mucha fuerza en la lucha por los derechos de las minorías. Pero el 4 de abril de 1968, Martin Luther King fue asesinado por James Earl Ray en Memphis, un atentado que nunca ha quedado plenamente esclarecido. El 17 de octubre, en los Juegos Olímpicos de México, los atletas americanos Tommie Smith y John Carlos, medallas de oro y bronce en doscientos metros lisos, al subir al podio levantaron el puño con un guante negro, mientras sonaba el himno americano para manifestar su pertinencia al Black Power.

Por supuesto, en París fue la Universidad, Nanterre, concretamente, el motor de la movida por cuestiones que tenían que ver con la liberalización de las costumbres. Las primeras protestas fueron contra la separación de sexos en las habitaciones de la residencia de estudiantes. El 22 de marzo la ocupación de la Universidad acabó con una acción disciplinaria contra algunos líderes estudiantiles. Ante un tribunal universitario, según ha relatado Alain Touraine, que ejerció de defensor, se dio este diálogo entre el presidente y Daniel Cohn-Bendit:

?¿Estaba usted el 22 de marzo en la Facultad?

?No, no estaba en la Facultad.

?¿Dónde estaba entonces?

?En mi casa.

?¿Y que hacía usted en su casa a las tres de la tarde?

?Hacía el amor, señor presidente, algo que a usted seguramente no le ha ocurrido nunca.

Después el movimiento iría creciendo, ocupó La Sorbona, se hizo fuerte en las calles y callejuelas del Barrio Latino, consiguió la alianza con los trabajadores que dio lugar a una huelga general sorpresa y a la gran manifestación del 13 de mayo.

Incluso en Polonia, el origen de las movilizaciones estuvo en los estudiantes y los intelectuales. Fue la suspensión de la representación teatral de una obra de Adam Mickiewicz, el más reconocido de los autores polacos, en el Teatro Nacional de Varsovia, la que desencadenó un movimiento contra la dictadura comunista que fue liquidado en tres semanas con una fuerte represión.

Pero con todas sus peculiaridades y diferencias, había un doble factor común a casi todas estas contestaciones, que es el que permite hablar de una gran contestación liberal: la crítica al autoritarismo y el antisovietismo. Y una doble novedad: el protagonismo de los jóvenes y el carácter civil ?alejado de las estructuras de poder? de la revuelta.

3 El nuevo sujeto político

Por primera vez, los jóvenes, en diversos lugares del mundo asumían el papel de sujetos del cambio social. Sin duda, tiene ello que ver con el bienestar de los años de posguerra, con la demografía ?que consolidaba la juventud como un periodo singularizado de la vida? y con la extensión social de la enseñanza superior. Casi todas las movidas del 68 tienen en las universidades su punto de partida. Casi todas ellas eran la reacción frente a formas cristalizadas de autoritarismo.

Hay cierta tradición filosófica que explica la sociedad como un compuesto de tres partes: el ámbito familiar (la vida privada); el espacio intermedio en que los individuos tejen relaciones e intercambian mercancías e ideas (lo que se acostumbra a denominar como sociedad civil) y el ámbito del poder político (el espacio público por antonomasia). La contestación del 68 fue un intento, desde este espacio civil intermedio, de romper la presión asfixiante de un espacio familiar y un espacio político claramente retardatarios, que empezaban a ser un obstáculo para el desarrollo de las sociedades modernas. Estados Unidos y Europa vivían momentos de expansión económica. Una generación de jóvenes se encontraba ante la posibilidad de pensar en algo más que los problemas de subsistencia, pero chocaba con una cultura y unas costumbres muy rígidas a derecha e izquierda (la moral de la cultura comunista, incluso en Europa occidental, no era menos restrictiva que la moral de la cultura conservadora). Las universidades crecían y se masificaban y el choque entre los estudiantes y el viejo orden académico era inevitable. La sociedad cambiaba pero el mundo familiar y el mundo político se regían por normas cada vez más obsoletas. Los estudiantes buscaban crear espacios libres donde romper los esquemas de la moral dominante. El Barrio Latino parisino se convertía así en una metáfora topológica: un lugar común en el que cada cual pudiera actuar con plena autonomía. La contestación terminó mal en todas partes, pero la liberalización de las costumbres, la desjerarquización de las relaciones sociales y la consolidación de los movimientos en defensa de los derechos civiles no dejaron de hacer camino desde aquel momento.

Es verdad que en las movidas europeas había un importante componente anticapitalista en el discurso y una empanada ideológica en la que coincidían los acentos libertarios con diversas familias de extrema izquierda, desde el trotskismo hasta el maoísmo, con discursos situacionistas y con muchas dosis de espontaneísmo crítico. Pero el principal elemento común era el antiautoritarismo, en todos los ámbitos: familiar, social y político. Lo que se traducía en una desconfianza en las instituciones, empezando por el Estado. Naturalmente, en los países comunistas el antiautoritarismo apuntaba directamente a los regímenes de tipo soviético y el marco de la contestación era la respuesta desesperada a la opresión totalitaria. Pero en Europa occidental, donde la revolución, como dijo Raymond Aron, tenía algo de quermés, el antisovietismo acompañaba al discurso anticapitalista, especialmente en aquellos países en que los partidos comunistas eran muy fuertes ?como Italia y Francia? y se les consideraba parte del mismo establishment retardatario contra el que iban las movilizaciones. En ambos países, los partidos comunistas jugaron un papel fundamental en la restauración del orden.

4 Las derrotas

La contestación terminó mal en todas partes. Si de una revolución convencional se hubiese tratado, habría que decir que la derrota fue total y absoluta. Puesto que distintas eran las circunstancias, distintas fueron las derrotas y sus consecuencias.

En los países del Este se impuso la represión. Pero en Varsovia ?aunque el movimiento fue desmantelado en sólo tres semanas? aquellas movilizaciones están en el inicio de lo que después sería el sindicalismo cristiano tan decisivo en la caída del régimen comunista. En Checoslovaquia, el retroceso fue extraordinario. La sustitución de Dubcek por el colaboracionista Husak un año después de la entrada de los tanques impuso una brutal normalización que hundió al país en una especie de purgatorio. Pero Checoslovaquia era realmente diferente de los demás porque allí sí que lo que estaba en juego era el poder, el intento de transformar el socialismo iniciado por un grupo de dirigentes comunistas.

En Estados Unidos, la tensión se desplazó a la guerra de Vietnam. 1968 fue el año de la matanza de My Lai. La tremenda herida, todavía hoy no suturada, del desastre de Vietnam marcó un par de generaciones americanas. La movilización universitaria perdió fuerza y los movimientos de derechos civiles también. La victoria electoral de Nixon cerró las esperanzas de una década que había empezado con el optimismo kennedyano. Los setenta fueron años muy amargos en Norteamérica.

Los acuerdos entre el Gobierno y los sindicatos dinamitaron Mayo del 68 en Francia al sacar a los trabajadores de la movida. La derecha ganó arrolladoramente las elecciones, después de una masiva manifestación de apelación al orden en cuya primera fila resulta todavía hoy llamativa la presencia de un rebelde convertido al gaullismo como André Malraux. De Gaulle, herido de muerte, se fue un año más tarde. Y con él quizás el símbolo más imponente de la vieja cultura social y política. Una parte de los jóvenes de Mayo alimentó a los partidos de extrema izquierda, que todavía hoy tienen presencia electoral en Francia. Algunos grupúsculos desaparecieron pronto, como los encuadrados en el delirio maoísta, pero nos dejaron la imagen de Sartre inculpado por vender La Cause du Peuple y una frase memorable del general De Gaulle: ?No se puede condenar a Voltaire?. Otros buscaron la ruptura con la sociedad en el mundo rural, donde todavía quedan restos de las comunas de la época. La violencia política no cuajó. Action Directe, el grupúsculo terrorista más importante, tuvo vida efímera. La mayoría se incorporó paulatinamente a la normalidad democrática.

Donde el día después resultó más doloroso fue en Alemania y, especialmente, en Italia. En Alemania, la Baader-Meinhoff puso el terrorismo en escena, aunque fue un fenómeno limitado a un número pequeño de personas. Italia viviría la experiencia de los años de plomo, en que la violencia de extrema izquierda y de extrema derecha hizo estragos en una espiral que degradó profundamente la vida civil y alcanzó las tripas del Estado italiano, ya por sí muy corrupto.

La matanza de la plaza de las Tres Culturas de México fue en cierto modo el anuncio de una enorme contracción autoritaria en América Latina.

5 Las herencias

La gran contestación del 68 fue una sorpresa. Había una cierta sensación de estancamiento, de inmovilismo, en la Europa de las treinta gloriosas, un balneario protegido por el paraguas nuclear de la guerra fría. De maneras distintas, Daniel Bell y Herbert Marcuse habían advertido sobre la capacidad del sistema de integrar sus contradicciones. El desenlace de la efervescencia revolucionaria del 68 confirmó sus hipótesis. El sistema fue perfectamente capaz de asumir, trillar y triturar aquella negatividad que por unos meses alimentó el sueño del gran cambio. Y el proceso de liberalización que se puso entonces en marcha siguió caminos a veces contradictorios y, a menudo, lejanos de aquel impulso inicial. El discurso del 68 tenía mucho de libertario y de crítico con el Estado, más tarde la crítica del Estado, en manos de los liberales conservadores que pusieron en marcha la revolución de los ochenta y noventa ?ésta sí que concernía directamente a la conquista del poder? se convirtió en desprestigio y debilitación del Estado en lo económico y en despliegue del control social en lo político.

La amalgama ideológica era tal que se hace difícil establecer los referentes ideológicos de aquellas movidas. Las apelaciones al marxismo, al trotskismo y al leninismo eran abundantes. Pero fue significativo el énfasis en la relación entre sexo, psicología y política que llevó a nombres como Freud o Reich. También el situacionismo tuvo su voz. Y en América cuajó la vía contraculturalista que acompaña a la cultura hippy. Herbert Marcuse por sus análisis de la relación entre economía, tecnología, cultura y subjetividad y por su crítica al marxismo ortodoxo fue considerado uno de los referentes. Raymond Aron habla de Les heritiers, de Pierre Bourdieu, como libro de cabecera de la movida francesa. También de la noción de grupo de fusión de la Crítica de la razón dialéctica, de Sartre. En cualquier caso, los filósofos de la sospecha, el trío Marx-Freud-Nietzsche, articularon, especialmente en Francia, buena parte del pensamiento de la época.

Aquella experiencia marcó a la generación de los que el año 1968 rondábamos la veintena. Por un lado, pesó sobre nosotros ?lo digo así, porque es mi generación? el habernos autoungido como la generación moderna por excelencia. Ha costado entender que el tiempo pasa para todos y que la patente de modernidad no tiene dueño. Por otra parte, la pulsión antiautoritaria ?probablemente la mejor herencia de aquellos años? también generó monstruos. He dicho, a veces, que fuimos mucho mejores hijos ?en la medida en que supimos plantar cara a nuestros padres? que padres ?en la medida en que no hemos osado plantar cara a nuestros hijos?. Con nuestra actitud ?y la potencia integradora de las contradicciones que el capitalismo tiene? les hemos dejado sin espacio para la transgresión. Otros perdedores, víctimas de cierta frivolidad que acompañó a la contestación, de los que nunca se habla, son la generación de la droga, los que pensaron que la fiesta continuaba en la heroína y lo pagaron con la vida.

El paradigma que se abrió hace cuarenta años con la contestación de las formas de autoridad dominantes, a uno y otro lado de la guerra fría, se ha agotado. La transición liberal culminó con el hundimiento de los sistemas de tipo soviético y con la fantasía de que el triunfo de la democracia liberal significaba el fin de la historia. Después vino la restauración conservadora que se estrelló en la guerra contra Irak tras imponer el discurso de la seguridad como forma del autoritarismo en la sociedad de la información. Como ha escrito Fred Halliday, ?la invasión norteamericana de Irak en 2003 supuso para los ideales y para la legalidad de la intervención humanitaria lo mismo que supuso la invasión de Hungría en 1956 y de Checoslovaquia en 1968 para el comunismo internacional?. Un ciclo se cierra.

Para mí, lo mejor de la herencia del 68 es la cultura de la sospecha, la actitud que consiste en poner siempre en cuestión cualquier enunciado que se nos ponga por delante y no dar nunca por definitivas las ideas recibidas; y el acento libertario, la autonomía del individuo frente a todas las promesas comunitaristas, culturales o religiosas. Cuarenta años después estas dos actitudes se echan de menos a la hora romper las nuevas formas de autoritarismo basadas en el triángulo que forman la seguridad como ideología, la competitividad como principio de vida y el sálvese quien pueda como destino.

JOSEP RAMONEDA 19/04/2008. EL PAÍS, Madrid.

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"1968" (Joaquín Sabina). Interpretado por J. Sabina.


13.4.08

FREE TIBET


Sin lugar a dudas, el régimen dictatorial chino merece todo tipo de censuras por las más diversas causas: la represión brutal, el estado policial-carcelario, la pena de muerte dispensada a destajo, la censura, el control obsesivo del ciudadano, la destrucción del patrimonio histórico, el militarismo agresivo, o el propio concepto político, que resume lo peor del leninismo (versión maoísta) y el liberalismo económico.

Por eso me sorprende que sea sólo el asunto del Tíbet el que mueve a la opinión pública y a los políticos a protestar contra uno de los peores regímenes que existen en nuestro planeta. Sin duda la invasión del Tíbet (como la de Irak, por poner un ejemplo más reciente) es un hecho reprobable e ilegal. No obstante, dudo mucho de que la restauración de la teocracia feudal de los lamas sea la solución al problema. La vuelta del lamaísmo sólo supondría el regreso del Tíbet a la Edad Media, con su corte de hambre, clasismo y esclavitud incluidos. Eso es lo que había en el Tíbet antes de la invasión, asuntos que el Dalai Lama no suele mencionar a menudo.

Tíbet libre, por supuesto, pero no en manos de una casta de sacerdotes privilegiados. Y China libre también.

JOSÉ MANUEL LECHADO 12/04/2008, El País, Madrid.

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LA CONCIENCIA CRÍTICA DE LOS PENALISTAS

Al ver el rechazo popular a la política violatoria de derechos humanos del gobierno chino, manifestado en las protestas surgidas con el paso de la antorcha olímpica por muchas ciudades de occidente, creo que esa conciencia política -aunque sea una conciencia un tanto intuitiva, menos que elaborada y trabajada- es algo de lo que adolece nuestra destrozada AIDP.

La Asociación Internacional de Derecho Penal, que en 2005 realizó su reunión internacional en China, no reparó en ninguno de los elementos que los ciudadanos de a pié han remarcado en estos días. Para colmo de males, la AIDP ahora organiza para 2009 una reunión en Turquía, el único país del mundo que niega y oculta un genocidio, quizá el primero del siglo XX, el armenio.

Como vemos, la AIDP tiene menos concienta crítica que un grupo de boy scouts. Una lamentable vergüenza.

Recomiendo leer el discurso de Raúl Zaffaroni sobre el triste devenir de la AIDP, dado en Guadalajara (México) en una reunión de la misma AIDP el año pasado. Leerlo.

Matías Bailone.

12.3.08

+ Miguel Angel Inchausti (h)




INCHAUSTI, Dr. Miguel Ángel (1942-2008) Chany Inchausti, abogado estudioso, docente universitario, cantautor, fundador del célebre conjunto folkórico “Los Arroyeños”, tuvo entre sus mayores orgullos ser un ciudadano de la democracia, militando incansablemente desde las filas de la Unión Cívica Radical.
Integró diversos cuerpos partidarios, entre ellos la Convención Nacional, como así también fue diputado a la Convención que sancionó el Estatuto que rige los destinos de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

Miguel Ángel Inchausti durante un cuarto de siglo fue profesor universitario en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Buenos Aires y como buen demócrata su cátedra fue la de Derechos Humanos y Derecho Constitucional.

Estrechamente vinculado personal y partidariamente al doctor Raúl Alfonsín, Inchausti fue designado Subsecretario de Cultura de la Municipalidad de Buenos Aires durante la gestión del intendente Saguier y al fallecer éste continuó en igual tarea durante la gestión del Dr. Facundo Suárez Lastra.

Su presencia en esas funciones le dieron un singular dinamismo, y muy especialmente tras la dictadura, se empeñó en democratizar la cultura, exaltando los valores de la justicia, la tolerancia y la dignidad humanas. Cumplió también importantes tareas en la actividad privada, siempre en relación con el mundo de la música.

Personalidad atrapante, Chany Inchausti fue un militante que, desde su gran talento, supo interpretar como letrista, como músico y como ciudadano, como docente las esencias profundas del pueblo argentino y volcarlas generosamente durante casi cincuenta años. “Los Arroyeños”, grupo fundado en su ciudad de nacimiento, San Nicolás de los Arroyos, fue uno de los faros de un folklóres sin ribetes superficiales, ni estridentes. En los años sesenta, totalmente alejado de las tonterías orteguianas, aquellas como “El Pasaporte Argentino”, que solamente servían para disimular las atrocidades que acaecían en la Argentina, nada tuvieron que ver con el “folklore” comercial, vacuo, pasajero. La labor de ese conjunto perdura pese al largo tiempo, como perduran laa obras con esencia.

“Que se vengan los chicos” es quizás la más emblemática de sus canciones. Suyas fueron la letra y la música. Y en su mensaje sencillo, que todos entendieron, que todos entendimos, está, sin duda, extractado lo enorme de su corazón argentino y radical.

Murió el doctor Miguel Ángel Inchausti (¿alguien le habrá dicho “doctor” al Chany?) el 29 de febrero de 2008. Deja una enorme legión de amigos, de admiradores y especialmente de agradecidos conciudadanos y de orgullosos correligionarios, que debemos aprender de la humildad de un grande como él lo fue, generoso, cordial, y sobre todo un gran radical y una buena y maravillosa persona.

Durante los años de la dictadura y cuando se acercaba la marea libertaria de la democracia, el “Chany” y su tribu de paz se aparecían por cada rincón de la Argentina, con su mensaje de aliento y de esperanza. No hacía falta tener armas, con la voz, con el corazón, con la música también caen abatidos los tiranos. Chany ayudo mucho. Y ayudó en paz.

Enrique Pereira.
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Inserción Solicitada en la sesión del 12 de marzo de 2008 en la HONORABLE CÁMARA DE DIPUTADOS DE LA NACIÓN, por el Diputado de la Nación Pedro J. Azcoiti en homenaje al Dr. Miguel Angel Inchausti

Señor Presidente:

Queremos con estas pocas palabras rendir un justo y sentido homenaje al Dr. Miguel Angel Inchausti, fallecido el 29 de febrero pasado.

El Chany –como era habitualmente conocido- poseía una de esas personalidades que hacen que su paso por la vida no resulte indiferente.

Brilló en la cultura y la música; en el derecho y la cátedra; en la política y la democracia.

Brilló en la vida.

Durante más de un cuarto de siglo, distintas generaciones de alumnos de la Facultad de Derecho de la UBA supieron de su compromiso democrático reafirmado a diario desde su cátedra de Derechos Humanos y Derecho Constitucional.

Así como el radicalismo fue su pasión cívica, la música fue otra de sus pasiones. Por eso, junto a Eugenio, su hermano, fue el inspirador y alma mater de “Los Arroyeños”, el conjunto folklórico que creara en 1960, cuyo nombre le recordaba permanentemente sus raíces, y que marcara toda una etapa de la música popular argentina.

Radical de cuna, desde siempre se identificó con los valores y la prédica de la Unión Cívica Radical, a la que le brindó sin retaceos su presencia militante, tanto en las buenas como en las malas, quizás mucho más en estas últimas.

No ocupó una banca en este recinto. No porque no tuviera méritos militantes, no porque no tuviera condiciones intelectuales y políticas para hacerlo. Simplemente porque concebía la militancia como un compromiso de servicio hacia su partido y la democracia, y no como una forma de concretar aspiraciones personales.

Otro gran radical, Crisólogo Larralde solía decir que más importante que ocupar una función, es merecerla. Y sin duda que el Chany hubiera merecido con creces prestigiar este recinto.

Pero tampoco era de los que le sacaban el cuerpo a las responsabilidades, por eso cuando fuera convocado en los inicios de la transición democrática en el 83, para recuperar la cultura como herramienta de cambio de la sociedad y de transformación y superación individual y colectiva, aceptó el desafío, y le puso su impronta y su capacidad a la Subsecretaría de Cultura de la ciudad de Buenos Aires hasta 1989.

También cuando le fuera otorgada la responsabilidad de presidir el bloque de diputados constituyentes por el radicalismo de la ciudad Autónoma de Buenos Aires en la Asamblea Constituyente de 1996, supo dar pleno testimonio de su capacidad para conjugar sus convicciones con las ajenas, para buscar desde el disenso lo mejor y mas avanzado para el texto constitucional de la ciudad.

Ya no estará su presencia física entre nosotros, pero nos queda su ejemplo de vida, su conducta democrática y radical, su música y sus canciones, sus enseñanzas en la cátedra y en la vida.

El Chany Inchausti seguirá siempre entre nosotros.

10.3.08

Actividades académicas del Instituto Nacional Yrigoyeneano



Actividades académicas y conferencias 2008
en el 75° aniversario del fallecimiento del
Presidente Dr. HIPÓLITO YRIGOYEN
  • Marzo 11 - "Los yrigoyenismos. Influencia del pensamiento de Yrigoyen en diversas corrientes políticas". Por Osvaldo Alvarez Guerrero
  • Abril 1- "Ochenta años del plebiscito de 1928. La segunda presidencia de Yrigoyen". Por Guillermo Gasió (Autor de "Yrigoyen.1928-1930" Ed. Corregidor))
  • Mayo 6 - "Sociedad, familia y divorcio en el pensamiento de Yrigoyen". Por Claudia Gabriela Somovilla
  • Junio 3 - "Política económica de Yrigoyen". Por Alberto González Arzac
  • Julio 3 - Acto homenaje 75° ANIVERSARIO DE LA MUERTE DE HIPÓLITO YRIGOYEN
  • Agosto 5 - "El significado jurídico de la obra de Hipólito Yrigoyen"Por Miguel A. Ciuro Caldani (Director Depto. Posgrado Facultad de Derecho UBA)
Las conferencias se realizan a las 18,30 horas en la sede del Instituto, Junin 262 planta baja N° 2,
Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
Entrada es libre

Para quitar el nombre de la lista de distribución de correo, responda este mensaje escribiendo "baja" en el asunto.

Si tiene preguntas o comentarios,

escríbanos un correo electrónico a la siguiente dirección: instituto@yrigoyen.gov.ar

www.yrigoyen.gov.ar

8.3.08

IL MITO DI ANTIGONE NELLA SINISTRA ANTAGONISTA

Per Giuseppe Bailone (Universita Popolare di Torino)

In Germania
Ottobre 1977: nel carcere di Stammheim presso Berlino ci sono tre cadaveri di cui diverse città tedesche rifiutano la sepoltura.
Sono i giorni del rapimento e dell’assassinio di Martin Schleyer, presidente degli industriali tedeschi, del dirottamento aereo di Mogadiscio.
I tre cadaveri (assassinio o suicidio?) sono dei detenuti del gruppo Baader-Meinhof.
La Germania rivive la tragedia della mitica Tebe.
Ritorna il divieto di Creonte.
Ritorna anche, aggiornata, la ragione politica di quel divieto: la democrazia non può rispettare i diritti di chi non li rispetta e l’aggredisce con le armi.
Ritorna anche Antigone?
Ritorna, sostiene Rossana Rossanda, in un saggio del 1987, ma è “un’Antigone di silenzio (…) perché oggi non soccorrono più le leggi che sono sacre sottoterra”.
Il venir meno delle leggi divine, travolte dalla secolarizzazione moderna, avrebbe ridotto al silenzio Antigone.
In realtà, Antigone non tace.
Il film collettivo Germania in autunno (1978) di Böll, Fassbinder, Kluge, Schlöndorff ed altri, presenta un quadro tedesco in cui Antigone si fa sentire ed il potere non è tutto allineato dietro le posizioni di Creonte.
Il sindaco socialdemocratico Manfred Rommel decide rapidamente, senza consultare il consiglio comunale, di aprire il cimitero di Stoccarda a quei corpi. Vuole evitare, dice, che la Germania discuta per settimane o mesi su quella sepoltura.
Agisce in lui un’esperienza eccezionale: il padre, “la volpe del deserto”, coinvolto indirettamente nell’attentato a Hitler del 20 luglio ’44 e costretto a scegliere tra l’arresto per alto tradimento e il suicidio, si uccise col cianuro ed ebbe solenni funerali di Stato. Il giovane Manfred vide gli onori funebri di Eteocle resi al padre che aveva evitato col suicidio la sorte di Polinice.
Germania in autunno ripropone quei funerali in posizione centrale, tra quelli dell’Eteocle Martin Schleyer, in apertura, e quelli dei Polinice di Stammheim, in chiusura.
Rimandano alla mitica Tebe anche altre parti del film: nei dialoghi di Fassbinder con l’amico Amin e con la madre ritorna più volte la discussione sull’aggiornata ragione del divieto di Creonte.
Un esplicito ed ampio riferimento del film all’Antigone è l’episodio di Schlöndorff: una versione televisiva della tragedia di Sofocle, a firma di Böll, già pronta per andare in onda in un programma dal titolo “I giovani incontrano i classici”, viene rinviata a tempi meno agitati e sostituita con un adattamento del De bello gallico: Sofocle appare pericoloso in quel clima (“non è consolante, dice uno dei censori, sapere che già nel quinto secolo avanti Cristo c’erano terroriste in azione”).
Antigone può compiere il suo rito, ma le sue parole vengono censurate dal potere televisivo.

In Italia
Nei primi anni ’80, nasce la rivista Antigone ad opera di un gruppo di giuristi, sociologi e giornalisti che si battono contro le leggi speciali e le procedure d’emergenza nella lotta al terrorismo. Intorno alla rivista nasce una organizzazione oggi ancora attiva.
Il ritorno di Antigone in Italia, però, risale al 1969.
Nel film I Cannibali di Liliana Cavani, Milano si presenta con le strade e le piazze sparse di cadaveri di una rivolta giovanile. Ci sono cadaveri anche sui treni della metropolitana. La gente passa frettolosa ed indifferente evitando ogni contatto con quei corpi perché lo Stato (una specie di orwelliano 1984 capitalista) ne proibisce la rimozione e la sepoltura con la pena di morte. La televisione parla della rimozione dei cadaveri in termini di sottrazione e di furto di corpi dello Stato. Antigone, così si chiama la protagonista, decide, contro la legge, di dar sepoltura al cadavere del fratello contestatore. Tiresia, un giovane che parla, pochissimo, una lingua sconosciuta e disegna sui muri un pesce, l’aiuta nel gesto di pietà e di rivolta. Sepolto il fratello, essi continuano a dar sepoltura ai cadaveri. Il potere li arresta, ma non riesce a stabilire con loro alcun dialogo. Antigone, “la ragazza che ha osato rubare i corpi al popolo”, massacrata dalla polizia, non parla più e non sente le parole che le vengono rivolte. Il suo fidanzato Emone, scosso dallo stato in cui l’ha ridotta la polizia, si ribella al padre, primo ministro, e va a seppellire i morti. Subito arrestato, reagisce abbrutendosi: chiude ogni rapporto col padre dicendogli di voler diventare un animale e mettendosi a quattro zampe. La rivolta dei ragazzi, iniziata “rubando” corpi allo Stato, tocca, poi, l’ordine familiare e la repressione sessuale ed assume una radicalità estrema, indomabile, per la chiusura di ogni comunicazione. Antigone viene fucilata nella pubblica piazza insieme al suo amico Tiresia. “L’ordine è ristabilito” dice il comandante militare ad esecuzione avvenuta. Proprio allora, però, la loro ribellione diventa contagiosa e molti cominciano a raccogliere pietosamente i morti.
Liliana Cavani denuncia il sistema capitalistico che s’impadronisce delle persone ed arriva a considerare cosa propria anche i cadaveri dei ribelli. Indicando nella pìetas di Antigone la risposta, introduce un elemento originale negli sviluppi del movimento degli studenti che sta assumendo caratteri politici ed anticapitalistici sempre più netti.
Un’Antigone contestatrice sessantottina, però, non è più Antigone.
Solo nei versi 482-83 della tragedia di Sofocle la contestazione studentesca può trovare qualche cosa in cui riconoscersi: è l’insolenza di vantarsi e gioire della trasgressione che irrita profondamente Creonte.
La contestazione di Antigone non è antiautoritaria e libertaria come quella sessantottina, ma è in nome della superiore autorità degli dei.
La critica radicale dell’istituto familiare molto diffusa tra gli studenti, l’agire in massa e la passione politica degli studenti tengono lontana Antigone. La tensione emotiva, etica e religiosa di Antigone non assomiglia alla passione politica libertaria, festosa e, talvolta, violenta che si diffonde rapidamente tra gli studenti: Antigone, dopo il rifiuto della sorella, agisce da sola, con determinazione ma senza violenza; non si muove mai con prudenza politica, ma con la radicalità di chi si sente investita di un compito assoluto; non cerca la propria realizzazione nella lotta e non misura le forze. Il suo estremismo è di natura etica e religiosa, ben diverso da quello passionale degli studenti.
Milano nel 1969 non è Tebe appena liberata da un assedio terribile e da una guerra fratricida per la famiglia reale. La lotta degli studenti, anche se non manca della pratica della violenza, non è una guerra e, soprattutto, non è finita: sta confluendo nella tradizionale e, socialmente, ben più ampia lotta operaia, con reciproci effetti d’influenza.
La strage di Piazza Fontana del 12 dicembre apre la lunga stagione del terrorismo con effetti di strisciante e parziale guerra civile.
Gli studenti si avvicinano ai tradizionali maestri del pensiero politico rivoluzionario e cominciano a vedere nella guerra partigiana una lotta interrotta che potrebbe riprendere; i contestatori si organizzano in formazioni che si dicono rivoluzionarie.
La contestazione diventa rivoluzione. Antigone si allontana sempre di più.

Antigone e la rivoluzione
La centralità della lotta di classe, l’accettazione ed anche l’esaltazione della violenza e dell’odio di classe fino alla rottura della solidarietà umana per una lotta in nome di una nuova umanità sono in aperto conflitto con la philìa di Antigone.
Antigone non è Polinice, né si è schierata a suo fianco nell’assalto al potere. In Edipo a Colono, ha accompagnato il padre in esilio e lo ha assistito con amore fino alla morte. Raggiunta da Ismene ad Atene, è venuta a sapere della lotta fratricida per il potere sulla città e dell’oracolo, secondo il quale avrebbe vinto chi fosse riuscito ad avere con sé il padre. Ha visto fallire Creonte nel tentativo arrogante di riportare Edipo a Tebe, prendendo in ostaggio le sue figlie. Liberata da Teseo, ha visto fallire anche Polinice, solo e supplichevole, nel tentativo di guadagnarsi l’appoggio del padre. Ha sentito il padre maledire i figli e predire la loro morte per mano reciproca. Ha visto Polinice, ormai certo di andare incontro alla morte, implorare da lei e da Ismene gli onori funebri. Ha cercato invano di convincerlo a fermarsi.
Le ultime parole di Antigone in Edipo a Colono ci dicono della sua volontà di tornare a Tebe e della sua speranza di fermare la strage dei fratelli.
Antigone compare, a Tebe, a guerra finita, per compiere un rito dei momenti di pace, dar sepoltura ai caduti e affidarli al regno dei morti.
Per Creonte, invece, la pace ha bisogno del cadavere di Polinice.
Creonte, a guerra finita, ha ancora l’animo in guerra e teme la sua ripresa. Antigone, che in guerra non c’è mai stata, non sopporta il suo prolungamento sui cadaveri.
Si apre un conflitto inconciliabile tra chi infligge una “seconda morte” al nemico ucciso e chi in quel corpo morto sente il proprio sangue.
Il diritto attico del V sec. nega ai traditori la sepoltura nei confini della patria, ma permette ai familiari di seppellirne le spoglie in terra straniera.
Perché Creonte sequestra il corpo di Polinice e lo tiene esposto in pasto ai cani e agli uccelli, vergogna orribile a vedersi?
Se, come sostiene Giovanni De Luna, la seconda morte parla dell’uccisore, “ne smaschera pulsioni istintive e scelte ideologiche, ne svela le intenzioni più recondite” , che cosa dice l’editto di Creonte?
Rossana Rossanda segnala la signoria “incompleta” di Creonte (successore al potere non per sangue ma perché fratello di Giocasta) e la sua paura che altri potenti possano alimentare la rivolta, indicandolo come usurpatore e sobillando con denaro i cittadini.
Acquisito il potere con la morte dei figli di Edipo, egli cerca di consacrarlo con gli onori al corpo di Eteocle, assunto a protettore della città, e con la seconda morte di Polinice, il cui corpo viene profanato con l’esposizione ai cani e agli uccelli, ma anche alla vista dei cittadini come pericolo in decomposizione.
Il potere di Creonte non si ferma davanti alla morte: si afferma anche sui due cadaveri e li usa a proprio sostegno e difesa; non li cede al regno dei morti dove per le leggi di Ade tornerebbero ad essere figli della stessa madre.
E’ la paura di perdere un potere insicuro che spinge Creonte a prendere decisioni opposte sul cadavere di Polinice: prima lo vuole insepolto, poi, messo in crisi dalla disobbedienza di Antigone e spaventato da Tiresia, decide di seppellirlo lui stesso, rendendogli, di fatto, onori pubblici.
Due opposti interventi del potere sul corpo del nemico ucciso.
Entrambi fuori misura. Per paura. Ad integrazione della legittimazione del proprio potere avvertita come insufficiente.
Anche nella decisione delle città tedesche del ’77 è evidente la paura e il bisogno di riconsacrare un potere messo in crisi.

La rivoluzione imita Creonte
Ma, ad imitare Creonte, negli anni Settanta, non sono solo le autorità costituite. Anche le forze della rivoluzione, nel loro assalto al potere, onorano i propri caduti e profanano la morte dei nemici.
L’11 aprile 1972 viene ucciso dai guerriglieri dell’ERP in Argentina Oberdan Sallustro, dirigente della Fiat Concord. La direzione torinese della Fiat fa affiggere migliaia di manifesti di cordoglio nelle sue fabbriche ed invita ad una fermata di cinque minuti.
Il neonato quotidiano Lotta Continua esalta, in prima pagina, il sabotaggio dell’iniziativa Fiat da parte degli operai che strappano i manifesti della Fiat e contrappongono al morto dei padroni i loro molti morti sul lavoro e, a pagina due, titola “Padroni in lutto per Sallustro giustiziato”.
Il giorno dopo, in prima pagina, un operaio Fiat intervistato dice: “Siamo stufi che la stampa, la radio e la TV facciano tanto casino per Sallustro e non dicano una parola su tutti i nostri compagni assassinati dal padrone in fabbrica (…) La morte di Sallustro è stato un invito a nozze per gli operai Fiat”.
Il 15 aprile, il giornale pubblica una fotografia di un manifesto di cordoglio della direzione Fiat imbrattato con due scritte di commento “operaio”: “Amen” in alto e “Non avete capito che vi vogliamo morti tutti?” in calce.
L’atafìa della mitica Tebe ritorna in termini rovesciati: non è Polinice ad essere tenuto insepolto dal divieto del potere, ma sono le forze della ribellione-rivoluzione che cercano di sabotare i funerali solenni di Eteocle.
La foto si trova all’interno di un commento dal titolo “Sallustro in Italia e la guerra di classe”, che conclude:
“Quando uno sfruttatore crepa, noi non ci commoviamo. Ma il problema non è qui. Il problema è quello di una guerra inconciliabile, in cui ogni atto, ogni avvenimento va misurato con la necessità della vittoria (…) L’esecuzione di Sallustro è stata la giusta prosecuzione militante di un movimento di massa forte, cosciente, contro cui il potere imperialista scatena tutto il suo feroce armamentario. Non è stata un’azione disperata, né una scorciatoia rispetto alla strada maestra della lotta di massa. Così l’hanno vista, così la fanno propria i proletari anche in Italia”.
Il 18 aprile Adele Cambria, direttrice responsabile del giornale ma non allineata politicamente con Lotta Continua, esprime il suo dissenso con una lettera ai “Cari amici di Lotta Continua”.
Spiega: “Dico amici e non compagni, perché, per la mia estrazione e per la mia pratica di vita borghese non voglio arrogarmi un “titolo” che non mi spetta”. Poi dice di aver “letto con dolore” quanto scritto dal giornale sulla morte di Sallustro; si dice convinta che la morte di un uomo non possa essere un invito a nozze per nessuno, che non sia stato l’ERP ad uccidere Sallustro ma la Fiat, “la stessa azienda che uccise Gaetano Milanesio, folgorato alla linea delle 5oo”.
Il giornale aveva, l’11 aprile, dato notizia di due morti: quella del giovane operaio Milanesio, per infortunio, e quella del generale argentino Juan Carlos Sanchez, ucciso da guerriglieri, con i titoli: “Un altro omicidio alla Fiat” e “Argentina: un altro boia giustiziato”.
Due morti divisi da una politica di guerra.
La discriminazione dei morti viene respinta radicalmente da Cambria anche con l’intero addebito della loro responsabilità alla Fiat.
Lotta Continua risponde: “Adele parla, e giustamente, del rovesciamento della cultura dominante. Ma ne fa un mito, e non riesce a vedere come già oggi una concezione del mondo nuova venga avanti con forza dalla lotta proletaria (…) Certo, nelle idee dei proletari, non tutto è giusto, non tutto è autonomo (…) Ma questo è sempre meno vero. Se nella risposta politica degli operai Fiat (…) si vede lo stesso cinismo, la stessa crudeltà con cui i padroni esercitano la loro violenza, non si capisce niente”. Insomma, gli operai non parlano di “umanità” “perché non hanno nessun privilegio da mascherare dietro le grandi parole interclassiste”, ma dalla loro lotta, anche violenta, nasce un nuovo vero umanesimo. E si approva non solo l’assassinio dell’ERP, ma anche l’azione degli operai Siemens “che hanno riportato in fabbrica di forza il loro compagno arrestato e licenziato per aver espresso solidarietà col sequestro di un dirigente aguzzino”. Conclude: “Senza mezzi termini: la “cultura” proletaria non ama i fronzoli, e ama solo le distinzioni essenziali”.
Lotta Continua è convinta che la guerra civile stia per cominciare: il primo numero del quotidiano si apre, l’11 aprile, con il titolo a tutta pagina: “Così i padroni e la DC si preparano alla guerra civile contro i proletari”; domenica 23 aprile, in terza pagina, titolo a tutta pagina: “Compagni partigiani tornate al vostro posto”.
18 maggio: “La posizione di Lotta Continua” sull’uccisione di Calabresi conclude: “un atto in cui gli sfruttati riconoscono la propria volontà di giustizia”.
21 maggio: nuova lettera di Cambria che esprime per il caso Calabresi la stessa totale disapprovazione del caso Sallustro e si dimette, ormai carica di denuncie quotidiane, dalla direzione del giornale. Lotta Continua la ringrazia esaltandone il coraggio e l’onestà, ma dicendo che “non è marxista” e che “politicamente è molto lontana da noi”.
Lo scontro tra Antigone e Creonte rivive tutto interno alla sinistra antagonista.

Antigone e la lotta armata.
Durante i funerali dei morti di Stammheim, von Trotta incontra Christiane Ensslin, sorella di Gudrun, la donna del gruppo, e ne resta così impressionata da ispirare a lei ed al suo difficile rapporto con la sorella Anni di piombo (1981). Il film non fa riferimenti espliciti all’Antigone, ma il pensiero che la scelta estrema della lotta armata abbia qualche legame con la disobbedienza nobile ed inflessibile dell’eroina tebana può essere suggerito da più di una scena in cui l’amore conflittuale delle sorelle Ensslin ricorda quello delle figlie di Edipo.
I dirigenti della televisione tedesca decidono di congelare l’Antigone di Böll per timore che si veda nell’eroina di Sofocle una terrorista ante litteram
Rossana Rossanda non esita ad annodare l’Antigone alla lotta armata. E scrive: “Il delitto politico, a differenza di quello comune, si vuole portatore di un’etica, «più giusta» di quella dello stato perché in qualche modo «palingenetica», vicina alle «leggi non scritte», come è in ogni fase prima ed estrema d’una rivoluzione. (...) La macchina politico/sociale è violenta, ma ammette soltanto un «non violento» modo di essere contestata. (…) Le Antigoni dei nostri giorni non contrappongono violenza a tolleranza, ma una violenza che credono liberatrice ad un’altra, meno visibile ma non per questo meno sterminatrice”.
“Quando il sangue comincia a scorrere per determinazione cosciente e rivendicata di alcuni invece che per il meccanismo astratto dei poteri, il conflitto fra morale e morale politica assume gli accenti tragici dei greci. Si contrappongono non più due idee del governo, ma due «morali» che si pretendono esaustive, e negatrici l’una dell’altra: quella che si definisce «rivoluzionaria» e, come Antigone, si autorizza durissima «per amore», e quella opposta che la bolla come agire criminale – reazione che va molto al di là degli interessi costituiti, tende a rifondare una sacralità dello stato”.
Ma, la disobbedienza di Antigone muove le sue mani a raccogliere un po’ di polvere ed a versare libagioni per una sepoltura simbolica, non ad impugnare le armi.
La lotta armata rivoluzionaria, invece, imita Polinice e arriva all’uso politico dei cadaveri alla maniera di Creonte: il rapimento di Moro, momento più alto della parabola delle Brigate Rosse, si conclude con un uso estremo del cadavere, fatto trovare in una posizione carica di significato politico.

Antigone e la svolta pacifista
La recente svolta pacifista sembra che avvicini l’antagonismo di sinistra ad Antigone, ma resta una distanza decisiva: se l’impegno per i diritti umani e l’abbandono della violenza avvicinano Antigone, la giustificazione storicistica della svolta è in aperto contrasto con il riferimento alle leggi non scritte, eterne e senza tempo di Antigone.
Marco Revelli, che insieme a Fausto Bertinotti e a Lidia Menapace, pone nel 2004 le basi teoriche della svolta pacifista del partito della Rifondazione Comunista, spiega che “la profonda cesura consumatasi (…) nel densissimo spazio temporale che va dalla caduta del muro di Berlino alla caduta delle Torri” impone ai marxisti di “lasciarsi trasformare” in senso non violento e pacifista.
L’avvicinamento alla pìetas umanitaria avviene per le “dure repliche della storia”, mentre Antigone guarda al cielo e all’eternità, all’assoluto.
Divinizzazione dell’attualità, in Revelli pacifista, trionfo del divino e dell’eterno sull’attualità, in Antigone. Storicismo da una parte e apertura della storia alla trascendenza dall’altra.
Marco Revelli ricorda Trotzkij e la sua apologia del terrore rivoluzionario che non ha retto alla “prova del tempo” e che la storia consegna e chiude nel passato. Ricorda l’intima lacerazione di Rosa Luxemburg (“nella mia parte più intima, appartengo più alle cinciallegre che ai compagni”), che, soffocata a suo tempo dai compiti imposti dalla storia, potrebbe riemergere con forza nella nuova condizione storica, liberata dalle “paralizzanti ipoteche novecentesche”: “la frattura di classe non scompare, certo, ma si relativizza di fronte alle minacce globali”; “il confine dell’antagonismo (…) spacca il nostro io”.
Il passo dalla centralità della lotta di classe a quella del “corpo a corpo con noi stessi” è molto lungo. Dietro l’intima ed umanissima Rosa Luxemburg che riemerge dai soffocanti compiti storici, si potrebbe presentare l’ombra di Antigone. Lo storicismo, però, la tiene lontana.

Antigone e i diritti umani
Certo, nella sinistra antagonista, la cultura storicista marxista non è la sola cultura: non mancano filoni di utopismo religioso e/o giusnaturalistico che avvicinano alle leggi non scritte di Antigone. Si tratta di filoni che aumentano di peso a partire dalla fine degli anni ’70, quando l’attenzione al dissenso dei paesi del socialismo reale e la crescente sensibilità per i diritti umani rilancia il giusnaturalismo, della cui lunghissima storia la trasgressione di Antigone rappresenta la stazione di partenza.
Rossana Rossanda sostiene, però, che Sofocle non ci autorizza a leggere Antigone “come modello dei «diritti umani» contro una «perversità autoritaria dello stato»”, perché questa tematica nascerebbe solo con la rivoluzione francese.
Lo storicismo marxista non permette alla Rossanda di avvicinarsi al giusnaturalismo e di vederne gli elementi di continuità profonda che portano ad Antigone.

“Laicità” dell’Antigone
Rossana Rossanda vede, invece, bene che il tema centrale della tragedia di Sofocle è “il come e fin dove del governo degli uomini. Quale ha da essere il patto che li lega? Quale il limite che questo patto non può varcare? Quale il rapporto tra l’autorità e il consenso?” Ritiene “che il ricorrere di Antigone nella cultura moderna venga da questa natura problematica e integralmente laica della tragedia”.
L’Antigone sarebbe “laica” perché in essa “gli dei non ci sono, non intervengono”.
“E’ come se nei figli di Edipo il destino giocasse le sue carte con mano leggera: a lui, Edipo, non era stato dato di scegliere, tutto gli era stato predisposto alle spalle, in modo che confuso, non sapendo, prima sbagliasse e poi ossessivamente cercasse l’errore. Eteocle, Polinice, Ismene e Antigone no: hanno in tempo una possibilità di scelta”. “Il margine fra l’io e il destino è aperto in tutta l’Antigone”. “Tutte le alternative sono chiare e aperte fino all’ultimo, e il phrónēma, un pensare – di Creonte, di Antigone – potrebbe evitarle”. “ Tutto nasce da volontà terrene”.
Rossanda ha ragione: tutto resta aperto fino all’ultimo e molte cose cambiano.
Creonte, sia pure tardivamente, esce dalla sua primitiva posizione e fa lui stesso, con le sue stesse mani, quel che aveva vietato.
Ismene prima si tira indietro, ma, quando vede la sorella compromessa, vuole generosamente condividerne la sorte.
Il coro passa da un’accettazione rassegnata, ma non convinta, ad una sempre più netta disapprovazione di Creonte.
L’azione di Antigone provoca radicali ripensamenti ma lei sembra non avvertirli o, addirittura, respingerli. Nel primo colloquio con Ismene, non avendo ottenuto la sua collaborazione immediata, rifiuta l’aiuto che potrebbe arrivare da un suo possibile ripensamento.
Non pratica e non tollera tempi di riflessione.
Il tempo matura i frutti della sua azione, ma per Antigone nulla cambia mai e si sente sempre sola. Non ha fiducia in nessuno e non spera nulla.
La protagonista di una tragedia problematica, aperta, non rivede il proprio rapporto con gli altri e non vede i ripensamenti che promuove.

Il rito, il simbolo e la lotta politica
Antigone compie due volte il rito di sepoltura contro il divieto di Creonte.
Non si ferma al primo rito rimasto nell’ombra.
Compiuto il dovere rituale, potrebbe evitare la pena della lapidazione. Perché ripete il rito allo scoperto, quando il sole è più alto in cielo e sembra fermarsi?
Forse, perché le guardie hanno tolto la polvere e rimesso a nudo il cadavere di Polinice? Ma l’intervento delle guardie non può annullare il valore rituale della prima sepoltura, né Antigone può pensare di mettere al riparo dalle fiere e dai rapaci il cadavere del fratello con una manciata di polvere e con le libagioni rituali, come fa la seconda volta.
Antigone compie un gesto rituale, ma anche simbolico.
Il simbolo si mostra e chiede riconoscimento.
Nel primo incontro con la sorella, Antigone respinge il suo invito a non svelare a nessuno il suo progetto e le impone di denunciarlo apertamente.
Davanti a Creonte presenta il suo atto come consapevole ed aperta trasgressione di un divieto ingiusto
Antigone apre una battaglia politica, non si limita a compiere il suo dovere familiare, il rito funebre.
Il prodigioso uragano di terra dà al secondo rito funebre forte risalto, accentuato dal sole che sembra fermarsi a guardare.
Le guardie, togliendo la polvere, cancellano il simbolo del primo gesto di Antigone. Creonte lo deforma qualificando il rito come frutto di corruzione venale.
Si apre un conflitto di significati. Antigone contesta il potere di Creonte di fare un editto che impone la trasgressione di una legge divina: non può limitarsi ad un’infrazione clandestina dell’editto che darebbe indirettamente dignità morale all’editto.
Al sovrano Antigone impone ragioni di coscienza religiosa e di nobiltà morale. Dalla clandestinità vergognosa il suo atto emerge a sublimità morale.
A Creonte parla dall’alto al basso ed al suo potere contrappone la stabilità delle leggi divine senza tempo e senza bisogno di scrittura.
La scrittura è uno dei prodigi umani, cantati dal coro, ma segnato dal carattere mortale e non divino dell’uomo. Ha inizio nel tempo e finisce nel tempo. Non vince il tempo. La scrittura delle leggi diventa il segno della loro instabilità, mutabilità, del loro nascere e morire.
Antigone respinge la solidarietà di Ismene che, con generoso slancio, non esita a condividere la sua condanna a morte. Il suo le sembra solo un amore “a parole”: non ha, fin da subito, agito con lei; le ha consigliato di compiere il rito nell’ombra (di non farne una battaglia politica).
Antigone vuole fatti pubblici, politici, simbolici.

La conversione di Creonte
Lo scontro con il figlio spinge Creonte prima al delirio e, poi, al ripensamento.
Emone manifesta rispetto al padre ma gli rivela che la città sta con Antigone. Gli consiglia di non essere ostinato e di riflettere sulla necessità, per chi governa, di tenere conto di quel che pensa la città.
Rossana Rossanda vede in Emone colui che “esprime il maturare della coscienza ateniese all’età di Pericle”, “il personaggio più moderno, il solo che ponga per terra e fra gli uomini il fondamento della legittimità”.
Creonte, sempre più solo, non accetta i consigli filiali di saggezza ed ordina che venga portata Antigone per ucciderla davanti al figlio, ma la fuga di Emone neutralizza il suo delirio.
Creonte decide di chiudere viva in una grotta Antigone, dandole solo il cibo necessario per evitare alla città la contaminazione per empietà.
E’ questa la terza e definitiva forma che assume la condanna, dopo la lapidazione pubblica, prospettata in apertura, e dopo la minaccia di ucciderla davanti ad Emone
Antigone ha vinto lo scontro politico e simbolico: Tebe è ormai con lei.
La sconfitta simbolica impedisce a Creonte di realizzare la primitiva condanna, che offrirebbe al simbolo vincente una visibilità esaltata.
La fuga irata di Emone gli sottrae anche la possibilità di ucciderla nel delirio davanti al figlio. La disperazione lo spinge a chiuderla viva nella tomba, per ricacciarla definitivamente nella clandestinità da cui è emersa con la seconda sepoltura.
La pena è terribile ma non è la morte: scelga lei, dice Creonte, se morire o, pregando Ade, ottenere di non morire.
Sepolta con il simbolo, resta a lei la scelta estrema.
Lo scontro con Tiresia rompe le ultime resistenze del tiranno.
Creonte riconosce il suo errore e decide di liberare lui stesso, con le sue mani, Antigone e di seppellire Polinice, convinto ormai “che la cosa migliore sia terminare la propria vita osservando le leggi stabilite”.
Seppellisce Polinice, ma è tardi.
Il suicidio di Antigone provoca, a catena, quelli di Emone e di Euridice e rende irreparabile e catastrofico l’errore politico, morale e religioso di Creonte.
Antigone, che non ha previsto la conversione di Creonte avviata dal suo gesto e non ha sperato in Emone, è morta senza accorgersi di aver vinto la sua solitaria battaglia politica.

Perché Antigone si uccide?
Ha investito tutta se stessa nel simbolo di cui è diventata l’incarnazione e, quando il simbolo, ormai vincente, viene sepolto nel buio e nel silenzio della grotta, decide di morire con esso e si uccide.
Ha affrontato la prospettiva della lapidazione per difendere un simbolo, ma non riesce a continuare a vivere quel poco che le condizioni della sepoltura le consentirebbero quando al simbolo viene tolta ogni visibilità. L’alienazione simbolica, il trasferimento della propria umanità nel simbolo di cui si mette al servizio, è totale. Senza simbolo non può continuare a vivere affidandosi ad Ade, o sperando che i frutti della sua azione maturino. Consuma l’estrema possibilità di scelta per uccidersi e perdersi con il suo simbolo.
Muove da principi indiscutibili e li rappresenta con tutta la forza di cui è capace. Inflessibile, non prende minimamente in considerazione le ragioni di Ismene, ne disprezza l’umana debolezza e ne respinge subito la possibilità che cambi idea e partecipi all’impresa. Agisce per il bene della città, ma non ha fiducia in essa e, neppure, nei familiari. Vive la battaglia politica come dovere morale e religioso della sua coscienza solitaria.
Creonte parte da posizioni politiche fuori misura, ma si ravvede e ritorna alle leggi religiose tradizionali per salvare la famiglia e la città. E’ un politico arrogante, insicuro, tirannico, ma capace di flessibilità politica.
Il martirio conclusivo ed oscuro, senza testimoni, di Antigone vanifica tutto il travaglio di pentimento che ha provocato in Creonte.
Il suicidio-martirio di Antigone resterebbe del tutto ignoto se non intervenissero Emone in soccorso, non sperato, e Creonte, pentito non previsto.
Muore ridotta a simbolo, ma sono gli altri a dare significato al suo gesto estremo.

Un breve cedimento
C’è, però, un passo, sulla cui autenticità i commentatori si sono divisi, in cui Antigone si riprende la sua umanissima soggettività, immediatamente prima di essere chiusa nella caverna tombale.
E’ un momento di cedimento, di smarrimento della funzione che si è assunta e in cui si è ormai totalmente identificata: non sono più le leggi divine, non scritte e senza tempo, la ragione del suo comportamento, ma una ragione personalissima e un po’ in delirio, la disperazione di non poter riavere un altro Polinice dai genitori.
Privata del simbolo in cui s’identifica e che sta per essere chiuso al mondo, si ritrova per un attimo sola con se stessa. Dalla solare donna simbolo di valori universali si stacca un oscuro residuo di umanità estremamente particolare.
E’ però un breve cedimento. Antigone si riprende subito e si congeda, ricordando alla città di essere la sola rimasta della stirpe regale e di soffrire per aver onorato la pietà.
Si richiude nel simbolo con orgogliosa fierezza e va a morire con esso.
Si porta, però, con sé l’intera eredità di sangue di Laio. Cancella la sorella Ismene dalla famiglia reale e sferra un insidiosissimo attacco al potere di Creonte: indirettamente, infatti, evidenzia la sua parentela non di sangue con la famiglia reale e l’empietà, due forti appigli per la stàsis, la rivolta che sempre cova nella vita delle città greche.
Il coro finale sentenzia: la saggezza s’impara con la vecchiaia, con i duri colpi che umiliano i prepotenti.
Creonte, sbagliando gravemente, impara la lezione.
Antigone, aggrappata a leggi eterne, non sa muoversi nel tempo, non ha dubbi né pause di riflessione, agisce impaziente, determina il corso delle cose, ma non dà tempo ai frutti della sua azione di maturare. Rovina se stessa, la famiglia e la città. Dissipa il bene che, senza crederci, ha prodotto.
Senza crederci. Perché Antigone non solo disprezza l’arrogante tiranno, ma anche l’umanissima sorella. Non ha nessuna fiducia nella città, negli altri, neppure in Emone. Crede solo in se stessa ridotta a simbolo.

Pietà e spietatezza
La sinistra antagonista, col suo storicismo, si chiude nella storia e si perde in essa, cercandone il senso nei suoi eventi epocali, Antigone si colloca interamente al di sopra e al di fuori della storia, con rovina sua e degli altri.
Sembrano opporsi diametralmente, ma nella storia della sinistra antagonista non mancano momenti di alienazione simbolica, di azione dimostrativa, antipragmatica ed incurante dei risultati effettivi.
Lo storicismo non tiene lontano il “male” antigoniano, ma se lo porta dentro, sostituendo alle leggi eterne la missione storica, sul cui altare vengono bruciati principi di solidarietà umana, compiti familiari, rapporti di amicizia e le persone in carne ed ossa. La militanza rivoluzionaria come radicale scelta di vita riduce molte persone a funzionari della rivoluzione; molti obiettivi sono perseguiti per il loro valore simbolico, indipendentemente o, anche, contro la loro opportunità politica.
L’uccisione di Moro è un gesto di forte alienazione simbolica: arrivate al “cuore dello Stato”, fallito lo scambio con i prigionieri che avrebbe legittimato la loro pretesa di essere trattati da pari dal potere, le Brigate Rosse non sanno fare un passo indietro e si tengono quel cuore uccidendolo.
Anche la posizione di Lotta Continua sul delitto Calabresi ha i tratti dell’alienazione simbolica: costruito il simbolo negativo con una lunga e martellante campagna, Lotta Continua vede realizzata nella liquidazione omicida di quel simbolo la volontà di giustizia degli sfruttati.
Resta una differenza: Antigone s’irrigidisce in simbolo per pietà, la rivoluzione degli anni Settanta s’impone invece, per promuovere l’avvento di una futura ed autentica umanità, il dovere della spietatezza, dell’uscita dai confini della comune umanità.

Giuseppe Bailone


Università di Torino e Centro Studi sul Teatro Classico

8-9 novembre 2007


Relazione al convegno
Antigone
immagine di un enigma
da Sofocle alle Brigate Rosse