27.8.06

Claves para entender a Günter Grass


Por Ariel Dorfman


La primera vez que conocí a Günter Grass nos peleamos furiosamente. Fue en marzo de 1975, si no recuerdo mal, que lo visité en su hogar cerca de Hamburgo, una amplia casa rural que daba a un río más plácido de lo que iba a ser, por cierto, nuestra tormentosa relación.

Al principio, todo anduvo sobre ruedas. Me había traído a ese lugar su gran amigo Freimut Duve, eminente editor, defensor de los derechos humanos y diputado alemán socialdemócrata por aquel distrito. Mientras Grass cocinaba una suculenta sopa de pescado –¡ya me habían advertido que era un gran cocinero!– hablamos sobre su obra y la influencia descomunal que había tenido su Trilogía de Danzig en mi propia producción. De a poco, fui deslizando el motivo, menos literario, por el cual yo había buscado este encuentro. Había viajado desde el París de mi exilio –providencialmente, como se verá, con mi mujer Angélica– para proponerle a Grass que prestara su firma a una campaña en defensa de una cultura chilena amenazada por Pinochet que habíamos armado con García Márquez, Cortázar, Rafael Aberti y Matta, entre muchos otros artistas e intelectuales. Ya se había matriculado Heinrich Böll y pensaba que no sería difícil convencer a este otro gran escritor alemán de que nos otorgara su entusiasta adhesión.

Cuando terminé mi exposición, sin embargo, se quedó callado un largo rato. Enseguida, le puso una tapa a la olla, bajó el gas para que se fuera guisando aquel bouillabaise tedesco con toda la lentitud que se merecía, y se fue a contemplar unos hermosos bosquejos que estaba dibujando.

Al levantar la vista, noté en sus ojos un sorprendente resplandor de cólera. Y dijo: “¿Por qué no quieren asistir los compañeros socialistas chilenos a la reunión en defensa de los patriotas checos que se hará en Francia este verano?”.

Yo le expliqué que, por mucha simpatía que tuviéramos muchos demócratas chilenos por la Primavera de Praga y la lucha de los disidentes checos, era políticamente inviable manifestar tal predilección en forma pública. Hubiera significado una ruptura con los comunistas chilenos en un momento en que ellos formaban parte –más aún, eran la espina dorsal– de la resistencia a la dictadura, tal como habían sido pieza clave y leal durante el gobierno de Salvador Allende.

Mi aclaración no logró aplacar a Günter Grass. Para él, los soviéticos habían intervenido en Checoslovaquia con el mismo afán imperial que los norteamericanos en Chile y era crucial denunciar simultáneamente a los dos superpoderes, unirse en la defensa del socialismo democrático, seguir buscando un modelo económico y social que rompiera con los grandes bloques hegemónicos. Y cuando yo respondí que para sacarnos a Pinochet de encima no podíamos perjudicar el indispensable apoyo de la Unión Soviética, junto al de sus aliados, el autor de El tambor de hojalata, no quiso dirigirme más la palabra. Por suerte, había quedado seducido con el encanto de mi mujer y dedicó el resto de nuestra visita a conversar animadamente con ella. Comenté más tarde con mi amigo Freimut que, de no haber estado Angélica presente, Grass seguramente me hubiera expulsado de su hogar. Al despedirse, eso sí, me lanzó unas palabras finales:

–Cuando algo es moralmente correcto –dijo–, hay que defenderlo sin preocuparse de las consecuencias políticas o personales que vamos a pagar. Pienso ahora, treinta años más tarde, en esa admonición perentoria que me espetó. Sería fácil devolvérsela con altivez, echarle en cara sus propias fallas éticas a ese hombre que me había exigido rectitud insobornable, preguntarle hoy con qué derecho trataba de darme lecciones de honradez alguien que escondía en ese mismo momento su propio pasado nazi. Esa ha sido, por lo demás, la reacción de la mayoría de los comentaristas.

Aunque tal indignación me parece comprensible, sospecho que es también intelectualmente peligrosa y hasta un poco holgazana. Porque yo no creo que el hecho de que Günter Grass haya ocultado durante casi toda su vida su participación en las SS de Hitler invalide sus posteriores posturas morales o políticas. Tenía razón en sus juicios sobre Alemania y la amnesia que la aquejaba. Tenía razón en su defensa de la Revolución Sandinista. Tenía razón de que la reunificación de su país debió haberse llevado a cabo de otra manera. Tenía razón de que es necesario recordar a las víctimas alemanas de los bombardeos durante la Segunda Guerra Mundial. Y tenía razón también en el caso particular que llevó a que nuestro primer encuentro fuera tan desafortunado. Yo mismo se lo hice saber unos años más tarde cuando coincidimos en La Haya para una conferencia literaria, y se lo reiteré en varias ocasiones en las décadas siguientes: los socialistas chilenos deberíamos haber abrazado la causa de los disidentes de los países comunistas con mayor arrojo e integridad y yo mismo, como escritor, tenía una obligación adicional de plantearme a favor de la libertad, dondequiera que se viese vulnerada.

Tenía razón Günter Grass, sí, pero todos estos años me quedó dando vuelta otra pregunta más enigmática: ¿por qué tanta furia frente a lo que era, después de todo, una legítima diferencia de opiniones? ¿Por qué tanta cólera? ¿Acaso la rigidez de sus planteamientos tan categóricos no contradecía la ambigüedad maravillosa de sus personajes, la riqueza promiscua de su prosa?

Ese es el misterio que las revelaciones sobre el pasado de Grass permiten ahora ir –tal vez, tal vez– develando. ¿No es posible que fuera precisamente ese joven nazi, ese culpable alter ego adolescente, el que demandaba a su encarnación adulta que nunca más se permitiera una posición que no fuera transparente, definitiva, éticamente tajante? ¿No explica eso tanto arrebato, tanta efervescencia, tanta certeza?

Claro que hay que tener cuidado. Si algo nos enseña la obra literaria de este autor gigante es que somos seres complejos y paradójicos y probablemente indescifrables. No sería justo que termináramos reduciendo toda la vida de un escritor tan magníficamente múltiple a los mensajes que sin duda le fue susurrando a lo largo de su existencia aquel ser pretérito, maligno e inocente, que seguía pernoctando en su oscuro interior, ese pasado suyo que Günter Grass nunca pudo, creo yo, perdonar.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Günter Grass es uno de los grandes narradores de este fin de siglo, uno de los que mejor encarna ese cruce de caminos que eligieron los novelistas para captar la vasta y cambiante realidad de la posguerra. Porque las novelas de este alemán nacido en Danzig (Gdansk), en 1927, son relatos que ponen en juego sus ideas, sus impiadosas reflexiones sobre el pasado y el presente de Alemania. Desde El tambor de hojalata, publicada en 1959, su obra se ha convertido en un lacerante testimonio de un país desgarrado por las dramáticas circunstancias de la Segunda Guerra Mundial, los horrores del nazismo y la drástica división de su territorio.

El 30 de setiembre, Grass se enteró que había ganado el Premio Nobel de Literatura 1999 en su casa de Behlendorf, cerca de Lübeck. Luego de recibir la buena noticia, fue al dentista, porque señaló que "la vida continúa". "Esta vez me tocó a mí", dijo, y se mostró feliz de recibir el premio a los 71 años. "Hoy puedo convivir alegre y serenamente con esto". "Es como si hubiera dado a la literatura alemana un nuevo comienzo luego de décadas de destrucción lingüística y moral", afirmó la Academia Sueca en su fundamentación del premio.

Los comienzos de Grass estuvieron muy lejos de la prosperidad. El original de El tambor de hojalata fue escrito, luego de una vida pobre y vagabunda, en un sótano en París, tan húmedo y lleno de gas carbónico que contrajo una tuberculosis. "Con una exactitud mucho mayor que los procesos de escribir mismos, recuerdo el cuarto donde trabajaba: una agujero húmedo de la planta baja, el cual debió servirme de estudio para las esculturas empezadas, que estaban desmoronándose desde que comenzara a poner por escrito El tambor de hojalata. En cuanto el trabajo con el manuscrito se estancaba, salía por carbón, con dos cubetas", evoca Grass en un texto incluido en su libro Ensayos sobre literatura.

Una de las emociones mayores de la escritura de la novela se la deparó un viaje a Polonia en la primavera de 1958, para reconstruir la heroica defensa del Correo polaco en Danzig, contra tropas alemanas. El retorno a la ciudad natal, que había vuelto a pertenecer a la nación polaca con la rendición de Alemania en la Segunda Guerra Mundial, le permitió reencontrar su infancia. "En Gdansk recorrí los caminos escolares de Danzig, conversé con hospitalarias lápidas en los cementerios, me senté (como cuando era un alumno) en la sala de lectura de la biblioteca de la ciudad. En Gdansk era un desconocido y no obstante volví a encontrar todo, en fragmentos: balnearios, caminos forestales, construcciones góticas de ladrillos; además, volví a visitar (por sugerencia de Oskar) la Iglesia del Corazón de Jesús: el viciado aire católico." El éxito de la novela, en 1959, que hizo famoso también a su personaje Oskar Matzerath, lo tomó de sorpresa. Su vida cambió para siempre.

En una entrevista publicada semanas atrás en este suplemento, el notable narrador estadounidense John Irving dice: "Es posible que El tambor de hojalata sea la mejor novela jamás escrita acerca de la Segunda Guerra Mundial y, desde luego, es la mejor desde una perspectiva alemana, y cuando Grass expuso la Alemania de la Segunda Guerra Mundial a sus compatriotas, éstos, como el resto del mundo, lo amaron y admiraron. Pero la penetrante mirada de Grass se posó luego en la Alemania contemporánea y realizó un profundo análisis histórico y psicológico de lo que hace a los alemanes... en fin, tan alemanes. Ahora a los alemanes no les gusta oír lo que les dice este autor; quieren que deje de castigarlos con sus visiones. Que todo lo que predijo sobre la reunificación alemana haya resultado ser cierto... Bueno, como es lógico, eso tampoco lo hace muy popular. Es un gran escritor a quien reverencian fuera de Alemania, pero desdeñan dentro de ella".

Las dos mayores novelas de Grass son El tambor de hojalata y El rodaballo, publicada en 1977. También (y esta coincidencia no siempre se da) son los libros de mayor venta, los textos emblemáticos de un escritor revulsivo. En Conversaciones con Günter Grass, de Nicole Casanova, Grass cuenta el origen de El rodaballo: "Empecé el libro inmediatamente después de las elecciones de 1972, ganadas por los socialdemócratas con un resultado excesivamente bueno, lo que les hizo negligentes, cansados, perezosos e incapaces de defenderse contra la débil oposición. Entonces noté que tenía que hacer alguna cosa que no tuviera tanto que ver con la sociedad como conmigo, con lo que yo puedo hacer, con lo que sólo yo puedo hacer".

Ese efecto liberador es una de las claves para entender la fascinación que El rodaballo, a lo largo de casi 600 páginas, despierta en el lector. La comida (también presente en alucinantes escenas de El tambor de hojalata) es uno de los temas centrales de El rodaballo.

La novela arranca en tiempos de la diosa Aya, que con sus tres pechos alimentaba a los pescadores, quienes ignoraban que en esa tibieza maternal se realizaba una operación fundamental de la especie: la procreación. Y finaliza a orillas del Báltico, donde María habla con el rodaballo (porque se trata de un insólito pez parlante), poco después de dar puerco con col a los obreros en huelga de los astilleros Lenin, minutos antes de los disparos de la Milicia Popular de la República Popular Polaca.

Con el dinero que ganó con esta novela, Grass creó la fundación Alfred DÌblin, para impulsar una corriente de la literatura que denomina novela europea, que no se limita a la novela psicológica o a la novela de acción, según el esquema inglés de plot and action (argumento y acción), y cuyos orígenes se remontan a la novela picaresca española, se desarrolla en Francia con Rabelais, encuentra nuevas resonancias en los autores barrocos alemanes, especialmente en Johann Jacob von Grimmelshausen, tiene derivaciones en Inglaterra con Tristam Shandy de Laurence Sterne, vuelve al dominio alemán con Goethe y Jean Paul, se desplaza a la lengua inglesa en Joyce y Dos Passos y se reinstala en Alemania con DÌblin.

Autor de Berlin Alexanderplatz (1929), novela fundamental de la Alemania de entre guerras, DÌblin escribió en uno de sus ensayos: "La novela no tiene nada que ver con la acción; se sabe que al comienzo ni siquiera el drama tenía algo que ver con ella, y es discutible que haya obrado bien al comprometerse en tal forma. Simplificar, enderezar y ajustarse a la acción no es cosa del poeta épico. En la novela hay que amontonar, acumular, revolver, empujar; en el drama, el actual, reducido pobremente a la acción, obsesionado con la acción, se dirá: adelante. Adelante no será nunca la consigna de la novela".

Estas palabras parecen escritas por Grass: él es un maestro de las incesantes digresiones, de las ramificaciones interminables de la trama, de la irrupción de escenas de pesadilla en medio de un contexto realista. Grass nunca dice adelante, tampoco. Sigue de largo página a página y el lector, fascinado o abrumado, debe seguirle el paso. En El tambor de hojalata, Años de perro (1963), El rodaballo, La ratesa (1986) y Es cuento largo (1995) ese proceso de acumulación y amontonamiento llega al paroxismo. No hay respiro cuando uno ingresa en una novela épica.

En novelas breves, El gato y el ratón (1961), Encuentro en Telgte (1979) y Malos presagios (1991), el tono desmesurado se atenúa, pero en ningún momento el argumento y la acción dominan la trama; digresiones, reflexiones, reiteraciones buscan dar el efecto de un cuento de nunca acabar, más allá de la extensión del libro.

En el verano europeo de 1994, en la terraza del Hotel Felipe II, en El Escorial, durante unas jornadas dedicadas a su obra organizadas por la Universidad Complutense de Madrid, entrevisté a Grass. Acababa de despedirse de un grupo de gitanos, que habían ido a agradecerle las palabras de Discurso de la pérdida, pequeño libro sobre temas de racismo, que el escritor cedió a la editorial Presencia Gitana. La primera pregunta que le hice estaba referida a ese vaivén de novelas largas y cortas y le pregunté si ese vaivén era deliberado. "Cada uno de mis novelas largas está marcada por los acontecimientos de una determinada década. Por ejemplo, El tambor de hojalata es típico de la literatura de los 50; Años de perro es paradigma de los 60; El rodaballo recoge todos los conflictos de los 70; La ratesa despliega los problemas de los 80. En estos momentos estoy trabajando en una novela que tendré terminada el año próximo, y me atrevo a decir que será un libro típico de los 90. Estas novelas de tono épico trato de trabajarlas durante un lapso de tres a cinco años. Y tiene usted toda la razón: de vez en cuando intercalo una novela corta para recuperarme del esfuerzo; es una especie de terapia".

Esa novela larga en preparación era Es cuento largo, que arranca en la revolución de marzo de 1848 y culmina con la caída del Muro de Berlín, la unificación, y el desencanto de esa Alemania nuevamente unida en lo formal, pero dividida más que nunca en lo profundo, con sus territorios centrales de riqueza y los marginales de pobreza y desocupación.

En ese mismo mediodía, en la apacible y soleada terraza, dijo: "Yo escribo de pie, nunca sentado. Encima del atril donde escribo tengo dos grabados, que pertenecen a Los caprichos de Goya. Lo que yo aprecio en Goya es sobre todo su realismo, pero al mismo tiempo considero que es un realismo fantástico. Es decir, él mezcla la fantasía con la realidad, y me parece que es un maestro haciéndolo. Y yo, desde luego, siempre que empiezo a escribir miro estos grabados, que son una especie de advertencia." Novelista, poeta (en ese homenaje en El Escorial se presentó la primera versión al castellano de sus poemas), ensayista, escritor político (redactó muchos discursos de Willy Brandt), grabador, dibujante, escultor, Grass fue, en su juventud, un músico. En una entrevista, contó: "Tocábamos música dixieland y eso me permitía ganarme la vida. Y a esa actividad musical le debo uno de los momentos más felices de mi vida, entre 1949 y 1950. Louis Armstrong estuvo en Düsseldorf para un concierto después del cual vino a caer en el bar en el que nosotros tocábamos. Nos oyó y al parecer le gustó, porque pidió que le fueran a buscar su trompeta y acabó tocando con nosotros".

Esa felicidad estaba presente en El Escorial. A las dos o tres de la madrugada se escuchaban las risotadas de Grass, en la terraza, cuando volvía de alguna incursión por el pueblo, y se demoraba allí hasta las cuatro, mientras Miguel Saénz, su traductor, y otros españoles se desplomaban en sus sillas, abrumados por la vitalidad del gran escritor alemán.

MARCELO PICHON RIVIERE
Clarin, 1999.

Anónimo dijo...

Gunter Grass, el artista inmoral

Por GUY SORMAN.

Haber servido en las SS a los 17 porque era forzoso hacerlo es algo comprensible. Sin dudas, Günter Grass no tuvo alternativa. Haberlo ocultado durante 60 años, distribuyendo mientras tanto lecciones morales entre los alemanes, denunciando en todas partes a los nazis o a los sospechosos de serlo y a los neonazis y a los criptonazis, resulta más sorprendente. Un tour de force que el propio Günter Grass ha sido incapaz de explicar, tanto en su silencio como en su confesión.

Sesenta años de mentira, entonces, que ilustran hasta qué punto es posible ser simultáneamente un gran artista y un hombre de gran inmoralidad. Tal vez sea perturbador para el espíritu, pero es común que, en un solo movimiento, alguien pueda convertirse en mago de las palabras, las formas y los sonidos y se despoje de todo sentido moral, incluso de un sentido común elemental.

Recordemos, siempre en Alemania, que artistas indiscutibles (Leni Riefenstahl, Arno Breker, Wilhelm Furtwangler, por ejemplo) se acomodaron bastante bien al régimen nazi. Si hacemos una excursión por Francia, recordaremos -nunca lo suficiente- que Jean-Paul Sartre, durante toda la Segunda Guerra Mundial, se olvidó de protestar contra el nazismo y el antisemitismo. Günter Grass se inscribe dentro de esa tradición esquizofrénica. A menos que, como Sartre, se sitúe, gracias a su condición de artista, por encima de toda moral.

Pero en este asunto, un asunto en primer lugar alemán, si el artista es culpable no lo es más ni menos que su público y que los medios idólatras. Porque Günter Grass, por fuera de sus novelas (a la vez espectaculares y con frecuencia muy ilegibles), en el transcurso de su fenomenal carrera pública no dejó de adoptar posturas preocupantes. "Hombre de izquierda", absolutamente de izquierda, adoptó todas las malas causas de su generación sin saltearse ni una, aprobando todas las revoluciones sanguinarias, desde la cubana hasta la china. Siempre dispuesto a condenar a esos fascistas norteamericanos, Ronald Reagan y George W. Bush (no hay riesgo alguno en eso), ¿no sería acaso adecuado que también hubiera denunciado el fascismo de Mao Zedong? ¿O el de los islamistas? Por cierto, Günter Grass fue pacifista cuando no había que serlo, en la década de 1980; en esa época, François Mitterrand, pensando sin duda alguna en todos los Günter Grass alemanes, observó agudamente que los pacifistas estaban en el Oeste, pero que los cohetes estallaban bien al Este. Y cuando llegó la hora de la reunificación alemana, Grass se opuso para "preservar la herencia socialista" de la República Democrática Alemana. Se oponía, según declaró, a la colonización de la RDA por parte de los capitalistas de la República Federal Alemana.

Algunos insinúan que su pasado SS lo convirtió en rehén de la Stasi, los servicios secretos del Este. Ellos lo sabían. Le habrían dictado sus elecciones políticas, pero no es algo que podamos asegurar. Y, en 1988, cuando Grass pasó una temporada en Calcuta invitado por el gobierno local, escribió un libro, muy poco leído, absolutamente despectivo hacia los hindúes, que aparecen en la obra como una raza inferior. Un libro de extraño gusto. Pero los dibujos de Grass que ilustran el volumen son espléndidos, demostrando una vez más la discordancia entre el inmenso talento y la moral inexistente. Así, considerar a Günter Grass como una autoridad moral, el espíritu libre por excelencia, era -sin que fuera necesario esperar la revelación de su doble vida- un error evitable. Un error que, sin embargo, se ahorraron los alemanes que no son de izquierda. Ellos jamás santificaron a Grass: no porque se dijera de izquierda, sino porque estaba equivocado respecto de la realidad de su tiempo y de su gente. A aquellos que hoy confiesan su miopía, su error de juicio, o que intentan justificarlo, recordémosles que era posible no caer en el fetichismo de Grass, ni en Alemania, ni en el resto de Europa: no todos cayeron en eso. ¿A pesar del premio Nobel de literatura? O tal vez a causa del premio Nobel, un premio que, a menudo, demuestra un linaje dudoso. Todos no cayeron en ese error: el error de dejarse llevar por la corriente no es indispensable nunca.

¿Günter Grass es un asunto exclusivamente alemán? Sí, las SS sólo existieron en Alemania. Pero, ¿cómo evitar pensar en esa generación íntegra de intelectuales y de artistas que en Europa -en Francia, sobre todo- se autoproclamaron de izquierda, al punto de despojar de todo sentido al término, y que no dejaron de adoptar posturas morales ilustrando causas absolutamente inmorales? ¿Cómo hacer para no ver resurgir algunos espectros, los que ayer adoraron a Stalin y a Mao y que pronto llorarán a Castro? ¿Los que no vieron nada en Moscú, Pekín, La Habana, Teherán y Sarajevo? ¿Los que ahora ven en el islamismo una redención para Occidente? Todo ese ejército de espectros, a Dios gracias, no han dejado de equivocarse sobre el futuro. ¿La decadencia de Günter Grass suena como una cierta impostura esculpida en conciencia moral? Sin duda, suena a arrepentimiento.

Porque, más allá de este caso en particular, uno nunca desconfía lo suficiente de los artistas. Uno no desconfía lo suficiente del gran escritor y de la estrella que se abusan de su poder de seducción para propagar opiniones políticas, exclusivamente políticas pero disfrazadas de otra cosa. Nunca nos preguntamos lo suficiente si la postura mediática está basada en el conocimiento. O por el narcisismo, la moda, el gusto por escandalizar y el interés financiero. Nos protegemos del político mucho más porque se presenta a cara descubierta. Pero no nos protegemos lo suficiente del artista que está oculto tras su talento, sobre todo, cuando ese talento es grande: de los magos, maquillados de moralistas, jamás desconfiamos lo suficiente.

La Nación, 28 / 8 /2006

Anónimo dijo...

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Anónimo dijo...

EL GUNTER GRASS PARAGUAYO
(X Luis Agüero Wagner, comentario publicado en “La Naciòn” de Asunción, 19 de octubre de 2006 )
Gunter Grass paraguayo, Alcibiades González Delvalle, sigue guardando un sepulcral silencio sobre su siniestro pasado como policía de Stroessner, a pesar que esta gravísima acusación ya ha recorrido el mundo a través de agencias noticiosas extranjeras y se ha publicado en innumerables sitios web y periódicos locales como noticia insólita. A diferencia del escritor alemán que tuvo el coraje de confesar de motu proprio su paso por las Waffen SS durante el régimen de Adolf Hitler, su homólogo local temblando de cobardía opta por intentar esconder su deshonroso paso por la policía estronista, que lo integró como oficial por decreto 13.125 el 9 de noviembre de 1960. ¿Qué méritos hizo Alcibiades González Delvalle para ascender el 7 de septiembre de 1962 a oficial 1º de Policía por decreto 24.581, firmado por Alfredo Stroessner y Édgar L. Ynsfrán? ¿Cuántas veces aplicó la picana eléctrica? ¿A cuántos integrantes del FULNA o del Movimiento 14 de mayo apresó? ¿Cuántos "comunistas" pileteó?
Grandes misterios sin resolver, enigmas sin respuesta perdidos en la nebulosa del pasado de este privilegiado zoquetero del gobierno municipal colorado de Enrique Riera y referente periodístico de la ultraderecha tilinga: Alcibiades González Delvalle.

Olvidan sus abogadas al pretender defender a este chancho de su chiquero periodístico, cuánto dinero robado durante la dictadura a las arcas de la intendencia del ejército, a la Flomeres, IPS y el Banco Nacional de Fomento costó al pueblo paraguayo la inauguración de los medios de comunicación que le valieron su ascenso al coronel Pablo Rojas. Así como tardaron 30 años para descubrir que el país vivía bajo una dictadura, y hoy no terminan de jactarse de la lucha que la National Endowment for Democracy les financió contra la fase terminal del régimen que les proveyó los recursos para inaugurar sus medios de comunicación, no es extraño que lleven 46 años sin enterarse que el impoluto moralista de la pluma Alcibiades González Delvalle sirvió como tenebroso policía de Stroessner durante la etapa más sangrienta de la dictadura.

A mediados de este año el mundo se enteró, en revelación hecha por el mismo interesado, que el escritor alemán Gunter Grass sirvió unos meses, a los 17 años de edad, en las Waffen SS y de que ocultó por sesenta años la noticia, haciendo creer que había sido soldado en una batería antiaérea del ejército regular alemán. No sorprende en absoluto que Grass ocultara su pertenencia a una tropa de élite visceralmente identificada con el régimen nazi, de tan siniestra participación en tareas de represión política, torturas y exterminación de disidentes y judíos, aunque, como ha dicho, él no llegara a disparar un solo tiro antes de ser herido y capturado por los norteamericanos.
Pero a diferencia del ex policía de la etapa más sangrienta de la dictadura Alcibiades González Delvalle, Gunter Grass no esperó a que aquel remoto episodio de su juventud llegara a conocerse por otras fuentes, echando sombra sobre su nombre y reputación de escritor comprometido. Dentro de algunos meses, ya nadie recordará el paso del escritor alemán por las SS pero la gloria de su trilogía novelesca de Danzig, en especial "El Tambor de Hojalata", se mantendrá intacta.



No sería ecuánime que el mismo destino tuvieran quienes como el policía de la cultura decidieron escudarse, y no en el talento ni el compromiso que nunca tuvo en abundancia, sino en el posicionamiento alcanzado mediante políticos corruptos, intereses foráneos y el olvido propio de una sociedad impura.